(3) Marxismo y filosofía de la historia: Edad de oro, escatología y el peligro de las utopías (por Jan Doxrud)

Marxismo y filosofía de la historia: Edad de oro, escatología y el peligro de las utopías (por Jan Doxrud)

Quisiera retomar un tema mencionado anteriormente y que versa sobre la edad de oro, la escatología y la utopía, que están presentes en los metarelatos occidentales. Jacques Le Goff realizó un estudio sobre el tema de las “edades míticas” en distintas culturas. Tenemos a personajes como Hesíodo y su obra “Los trabajos y los días”, donde establece distintas edades, cada una representado por un metal particular, y que será una metáfora utilizada por autores posteriores. Ovidio, (43 a.e.c-17 e.c)  en su “Metamorfosis”, relata una historia que va desde la creación hasta Julio César. Ovidio también hace referencia a una edad de oro que se caracteriza, como señala Le Goff, por ser un régimen anárquico, sin poder, sin leyes y sin propiedad privada. También caracterizan a esta edad el predominio de la paz, la ausencia de comercio y de viajes, el arcaísmo tecnológico, el vegetarianismo y una moral de inocencia primitiva. Otro personaje es Virgilio (70 a.e.c-19 e.c) que, en las Geórgicas, describe también acerca de la eventualidad y la inminencia de un retorno a la edad de oro. La visión de la edad de oro de Virgilio es la de un lugar donde ningún agricultor tenía tierras, en donde marcar los límites de la tierra era considerado malo, donde los hombres trabajaban por el bien común y por último, donde la propia tierra, sin amarras, era más fructífera. En palabras de Le Goff:

Virgilio ofrece en la edad de oro una descripción vecina a las ya mencionadas. La paz reinará, las bestias salvajes fraternizarán con los animales domésticos, las serpientes y las yerbas venenosas desaparecerán, los campos y los bosques abundarán de mieses, fruta y miel. No obstante, permanecerán todavía algunas trazas de las imperfecciones de las edades precedentes, los hombres navegarán otra vez, construirán bastiones y trabajarán la tierra. Pero pronto no habrá ya necesidades de naves, porque cada país producirá todo en abundancia, no habrá ya necesidad de trabajar la tierra, no habrá ya necesidad de materias colorantes porque los felinos y los corderos tendrán lanas coloreadas[1].

En cuanto a la tradición judeo-cristiana, tenemos que la edad de oro primitiva se presenta bajo los rasgos del paraíso. También es importante su concepción lineal del tiempo, por lo que no existe la creencia en un retorno a la edad de oro. En cuanto a la escatología cristiana, escribe Le Goff, se divide entre la espera, por parte de los elegidos, “de un paraíso celeste y aquélla, sobre la tierra, antes del fin del mundo, de una edad feliz o Milenio, una espera que asume a menudo formas heréticas o paraheréticas”[2]. Le Goff destaca dos características originales de las concepciones judeo-cristianas de la edad del futuro. La primera es que el Milenio estaría precedido por un período de calamidad, catástrofes y opresión. Cabe aclarar que cuando hablamos de “Milenio” nos referimos a una serie de creencias, de teorías, de movimientos orientados hacia el deseo, la espera, la realización de esta era: se trata de milenarismo (o, según la derivación griega, quiliasmo). La segunda característica es el paraíso del fin de los tiempos, no el del Jardín de la creación, sino la Sión de los últimos tiempos, la futura Jerusalén. “Al ideal naturalista, ecológico, primitivo de la edad de oro tradicional, estas religiones le oponen una visión urbana de la edad de oro futura[3].

Le Goff explica que los intelectuales cristianos, para proporcionar a los fieles una cronología ortodoxa de la historia, se sirvieron de los datos numéricos proporcionados por la Biblia. Tal es el caso, por ejemplo, el de Agustín de Hipona, que dividió en seis sus edades de la historia: de Adán a Noé, de Noé a Abraham, de Abraham a David, de David al cautiverio babilónico, del cautiverio babilónico al nacimiento de Cristo y del nacimiento de Cristo al fin del mundo. Posteriormente, Joaquín de Fiore ve que el desarrollo de la humanidad pasa por tres fases: Edad del Padre, Edad del Hijo y Edad del Espíritu Santo. También organizó la sociedad en un esquema tripartito donde distinguía a los laicos o casados, el de los clérigos y el de los monjes. Una característica particular del joaquinismo, como explica Le Goff, fue que:

