Parte VIII ¿Por qué el socialismo nunca funcionará? ¿Son las matemáticas la salvación?  (por Jan Doxrud)

Parte VIII ¿Por qué el socialismo nunca funcionará? ¿Son las matemáticas la salvación? (por Jan Doxrud)

El problema fundamental con la idea de que el sistema económico debe y puede ser controlado en todos sus aspectos por el Estado es que se mueve u opera en un universo irreal,  estático, en otras palabras, el modelo de planificación central es incompatible con el mundo económico real. Como explica Huerta de Soto, el problema esencial es quién ejercerá el método de la prueba y error. “Si la toma de decisiones en cuanto a la adopción de soluciones tentativas no es llevada a cabo por los agentes económicos concretos que poseen la información práctica, es claro que el método de prueba y error no llevará a ningún lugar…[1].

Tenemos, por último, la idea de los “neosocialistas”, que consiste en que los empresarios, dentro de  una  comunidad  socialista,  actúen  “tal como  lo  harían en una sociedad capitalista”, con la “salvedad” de que el fruto de su desempeño (el lucro) enriquecerían  a  la  sociedad  y  no  a  los accionistas. Hayek explica esta pseudocompetencia de la siguiente manera:

La idea común fundamental es que deberían existir mercados y competencia entre empresarios independientes o directores de las  distintas  compañías,  y  que  en  consecuencia debería haber precios  monetarios,  igual   que   en  la  sociedad  actual,  para  todos  los  bienes, intermedios o acabados, pero  que  estos  empresarios no serían propietarios de los medios de producción que emplean,  sino funcionarios asalariados del estado, que actuarían bajos las instrucciones de éste y producirían  con  fines  no  lucrativos  sino  justo para poder vender a precios que cubrieran los costes[2].

Así tenemos que todo sigue exactamente igual, salvo la propiedad del capital que ha cambiado. En palabras de Mises:

“Lo que estos neosocialistas  sugieren  es  realmente  paradójico. Por  un  lado, desean suprimir la propiedad privada de los medios de producción, anular el mercado y acabar con los precios y con la libre  competencia;  pero  al  mismo tiempo quisieran organizar la utopía socialista de tal suerte que la gente actuase como si existieran estas instituciones. Pretenden que los hombres jueguen al mercado como los niños juegan a guerras, a trenes o a colegios. No advierten las diferencias que existen entre los juegos infantiles y la realidad que pretenden imitar[3].

Además,  añade  Mises,  estos  autores  conciben  el  capitalismo como un mero management o gestión, cuando en realidad es un sistema empresarial, es decir, la producción está dirigida por empresarios deseosos de obtener beneficios. La idea de un socialismo con mercado y precios de mercado  es  tan  contradictorio  como  un  cuadrado  triangular,  un  verdadero  oxímoron. Por lo demás   en   este   ficticio   escenario   los   sectores   productivos   actuarían   como monopolios “independientes”, en el sentido que sólo pueden operar bajo la estricta aprobación y control del Estado,   en   otras  palabras, no  es  un  monopolio  producto de la capacidad de innovación y la eficiencia del empresario. En pocas palabras, el monopolio perjudicial es el gubernamental y no el de mercado, y en la sociedad socialista prevalece el primero, no el segundo.

Pasemos ahora al argumento matemático, es decir, que el problema del cálculo económico en la sociedad   socialista  sólo  consiste   en   una  dificultad   algebraica,  en   resolver  sistemas de ecuaciones.  Mises  afirma  que  las  ecuaciones  nada nos  dicen  de  las  acciones  humanas que provocaron  la aparición  del  hipotético  estado  de  equilibrio. Un  sistema no puede alcanzar un estado de equilibrio  en un  mundo  dinámico  en  donde  la  acción  de  los agentes impiden que se generen los movimientos que supuestamente llevarían al estado de equilibrio. A esto añade Mises:

Pero ni los teóricos, ni los capitalistas y empresarios, ni los consumidores pueden, a la vista de la realidad  presente,  descubrir  cuál  sería,  en  su  caso,  ese  precio  de equilibrio. Ni necesitan ese conocimiento. Lo  que  impulsa  a  un  hombre a provocar cambios e innovaciones no es la visión de  unos  precios  de  equilibrio, sino  la  anticipación  de  la cuantía  de  los precios de un número limitado de artículos tal como prevalecerán en el mercado cuando él se disponga a vender”[4].

Huerta de Soto se refiere al caso de Wilfredo Pareto y su influencia negativa en el sentido de haberse centrado en el análisis matemático del equilibrio económico

en el que siempre se supone de partida que toda la información necesaria para formularlo se encuentra  disponible,  dando  con ello pie a la idea, posteriormente desarrollada por Barone y repetida…hasta la saciedad por  muchos  otros  economistas,  de  que el problema del cálculo económico en las economías socialistas podría ser resuelto matemáticamente…[5].

Pero el economista español hace una importante aclaración, y es que Pareto, así como Barone, manifestaron   la   imposibilidad   de   solucionar el correspondiente sistema de ecuaciones sin disponer  la  información proporcionada   por  el  mercado. Huerta de Soto cita las palabras de Pareto al respecto:

en  la  práctica  se  encontraba  más allá de la capacidad del análisis algebraico,…siendo en este caso necesario un cambio de roles, puesto que las matemáticas no podrían continuar ayudando a la economía política, sino que, por el contrario, la economía política sería la vendría en ayuda de las matemáticas.  En  otras  palabras,  incluso  aunque todas las ecuaciones fuesen conocidas en realidad,  el único procedimiento para resolverlas sería observar la solución real que el mercado ya hubiera dado”[6].

