(III) El marxismo como religión secular (por Jan Doxrud)

(III) El marxismo como religión secular (por Jan Doxrud)

El historiador francés François Furet (1927-1997) nos proporciona una clave para comprender las principales mitologías políticas y pasiones ideológicas que dominaron el siglo XX. Para ello, señala Furet, hay que detenerse en el momento de su nacimiento o al menos en su juventud, es decir, antes de que estas ideologías fuesen deshonradas producto de sus crímenes, ya que desde ese punto de vista tanto el comunismo como el fascismo constituyeron una esperanza. Aquí surge una pregunta inevitable: ¿por qué el comunismo no compartió el mismo destino que el fascismo y el nazismo? (escribí un breve artículo al respecto) Quiero ser directo y claro. La pregunta anterior se refiere a que estas tres ideologías, especialmente el nazismo y el comunismo llevaron a cabo masacres de millones de personas y el comunismo, que sobrevivió más de cuarenta años al nazismo, continuó aún más tiempo con las matanzas y la represión. Sin embargo la condena a estas dos ideologías no es la misma y en muchos países aún existen partidos comunistas y a personas orgullosas de pertenecer a sus filas. No daré una respuesta ahora a esto, ya que se abordará más adelante, sin embargo mencionaré algunas palabras de Furet, quien nos dejó un excelente libro para comprender estas pasiones ideológicas y el papel que han desempeñado, especialmente en el caso del comunismo. Escribe Furet:

Entre esas dos teorías seculares de la política, la superioridad del marxismo-leninismo se debe a dos cosas. Para empezar, al hecho de que enarbola en su estandarte el nombre del más poderoso y sintético filósofo de la historia que haya surgido en el siglo XIX. En materia de demostración de las leyes de la historia, Marx es inigualable. Ofrece con qué complacer tanto a los espíritus doctos como a los más simples, según que se lea el capital o el Manifiesto. Parece revelarles a todos el secreto de la divinidad del hombre, que sucede a la de Dios: actuar en la historia sin las incertidumbres de la historia, puesto que la acción revolucionaria revela y realiza las leyes del desarrollo. Una vez juntas, la libertad y la ciencia de esta libertad: no hay bebida más embriagante para el hombre moderno privado de Dios. Frente a esto, ¿qué valen la especie de posdarwinismo hitleriano o hasta la exaltación de la idea nacional?”[1].

Furet apunta una serie de factores que hacen del marxismo y, posteriormente el leninismo, una ideología extremadamente seductora. En primer lugar, como vemos en la cita, Furet señala que Marx posee obras que satisface el paladar intelectual, no sólo con distintos niveles de exigencia, sino que también con diversas variedades de gusto. Se puede leer un panfleto tan accesible como el Manifiesto, obras de corte más filosófico y, por supuesto, aquellas que versan sobre temas económicos. Otro aspecto relevante que destaca Furet es el universalismo frente, por ejemplo, al particularismo nacionalsocialista de Hitler. Marx no apelaba a una raza o nación específica aunque tal universalismo estaba limitado a la clase proletaria que, con el tiempo, constituiría una mayoría. Junto a este universalismo debemos añadir esa idea tan seductora, pero que puede resultar ser devastadora: la igualdad. Otra idea que sedujo a los seguidores del marxismo-leninismo fue el concepto de revolución, la idea de un cambio radical, de construir algo completamente nuevo, esto es, una sociedad, un ser humano renovado, distinto a los seres humanos que anteriormente habían existido. Se trata de construir unverdadero paraíso que no residiría en un mundo supraterrenal y que, por lo demás, dependía solamente de la voluntad del ser humano en construirlo, de manera que es éste quien se convierte en el centro y fuente de toda acción, donde esta ultima adquiere una omnipotencia total y la voluntad se convierte en un objeto de culto.

Lo anteriormente señalado nos entrega una pista del porqué Marx es un autor que constantemente resurge cada cierto tiempo. Es un hecho que Marx, o mejor dicho, sus seguidores se muestran reacios a que el maestro quede en el olvido y luchan por presentarlo como un autor eternamente contemporáneo, ya que para ellos los cambios en la sociedad son solamente cambios superficiales y Marx lo que hizo fue ir a la raíz misma, a lo que se encuentra por detrás de los cambios superficiales. Pero, y tal como lo había señalado Albert Camus, Marx era un burgués y era un hijo de su tiempo:

“…Marx, en vez de ser, como quieren los marxistas desordenados de nuestro tiempo, el comienzo y el fin, participó por el contrario de la humana naturaleza: fue heredero antes de ser precursor. Su doctrina, que pretendía realista, lo era en efecto en el tiempo de la religión de la ciencia, del evolucionismo darwiniano, de la máquina de vapor y de la industria textil[2].

