Parte VII ¿Por qué el socialismo nunca funcionará? la ilusión de la planificación central (por Jan Doxrud)

Parte VII ¿Por qué el socialismo nunca funcionará?  la ilusión de la planificación central(por Jan Doxrud)

Pasemos ahora   a examinar  el  cálculo  económico  en  la sociedad socialista. En su análisis praxeológico del socialismo, Mises explica que en este sistema actúa una sola voluntad y no resulta relevante quién es el sujeto de esa voluntad. Escribe Mises:

El director puede ser un rey ungido o un dictador que gobierna en virtud de su carisma; un führer o una junta de jerarcas designados por sufragio popular. Lo fundamental es que un solo agente control el destino que debe darse a todos los factores de producción Una sola voluntad elige,  decide,  dirige,  actúa,  ordena. Todos  los  demás  se  limitan a obedecer sus órdenes e instrucciones.  Una   organización  y  un  orden  planificado  sustituyen  a  la «anarquía» de la producción  y  a  las  diversas  iniciativas  particulares. La  cooperación social bajo la división se mantiene a base de vínculos hegemónicos que permiten al jerarca exigir absoluta obediencia a todos sus vasallos[1].

Desde el punto de vista del análisis praxeológico poco importa el carácter ético o moral del director, o sus juicios de valor, ya que lo que en realidad importa saber es “si un hombre mortal, dotado de  la  estructura  lógica  de  la  mente  humana, puede estar a la altura de las tareas que pesan  sobre  el  director  de  una  sociedad  socialista[2]. Tampoco se trata de valorarlos fines últimos del ente planificador. Tampoco importa si la gente apoya al director en sus planes, ya que de lo que se trata más bien es sobre los medios que el ente planificador habrá de emplear para alcanzar dichos fines. Mises ofrece el ejemplo de la construcción de un inmueble y se pregunta sobre el método que adoptará el director:

Le resulta imposible reducir  a  un  común  denominador  los  diversos  materiales y las distintas categorías de trabajadores que, según el procedimiento adoptado,  sea  preciso emplear. No se halla  en  situación,  por  tanto,  de  establecer  comparación  alguna. No  puede traducir a datos numéricos ni el tiempo que requerirá la obra (período de producción) ni la duración útil del futuro inmueble. Es incapaz…de contrastar aritméticamente costes y resultados. Los proyectos que los arquitectos  someten  a  su  consideración  contienen  infinidad de datos sobre múltiples materias primas,  acerca  de  sus  características físicas y químicas,  sobre  el  rendimiento  de  las  diversas máquinas  y  herramientas  y  acerca  de  las  múltiples técnicas de construcción.  Pero son datos sueltos que no guardan relación alguna entre sí. No hay forma de ensamblarlos ni de dar sentido a su conjunto”[3].

La planificación central en materia lleva inexorablemente al control de la sociedad.

La planificación central en materia lleva inexorablemente al control de la sociedad.

Mises deja de lado el problema respecto a los bienes de consumo y se centra en los factores de producción  que  se  van  a  obtener  y  emplear,  así  como  los  procedimientos y la variedad de sistemas   de   fabricación.  El   planificador   central   deberá  también  ocuparse  del  tamaño,  emplazamiento  y  potencia  de  cada   máquina   que   operarán  en  la  fábrica. También  debe preocuparse de las fuentes de energía que utilizará, cuál es la más conveniente y cual resulta más económica. Si es el carbón, debe saber donde están ubicadas las cuencas carboníferas y si estas son  suficientes,  y  de  no  ser  así, deberá  buscar  nuevos  yacimientos  y  decidir entre distintos métodos  de  extracción  y  asegurarse de que el carbón sea de buena calidad. Podemos también señalar  los  problemas  que  tendrá el planificador  a  la  hora  deasignar precios a los productos. Podemos  imaginar  una  sociedad  tal  como  la conocemos, salvo que ahora opera un sistema de planificación  central y  en  donde  no  existirían  naciones capitalistas fuera de sus fronteras que puedan servir como referencia para establecer los precios. ¿Qué precio se asignaría a la leche? El problema  con  lo  anterior  es  se  tendría que establecer una distinción entre leche descremada, entera, sin lactosa y aquellas saborizadas.  Pero  tenemos  que  no  son solamente los hogares los que demandan leche, sino que también existen otros rubros que demandan leche como aquellos empresarios  que  venden  quesos  de distinta variedad. De acuerdo a lo anterior, tenemos que las familias, al demandar queso, están también demandando indirectamente leche, leche que tendrán que comprar los vendedores de queso.

