(Parte II) ¿Por qué el socialismo nunca funcionará? El problema del cálculo económico (por Jan Doxrud)

(Parte II) ¿Por qué el socialismo nunca funcionará? El problema del cálculo económico (por Jan Doxrud)

Comenzamos el tema del cálculo económico haciendo referencia a Mises y la Escuela Austriaca. Nos  centraremos  en  el  pensamiento  económico de Ludwig von Mises. En  sus  escritos sobre economía no se encuentra nada parecido a lo que señalan los modernos manuales de economía o palabras como las que escriben economistas como Samuelson y Nordhaus. Tenemos que en la concepción económica de Mises los agentes  están  constantemente actuando, desarrollando estrategias y adaptándose al mercado. La economía es un proceso en constante cambio debido a los desarrollos en materia tecnológica e institucional. Por su parte, Hayek defendió un enfoque sistémico de la sociedad en donde se formaban patrones emergentes a partir de la interacción de las partes y, a su vez, tales patrones interactuaban con las partes que le dieron origen. La incertidumbre, la temporalidad, la heterogeneidad del capital, son conceptos esenciales dentro del pensamiento de autores como Mises y Hayek. No se puede entender correctamente el debate sobre el cálculo económico sin tener en consideración la concepción que tenían los economistas austriacos de la economía.

Mises criticó a los economistas matemáticos y a los defensores del equilibrio económico por haber confundido sus modelos con el mundo real. Estos economistas no sólo no supieron dejar en evidencia la imposibilidad de una sociedad socialista, sino que hicieron un favor al socialismo, haciendo de este una alternativa viable. Schumpeter también se refiere a esto, señalando que el vacío  dejado  por  Marx  fue  llenada  por  autores  que  no necesariamente fueron socialistas marxistas, como Pareto, Baron o Wieser. La crítica de Mises apunta a que la economía mecánica-newtoniana  de  estos  y  otros  autores  es  estática, excluyen  la  temporalidad,  el cambio, el dinamismo  y  la  función  del  empresario  como  un  elemento  perturbador  de la economía (destrucción creativa de Schumpeter). En su tratado de economía escribe Mises:

En  un sistema  económico  en  el  que  todos  los  factores  fueran  capaces  de reconocer correctamente la situación del mercado con el mismo grado de perspicacia, los precios se acomodarían instantáneamente a la mutaciones de las circunstancias. Sólo presuponiendo la intervención de factores sobrehumanos sería posible admitir tal uniformidad en el conocimiento y en la interpretación exacta de las variaciones acaecidas en el mercado. Habría que suponer que un ángel informa a cada sujeto de los cambios registrados, indicándole además cómo podría ajustar mejor  su  conducta  personal  a  tales  variaciones. Lo  cierto  es  que  el mercado que la cataláctica estudia  está  formado  por  personas  cuya  información  acerca de las mutaciones ocurridas es distinta y que, aún poseyendo idénticos conocimientos, los interpretan de forma diferente. El propio funcionamiento del mercado demuestra que los cambios de datos sólo son percibidos por unos pocos y que, además, no hay unanimidad cuando se trata de prever los efectos que tales variaciones provocarán[1].

El economista austriaco criticaba la “economía de giro uniforme” ya que constituía un esquema ficticio  donde  los  precios  no  variaban,  el  mercado  repetía  una  y  otra  vez  las  mismas transacciones, las circunstancias del mercado no cambiaban, el sistema giraba en torno a un centro fijo y el tiempo había sido completamente eliminado. Sobre esto escribe Mises:

La acción es cambio; y el cambio implica secuencia temporal. En la economía de giro uniforme, sin embargo se elimina tanto el cambio como la sucesión de los acontecimientos. Actuar equivale a optar, y el sujeto debe enfrentarse siempre con la incertidumbre del futuro. Pero en la economía de giro uniforme no cabe la opción, y el futuro deja de ser incierto, pues el mañana será igual al hoy conocido. En  este  sistema  no  pueden aparecer individuos que escojan y prefieran y, tal vez, sean víctimas del error; estamos, por el contrario, ante un mundo de autómatas sin alma y capacidad de pensar; no se trata de una sociedad humana, sino de termitas[2].