aún permaneciendo sobre el plano místico y teológico, se politizó. Convertido en un arma contra el papado, identificado con la Bestia del Apocalipsis, con la Gran Ramera de Babilonia y destinado a desaparecer con el arribo de la Tercera Edad, y, en consecuencia, en favor de los enemigos del papado (así, por ejemplo, el emperador Federico II, presentado como el segundo Carlomagno, el emperador del fin de los tiempos), el joaquinismo es el mejor ejemplo del modo en el cual la historización de los temas de las edades míticas se convierte, en el medievo, en un arma ideológica y política[4].

Tenemos pues una forma de crítica al poder establecido por medio de un relato histórico del mundo, algo similar emprendería Marx, en una versión secularizada, con respecto al sistema burgués y al sistema capitalista imperante. Pero antes de examinar el milenarismo marxista, debemos continuar explicando el concepto de escatología, es decir, la doctrina de los fines últimos o al cuerpo de creencias relativa al destino último del hombre y del universo. El historiador francés aclara que si bien el concepto de escatología concierne, por una parte, al destino final del individuo, este concepto también se refiere a los fines últimos de la colectividad del cual, en cierta medida, el destino final individual depende. Un concepto ligado al de escatología es el de Apocalipsis, que constituye un género literario de la escatología. Al respecto explica Le Goff:

“…se da el nombre de lectura apocalíptica el conjunto de obras de éste género y más específicamente a aquellas, numerosas, escritas en el período que comprende los dos últimos siglos antes de Cristo y los dos primeros siglos de la era Cristiana, concernientes, ya al judaísmo, ya al cristianismo[5].

Le Goff, haciendo eco de las palabras del teólogo protestante francés, Oscar Cullmann (1902-1999), señala que el Apocalipsis se aleja del presente y de la historia, para evocar un acontecimiento enteramente separado de nuestra experiencia de este mundo. Otro concepto importante es el de Providencia. De acuerdo al teólogo Paul Tillich (1886-1965), la Providencia se refiere a la función de la creatividad directora divina que encamina a toda creatura hacia su plenitud. Tillich señala que en la era Cristiana, la idea de la providencia se transformó en un principio racional. También explica que la filosofía intentó sentarse en el trono de Dios para describir las razones que determinan la actividad providencial de Dios. Estas razones, señala el teólogo, se han expresado en tres formas distintas: la teleológica, la armónica y la dialéctica. Para efectos de este escrito nos centraremos en la tercera. Tillich señala que la dialéctica, ya sea en su forma idealista o realista, es conciente de la profunda negatividad que entraña el ser y la existencia. Al respecto escribe Tillich:

Hegel introduce el non-ser y el conflicto en el proceso de autorrealización divina. Marx ve en la deshumanización y la autoalienación de la existencia histórica una refutación de la creencia liberal en una armonía automática. El hado empieza a surgir de nuevo como el trasfondo oscuro de una providencia racionalizada y como su eternal amenaza. Pero la dialéctica conduce a una síntesis, tanto lógicamente como en la realidad. La providencia triunfa aún, según Hegel y según Marx. Para Hegel, triunfa en su propia era; para Marx, triunfará en un futuro indeterminado. Para ninguno de los dos, empero, la providencia no ofrece el menor Consuelo al individuo. Marx no columbra ninguna plenitud del destino individual, excepto en la plena realización colectiva, mientras Hegel no considera en absoluto a la historia como el lugar donde se da la felicidad individual ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro[6].

Otro concepto vinculado a la escatología, es el de milenarismo y mesianismo. Ambos conceptos serían tomados en consideración en el cuadro de la evolución histórica de la escatología judeo-cristiana. Hay que precisar que el milenarismo se refiere o se enfoca principalmente en aquella parte del fin de los tiempos que precede al fin verdadero, por lo que, explica Le Goff, el programa de los movimientos milenarísticos sería, por consiguiente, casi fatalmente, político y religioso al mismo tiempo; a menudo su característica es incluso la de confundir lo político y lo religioso.