Cabe entonces preguntarse acerca de cómo podría el planificador central asignar precios a los distintos tipos de quesos. Pero el panorama se complica cuando añadimos otras industrias que demandan  leche  como  el  rubro  de  los  helados  o  quienes  venden yogurt. Las personas, al demandar estos productos, están  a  su  vez  demandando indirectamente leche, y esto a su vez afectará  las  decisiones  de quienes crían vacas lecheras.  Además  podemos  preguntarnos  los siguiente:  ¿cómo  sabe  el  planificador  central  qué  es lo que la gente decide consumir? ¿Cómo podrá evitar  que  la  asignación  de  precios no genere escasez o excedente de alguno de estos productos? El planificador central tendría también que ocuparse de los salarios y calcular cuanto ganaría un tenista, un futbolista, un golfista o un rugbista. También deberá asignar precios a un balón de fútbol, una pelota de tenis, una pelota de rugby, basketball, baseball, etc. Pero al fijar los precios  de  estos  últimos,  a  su  vez  afectaría  a  aquellas  industrias que producen las materias primas  de  las  que  están  hechos  esos  productos.  El   planificador  central tendría un trabajo complejo  en  fijar  el  precio  de  los  automóviles,  salvo  que decretara que existiese solo un tipo de automóvil para alivianar su tarea.  Estas  cuestiones  no  son  meros escenarios fantásticos, y tendremos oportunidad de ver que en la  Unión  Soviética  el  escenario era bastante similar. Los burócratas tenían que ocuparse de  fijar  millones  de  precios y  las  consecuencias no fueron las mejores.

Volviendo a Mises, la lección de esto es que la planificación constituye una verdadera paradoja puesto que esta, al imposibilitar el cálculo económico, impide también la planificación. En palabras del economista austriaco:

La llamada economía planificada puede ser todo menos economía. Significa caminar a tientas en la más densa oscuridad. Impide averiguar cuáles, entre los múltiples medios, son los más idóneos para alcanzar los objetivos deseados. Bajo la denominada planificación racional, ni la más sencilla operación puede practicarse de un modo razonable y reflexivo[4].

¿Cómo puede el sistema de planificación central controlar el proceso de producción del chocolate, las materias primas, maquinarias e infraestructura que se necesitan? ¿Cómo asignar precios a los factores de producción y a los diversos tipos de chocolates (bienes finales)?

¿Cómo puede el sistema de planificación central controlar el proceso de producción del chocolate, las materias primas, maquinarias e infraestructura que se necesitan? ¿Cómo asignar precios a los factores de producción y a los diversos tipos de chocolates (bienes finales)?

Mises rechaza todas las nuevas tentativas de cálculo socialista, como el de llevar a cabo el cálculo económico no en términos monetarios sino que en especie, utilizar la hora-trabajo como unidad de  medida  y  cálculo,  midiendo  una  cierta  cantidad de utilidad, creando así un cuasi mercado, utilizando ecuaciones diferenciales o mediante  la  prueba y  el  error. Para Mises, resulta evidente que el cálculo en especies es complicar innecesariamente el funcionamiento de la economía, ya que   no   se  pueden  sumar  ni  restar  magnitudes  de  órdenes  distintos,  es  decir,  cantidades heterogéneas. Habría que buscar una unidad de medida que sirviera para calcular cuánto costaría construir una central hidroeléctrica y calcular cada una de las materias primas necesarias para su construcción. Además tal unidad de medida, que ya no es el dinero, debería igualmente tener las propiedades de este: ser divisible,  ser reserva de valor, ser una unidad de medida y fácilmente transportable.  Esta   idea  es  completamente   inviable,   y  propia  de  la mentalidad y tradición utópica  que,  dentro  de  sus  fines,  siempre  está  la  abolición del dinero y la propiedad. Como explica Jesús Huerta de Soto, quienes defendían esta idea creían que el Estado podía definir las necesidades   de    las    personas   en   función  de  criterios  objetivos   y  que  los  respectivos departamentos o sectores productivos, guiándose por estudios estadísticos, podría saber cuantos bienes   de  consumo  producir,  para  posteriormente  distribuirlos  de  manera equitativa a cada ciudadano. En realidad Mises considera esta idea tan disparatada que no merece mayor análisis, pero como fue defendida por eminentes figuras pertenecientes al positivismo lógico como Otto Neurath (1882-1945), quien creyó necesario  hacer  las  aclaraciones  pertinentes. Neurath y otros autores creyeron que la organización económica bajo tiempos de guerra había demostrado que la planificación central era superior al sistema competitivo. Hayek escribe al respecto:

…es una obra de Otto Neurath publicada en 1919, en la que el autor intenta demostrar que las experiencias de la guerra habían probado la posibilidad de prescindir de cualquier consideración sobre el valor en la administración del suministro de bienes de consumo y que todos los cálculos de las autoridades de la planificación central debían y podían llevarse a cabo in natura, es decir, que los cálculos no tenían por qué efectuarse con arreglo a una unidad de valor común, sino que podían realizarse en especie[5].

En cuando al valor hora del trabajo, Huerta de Soto explica:

La solución propuesta  por  los mencionados  teóricos,  brevemente enunciada,  consiste en que órgano director siga la pista del número de horas trabajadas por cada trabajador. Posteriormente, cada  trabajador    recibirá   del   órgano   de   control  un   determinado  número   de   cupones, correspondiente al  número  de  horas  trabajada  y  que  podrá  utilizarse para obtener a cambio de los  mismos  una  predeterminada cantidad de los bienes y servicios de consumo producidos. La distribución del producto social se efectuaría estableciendo un registro estadístico del número de horas de  trabajo  requeridas   por la producción  de  cada  bien  y  servicio, y asignando éstos a aquellos trabajadores que estuvieran dispuestos a entregar  a  cambio  los  correspondientes cupones  representativos  de  las  horas  trabajadas  por  cada  uno  de  ellos.  De  esta  manera, cada hora de trabajo daría derecho a obtener el equivalente en bienes y servicios de consumo a lo producido durante la misma[6].