El economista norteamericano, Murray Rothbard, también se refirió a este tema. Al igual que su maestro (Mises), Rothbard señala que un mundo de acción está en constante cambio, es decir, las escalas de valores individuales, las ideas tecnológicas y las cantidades de medios disponibles cambian constantemente.

Las escalas de valores cambian, la demanda por parte de los consumidores se desvía de un bien a otro, las ideas tecnológicas cambian y los factores se utilizan de distintas maneras. Cada tipo de modificación tiene efectos diferentes sobre los precios…El punto esencial es este: antes de que los efectos de cualquier cambio se pongan de manifiesto completamente, aparecen nuevos cambios[3].

En  una  economía  de  “giro uniforme”  (ficticia)  los valores,  la  tecnología  y  los  recursos permanecen constantes, lo que significa que estaríamos ante una economía en donde las mismas actividades  tenderían  a  repetirse  de  acuerdo  con  el  mismo  patrón, de  ahí  el  nombre de “economía de giro uniforme inmutable”. Añade Rothbard que la última etapa sería el estado de “equilibrio final”, que no debe ser confundida con el equilibrio de precios en el mercado fruto de la interacción de la oferta y la demanda. De acuerdo a Rothbard tal estado de equilibrio final es aquel hacia el cual la economía siempre tiende a aproximarse, siempre y cuando consideremos que nuestros “datos”, es decir, los valores, recursos y tecnología, permanecieran constantes. Pero la realidad es otra, y como tales datos están lejos de ser constantes, sucede que antes de llegar a un punto de equilibrio final, la economía puede desviarse hacia otra posición de equilibrio, lo que significa que el “equilibrio final” está siempre cambiando. Por más ficticio que parezca esta manera de proceder y concebir la economía, Rothbard señala que los modelos de “competencia perfecta” se basan justamente en esas premisas imposibles y absurdas.

Otro discípulo de Mises, Israel Kirzner, señala que en un estado de equilibrio no existe sitio para el empresario. Continúa explicando Kirzner:

“Cuando las decisiones de todos los participantes en el mercado se ajustan entre sí enteramente, de manera que cada uno de los planes asume correctamente los planes correspondientes de los otros participantes y no existe una posibilidad de alteración de planes,…al empresario ya no le queda nada que hacer[4].

El empresario (principalmente el emprendedor que socava el statu quo), que no hay que confundir con un gerente de empresa o un manager, no puede ser reemplazado por un órgano de planificación central, ya que el conocimiento del empresario es privativo, disperso y tácito, no articulable. Pero más importante aún, es que ningún órgano de planificación central puede reemplazar la dimensión creativa e innovadora de la función empresarial. Continúa explicando Kirzner que  el  énfasis  en  el  equilibrio  impidió que  se  apreciara  a  la  competencia como la característica más sobresaliente del mercado. Así,  el  teórico  del  equilibrio utiliza el término “competencia” como calificativo de un mercado en el que cada participante es demasiado débil para llevar a efecto un cambio de precio. En palabras de Kirzner:

La competencia, para el teórico del equilibrio de precios, acabó por referirse a un estado de cosas en el que participan tantos elementos competidores que ya no queda espacio para otros (ni para ninguna otra modificación de las condiciones existentes en el mercado). El aspecto más desafortunado de este empleo del término «competencia» es, por supuesto, que, al referirse a una situación en la que ya no queda sitio para un ulterior proceso competitivo, la palabra llega a significar en último término precisamente lo opuesto al tipo de actividad en que consiste este proceso. Así,…cualquier desviación del mundo real de las condiciones de equilibrio se tildaba como lo contrario a «competencia« y, por tanto, por extensión, como verdaderamente un «monopolio»[5].