Continúa explicando Camus: “

Cien años más tarde, la ciencia ha encontrado la relatividad, la incertidumbre y el azar; la economía ha de tener en cuenta la electricidad, la siderurgia y la producción atómica. El fracaso del marxismo puro para integrar tales descubrimientos es también el del optimismo burgués de su tiempo. Hace irrisoria la pretensión de los marxistas de mantener inmovilizadas, sin que dejen de ser científicas, unas verdades viejas de cien años. El mesianismo del siglo XIX, ya fuera revolucionario o burgués, no resistió a los desarrollos sucesivos de esta ciencia y esta historia, que en diferentes grados había divinizado[3].

Los feligreses marxistas no sólo se niegan a que el maestro quede relegado al pasado sino que, para estas personas, Marx es hoy más que nunca una verdadera brújula, una guía precisa sobre cualquier materia que concierne a los seres humanos, incluso la ecología tiene al parecer algo que aprender del pensador alemán, así lo plantean autores como Michael Löwy y John Bellamy Foster. Tenemos un interesante documental en titulado “Marx reloaded” o “Marx recargado” en donde nuevamente se plantea la pregunta sobre qué nos puede enseñar Marx en nuestro siglo. ¿Acaso la filosofía de la historia de Marx, el enfoque dialéctico, la lucha de clases como fuerza motriz de la historia y su teoría del valor son instrumentos de análisis e ideas atemporales aplicables en cualquier circunstancia histórica? De acuerdo a Michael Heinrich, El Capital de Marx no debe ser considerado como una obra anclada a un período particular, por lo que sería un error pensar que su obra económica sólo sería válida para el siglo XIX. Este autor, apoyándose en el libro primero, escribe que a Marx no le preocupaba la historia del capitalismo o una fase histórica de este sino que, más bien, se enfocó en realizar un análisis teórico acerca del funcionamiento del sistema capitalista[4].

Los autores Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero señalan que la crisis subprime y la gravedad de esa crisis económica nos ha vuelto hacer recordar que vivimos en una sociedad capitalista y por lo mismo, necesitamos más que nunca volver a leer a Marx. Al respecto escriben los autores: 

El capital desde luego, no es de ninguna ayuda para saber cuándo comprar y vender; tampoco es especialmente útil para gestionar una empresa ni para administrar el capitalismo desde los poderes públicos. Por el contrario, lo único que Marx pretende investigar es qué es el capital…”[5].

Estos autores proponen rescatar la obra de Marx de ese corpus que generalmente se reconoce como “marxismo”. Más adelante escriben los mismos autores:

Actualmente es ya posible y también necesario aprender a leer El capital de un modo que nos permita distinguir la teoría de Marx de todas las modificaciones realizadas por la ideología de Estado que cristalizó en su momento con el nombre de «marxismo»”[6].

Por su parte, Fredric Jameson escribió:

Nadie debería sorprenderse de que Marx siga siendo tan inagotable como el capital, ni de que cada adaptación o mutación del segundo confiera nuevas resonancias y acentos inéditos, pletóricos de nuevos sentidos, a los textos y a los pensamientos del primero[7].

Pocos autores han tenido el privilegio de ser famosos y reconocidos a través de obras que no son de fácil lectura, pero el hecho es que Marx es de aquellos hombres cuyo nombre no le es indiferente a nadie, especialmente en épocas de crisis económicas. Pareciera que cada vez que se avecina una crisis económica también se nos avecina el nombre de Marx, por lo que el nombre de Marx va de la mano con la crisis del capitalismo. Sobre esto último, me parece que estar constantemente aseverando que “Marx tenia razón” cada vez que fracasa el sistema económico “capitalista” en sus distintas modalidades a lo largo de la historia, se asemejaa aquel argumento que utilizan algunos teístas fundamentalistas que se conoce como “el Dios de los vacíos” (God of the gaps). El Dios de los vacíos demuestra la existencia de Dios o lo sobrenatural apelando a la ignorancia, es decir, apelando a las lagunas o vacíos que existen en el conocimiento científico para probar la existencia de Dios. Si la ciencia no puede explicar “X” o el origen de “X”, entonces “X” debe explicarse en términos sobrenaturales.

Con Marx sucede algo semejante, pero en este caso, a Marx no se le corrobora apelando a la ignorancia, sino que apelando a la inestabilidad y a la destrucción del sistema capitalista. Para ser más claro, Marx recobra toda su validez cuando una economía muestra señales de inestabilidad o cuando se desploma. En este caso no estamos ante el “Marx de los vacíos” sino que ante lo que podríamos denominar el “Marx de las inestabilidades” o “El Marx de los colapsos o de las depresiones”. Cada vez que el sistema capitalista actual presenta síntomas de crisis, se nos dirá que Marx tenía la razón.

 

[1] François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (México: FCE, 1996), 38.

[2] Albert Camus, El hombre rebelde, 274.

[3] Ibid.

[4] Michael Heinrich, An introduction to the Three Volumes of Karl Marx’s Capital (USA: Monthly Review Press, 2012),

[5] Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx (Madrid: Ediciones Akal, 2010), 18.

[6] Ibid., p.23.

[7] Fredric Jameson, Representar El capital (Madrid: FCE, 2013), 18.