Al respecto, Mises señala que esto no sólo elude el problema de la valoración de los factores de producción originarios, sino que también al tema sobre la capacidad productiva  horaria de las personas   e  incluso  de  la  misma  persona  en  distintosmomentos.  ¿Qué  sucede con aquellos recursos naturales cuyo valor no puede derivarse de las horas de trabajo? ¿Qué sucedería con los precios del petróleo, del oro, o de las obras de arte? Además, tendríamos que hacer establecer un común denominador entre los diversos tipos de trabajo.  Pero  como  señala  Huerta  de  Soto, no existe “un factor trabajo” que queda comprimido en una función de producción donde el capital también sería de carácter homogéneo Y = f (K, L). “En efecto, no existe un «factor trabajo», sino innumerables  categorías  y   clases  distintas  de  trabajo  que, en  ausencia del denominador que constituyen   los  precios  monetarios  establecidos  en  el mercado  para  cada tipo de trabajo, no pueden ser sumadas o restadas dado a su carácter esencialmente heterogéneo[7]. En cuanto al cálculo económico en unidades de utilidad, Huerta de Soto señala que constituye una propuesta más absurda que la anterior, ya que la utilidad es un concepto estrictamente subjetivo, por lo que estos   teóricos  socialistas  caen  en  lo  que  podríamos denominar “falacia cuantificacionista”, es decir, que todos los fenómenos pueden ser objeto de medición, desde un kilo de pan hasta el amor entre personas. Al respecto escribe Huerta de Soto:

No cabe medir la utilidad, sino tan sólo comparar lo que se derive de diferentes cursos de acción a la hora de tomar una decisión. Y tampoco cabe observar la utilidad en los diferentes individuos (ello exigiría que pudieramos introducirnos en las mentes de las personas y fundirnos con sus personalidades, valoraciones y experiencias)”[8].  

En cuanto a la aplicación del método de la prueba y el error, Huerta de Soto explica que este consiste en encontrar una serie de soluciones hipotéticas hasta que se dé con una que se ponga de manifiesto que es la correcta. Continúa explicando el economista español que los defensores de   este   enfoque   pretendían   que   los   gerentes   y   responsables   de   los  distintos sectores productivos,  empresas  e  industrias,  transmitieran  al   órgano   central  de   planificación   sus conocimientos relativos a las distintas circunstancias de la producción en general y, en particular,  sobre las distintas combinaciones de los factores productivos. De acuerdo a lo anterior, el órgano de   planificación  estaría  constantemente  recibiendo información que utilizaría para calcular un precio  para  los  distintos  bienes  y  transmitirlo  posteriormente  a  los  gerentes  a  cargo de la producción.   El   órgano  central  podría  recibiría  un  feedback  que  le  permitiría  ir  ajustando  sus   planes   acorde   a   los   resultados   de   sus   decisiones tomadas en el pasado. La escasez o excedente de productos serían señales útiles para el órgano planificador, ya que a partir de esta información  podría   ir  ajustando  sus  planes  hasta  llegar  a  la   situación  deseada.  Frente  a esto, Mises afirma que el mercado libre  pone  continuamente  a  prueba  a  los empresarios y las empresas  que  no  innovan  van  quedando fuera  del  mercado, tal  como sucedió con Kodak o Blockbuster hace algunos años. Por lo demás, este enfoque es erróneo porque pasa por alto que el hecho de que el mundo cambia constantemente, es decir, no existe un estado de cosas ideal al que  se  pueda  llegar  por  medio  de  constantes ajustes de parte del órgano planificador, lo que significa  que  este  último   estaría   persiguiendo   una  meta que  es  elusiva,  que  se  le  escapa constantemente.  Además,  como  señala  Huerta  de  Soto,  no  existe  una  “guía” o un punto de referencia “objetivo” que el planificador central pueda utilizar, y las circunstancias tampoco son objetivas. En palabras del economista español:

“…como ya hemos visto, tales guías ni son objetivas ni indican inequívocamente lo que hay que hacer, las mismas surgen como un resultado endógeno de la aplicación del propio método de prueba y error, por lo que no constituyen ninguna guía objetiva de referencia objetiva, sino tan sólo las sucesivas manifestaciones, arbitrarias y aleatorias, de un proceso circular de descoordinación e ineficacia que no converge hacia nada”[9].

[1] Ibid., 821.

[2] Ibid.

[3] Ibid., 823.

[4] Ibid., 826.

[5] Friedrich Hayek, Socialismo y Guerra, 93.

[6] Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial, 203-204.

[7] Ibid., 205.

[8] Ibid., 207.

[9] Ibid., 241.