Como bien afirma  Kirzner, el mercado es el resultado  de  las  decisiones  recíprocas  de los consumidores, empresarios-productores y propietarios de los recursos. El proceso de mercado se caracteriza  por  el  constante  cambio  en  las  decisiones y planes, por el ajuste y reajuste de estos, de acuerdo a la información que emerge. La ignorancia y la incertidumbre son otros rasgos del mercado, y de no ser así, entonces no existirían los empresario, y todos los planes y proyectos se llevarían a cabo de manera perfecta, de acuerdo a lo previsto, por lo que el mismo proceso de mercado desaparecería.

El socialismo posee una visión simplista del mundo, los mercados, la sociedad y los individuos. Ignora que la causalidad no es lineal, no tiene un enfoque sistémico de la sociedad e ignora las propiedades emergentes, es decir, propiedades que surgen de la interacción de los individuos. El socialismo ignora la incertidumbre y los límites del conocimiento.

El socialismo posee una visión simplista del mundo, los mercados, la sociedad y los individuos. Ignora que la causalidad no es lineal, no tiene un enfoque sistémico de la sociedad e ignora las propiedades emergentes, es decir, propiedades que surgen de la interacción de los individuos. El socialismo ignora la incertidumbre y los límites del conocimiento.

Mises afirmaba que el socialismo carecía del sentimiento de que la economía debe estar en perpetuo cambio y añadía que lo que los socialistas (y Marx) consideraban como la “anarquía de la  producción”  (palabras de Marx) no  era  más  que  el  resultado  de la variabilidad de las condiciones económicas. La anarquía del mercado debía ser sustituida por la mano visible y controladora del Estado. Personajes como Marx y Lenin eran ignorantes en lo que se refiere al funcionamiento de la economía. Es más, para Mises, Marx  representa  una  negación de la economía, lo que equivale a decir que el marxista era un analfabeto en materia económica Para Marx, la escasez parecía ser una mera categoría histórica y bastaba con abolir la propiedad privada y el sistema capitalista para poner fin al mundo de la necesidad y entrar al reino de la libertad. Mises señala que en la sociedad socialista, el cálculo económico era imposible, lo cual era un argumento que iba directo al corazón del socialismo, ya que hacía de este sistema un error intelectual y económico.

Para Mises, la sociedad socialista carecía de elementos esenciales para el buen funcionamiento del sistema económico: el libre mercado (y la función de los precios como señales), la propiedad privada y la actividad empresarial. A esto hay que añadir otros errores socialistas que no pueden pasarse por alto en el debate sobre el cálculo económico, como por ejemplo, la teoría del valor trabajo,  la  teoría  de  la  explotación, la  creencia que  la  producción  para  el lucro debía ser reemplazada por la producción para el uso, o destinado a las necesidades. Otro error que comete el socialismo y que todavía es muy común, es la creencia de que la distribución de los bienes de consumo debe ser independiente de la cuestión de la producción y sus condiciones económicas. En palabras de Mises:

Antes de proceder a la distribución, es necesario producir, y será lógico, por tanto, estudiar la producción previamente al reparto. Pero en el socialismo se encuentra de tal manera en primera línea el problema de la distribución, que parece más indicado colocarlo a la cabeza de nuestro estudio…El socialismo no es otra cosa, en el fondo, que la teoría de una «justa« distribución, y el movimiento socialista no tiene más objeto que la realización de este ideal. De este modo los planes socialistas parten del problema de la distribución…Para el socialismo, el problema económico en sí es el problema de la distribución”[6].

 

[1] Ludwig von Mises, La Acción Humana. Tratado de economía (España: Unión Editorial, 2011), 396.

[2] Ibid., 302.

[3] Murray N. Rothbard, El hombre, la economía y el Estado. Tratado sobre principios de economía, vol. 1, La economía clásica (España: Unión Editorial, 2011), 321

[4] Israel Kirzner, Competencia y Empresarialidad (España: Unión Editorial, 1998), 41-42.

[5] Ibid., 43.

[6] Ludwig von Mises, Socialismo. Análisis económico y sociológico Los errores del socialismo (España: Unión Editorial, 2007), 157.