Independiente de los límites económicos y epistemológicos que Pareto establece, el hecho es que tanto él como Barone crearon escuela, y muchos economistas posteriores continuaron con aquel  paradigma  que  tales  autores  iniciaron. Para Huerta de Soto, el análisis matemático del equilibrio sólo tiene un valor interpretativo, “pero no añade un ápice a la posibilidad de solucionar teóricamente  el  problema  que  se  plantea  atodo órgano director que pretenda hacerse con la información práctica necesaria para planificar y coordinar coactivamente la sociedad[7]. Murray Rothbard  emprende  una  crítica  más  fuerte  al  uso de las matemáticas en economía. El uso de ecuaciones matemáticas describen una situación estática y de equilibrio, y no la economía como realmente  funciona. Tales  ecuaciones  son  útiles  en  la  física,   que   se  ocupa de movimientos regulares como los observados en las partículas. Pero aplicar la matemática a la acción humana es un error, es decir, desde el punto de vista de la praxeología, las matemáticas nada tienen que decir   sobre  la  conducta  humana.  En  la  acción  humana  no  hay  constantes   ni  relaciones cuantitativas, y de existir leyes, estas son de carácter cualitativas. Continúa explicando Rothbard:

Las  ecuaciones  matemáticas,  por  lo  tanto,  son  apropiadas  y  útiles allí donde hay relaciones cuantitativas constantes entre variables inmotivadas , pero  son singularmente inapropiadas en la praxeología y la economía. En estos campos, el método apropiado es el análisis verbal y lógico de la acción y sus procesos a través del tiempo. No es sorprendente que los principales esfuerzos de los «economistas matemáticos» hayan sido dirigidos hacia la descripción del estado de equilibrio final, haciendo uso de ecuaciones, pues en ese estado, dado que las actividades simplemente se repiten   a  sí  mismas,  parecería  haber  mayor   campo   de   acción   para   la descripción de las condiciones  por  medio  de  ecuaciones  funcionales.  Sin  embargo, estas ecuaciones no pueden hacer otra cosa que describir ese estado de equilibrio, en el mejor de los casos[8].

Rothbard también critica el concepto matemático de función, que lo considera inadecuado para una ciencia que estudia la acción humana. Una función se refiere a la relación de dependencia de dos variables o cantidades (Dirichlet). Si dos elementos x e y están relacionados por la función f, tenemos  entonces  que y = f (x) Las  funciones  matemáticas equivalen al proceso lógico común que se expresa como “depende de”. Así, por ejemplo, podemos afirmar que la distancia recorrida por un cuerpo es función de su velocidad de su velocidad y del tiempo. En economía tenemos, por ejemplo, la función de producción: Y = f (L, K, T, H)

La acción, señala Rothbard, no es función de cosa alguna, ya que el concepto de función implica determinación y regularidad mecánica. Por lo demás, de  acuerdo  a  la función de producción, el capital  (K)  sería  algo  homogéneo,  lo  mismo  sucede  con  el trabajo (L), la tecnología (T) y las habilidades empresariales (H). Además el elemento temporal queda completamente excluida, y la producción  se  limita  a  una  combinació  dada de factores productivos. En un libro más reciente sobre el caos y la complejidad, el físico y divulgador científico, Philip Ball dedica varias páginas al tema económico.  Ball afirma que, siguiendo los pasos de Francis Edgeworth (1845-1926),

la mayoría de los economistas académicos empezaron a construir modelos matemáticos más elegantes y abstractos en los que no había sitio para el desorden y el alboroto del mundo real[9].

Edgeworth   consideraba   a   los   agentes   individuales   de   la   sociedad  como  átomos que interactuaban en el vacío. “Francis Edgeworth empezó a vislumbrar una economía que tratara a las   personas  como  «la  multitud  de  átomos  que  constituyen las bases de la uniformidad en física»”[10].  El autor  también  critica  el  concepto  de  homo  economicus y la hipótesis de los mercados  eficientes, esto  es, la idea  de que  los precios de una acción siempre reflejan toda la información posible sobre la empresa, por lo que sería imposible “ganarle a la bolsa”. En palabras de Ball:

“…los precios de los activos sólo cambian cuando los fundamentos cambian, esto es, cuando se dispone de nueva información. Y puesto que esta información está a disposición de todos y como todos los agentes saben cuál es el modo más fácil de maximizar sus utilidades, nadie puede explotarla en detrimento de los demás[11].

La hipótesis de los mercados eficientes se basa en “actos de fe”, señala Ball.

[1] Ibid., 243.

[2] Friedrich Hayek, Socialismo y Guerra, 123.

[3] Ludwig von Mises, La Acción Humana, 833.

[4] Ibid., 838.

[5] Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial, 162.

[6] Ibid.

[7] Ibid., 164.

[8] Murray N. Rothbard, El hombre, la economía y el Estado, vol.1, 324.

[9] Philip Ball, Masa crítica. Cambio, caos y complejidad (México: FCE, Turner, 2010), 246.

[10] Ibid., 243.

[11] Ibid., 247.