Otra afinidad que destaca el historiador francés, tanto histórica como conceptual, es aquellas entre escatología y utopía. Me concentraré en las siguientes líneas en el segundo concepto. De acuerdo a la obra Tomás Moro (1478-1535), quien acuñó el término “utopía”, este concepto viene a referirse a un “no-lugar” o “en ninguna parte”, un lugar que no existe, pero que a su vez es un lugar ideal. El sociólogo húngaro, Karl Mannheim (1893-1947),  escribió que un estado de espíritu era utópico cuando este resultaba incongruente con el estado real dentro del cual ocurre. Al respecto explica Mannheim:

Sólo se designarán con el nombre de utopías, aquellas orientaciones que trascienden la realidad cuando, al pasar al plano de la práctica, tiendan a destruir, ya sea parcial o completamente, el orden de cosas existente en determinada época”[7].

Esta es la clave para entender este concepto y para entender que el mundo profetizado por Marx era potencialmente peligroso ya que, para que realmente ocurriese, se debía necesariamente violentar el orden establecido y a la naturaleza humana. Todas las utopías presentan escenarios ideales, pero que chocan con la realidad, y que difícilmente serían aceptados voluntariamente, salvo que interviniese un agente mediador que impusiera la utopía a la sociedad, tal como tuvo que hacerlo Lenin y sus sucesores. En el caso de Moro, la utopía también constituye una arma crítica contra el momento presente en que vivía el autor, por lo que la obra de este autor hay que leerla como un análisis crítico de la Europa de su siglo. La utopía de Moro es represiva, ya que se caracteriza por un disciplina férrea, por un aislacionismo artificial, ya que la isla de Utopía no es de carácter natural. También destaca el constructivismo o el afán de creer que las sociedades pueden diseñarse de acuerdo a un objetivo prefijado. Resalta a su vez el ideal de igualitarismo absoluto, el anti individualismo o colectivismo, y el rechazo de la propiedad privada de cualquier clase. En un pasaje sobre las aventuras del narrador principal, Rafael Hitlodeo, quien realiza el viaje a Utopía, el amigo de Moro, Pedro Egidio, a propósito de las instituciones existentes en Utopía, dice a su amigo:

...amigo Moro…estimo que dondequiera que existe la propiedad privada y se mida todo por el dinero, será difícil lograr que el estado obre justa y ordenadamente, a no ser que pienses que es obrar con justicia el permitir que lo mejor vaya a manos de los peores, y que se vive felizmente allí donde se halla repartido entre unos pocos que, mientras los demás perecen de miseria disfrutan de la mayor prosperidad[8].

Estos son temas recurrentes: la opresión, el igualitarismo, el desprecio de la actividad comercial. Ya Platón afirmaba que las mujeres serían todas comunes para todos los hombres, y donde ninguna podría cohabitar privadamente con ninguno de ellos. Añadía Platón que los hijos serán también comunes y ni el padre conoceríaa su hijo ni el hijo a su padre. A diferencia del comunismo de Platón, el comunismo cristiano, el de los socialistas utópicos, marxista y soviético, no se aplicaría sólo a las elites, sino que a la masa entera de la población.

Entre los espartanos, específicamente el legislador Licurgo, también se planteaba la prohibición del comercio,  la condena de la propiedad privada y la prohibición del uso del oro y la plata en los intercambios. Le Goff recuerda el país de Cucaña, un país mitológico del cual se hablaba durante la Edad Media. Este se caracterizaba por su carácter campestre, donde los artesanos y comerciantes dan todo por nada y en donde reina la abundancia. Le Goff cita las palabras del filólogo e historiador rumano, Alejandro Cioranescu (1911-1999) quien describe a este país como una verdadera orgía de la fantasía, donde existen arroyos de leche y miel,  donde las ocas asadas volaban hasta la boca del consumidor y donde los lechoncitos corrían por la calle con el cuchillo ya clavado en el lomo. Cucaña se caracteriza también por ser un lugar donde no existe el trabajo ni el esfuerzo. Al respecto escribe Cioranescu:

Para el problema del trabajo se había descubierto una solución tan radical como posible en la leyenda del país de Cucaña…A pesar de que la sobreabundancia sea el aspecto más vistoso del país de Cucaña, la ley fundamental no es aquella que ordena llenarse el vientre, sino aquella que obliga a hacerlo sin trabajar…De todo el contenido del relato, esta fantasía constituye sin duda el rasgo materialista más decididamente anticristiano[9].

Pedro Egidio por su parte comentaa Moro sobre las irreprochables instituciones de Utopía y el hecho de que la isla precise de pocas leyes para ser gobernadas. También señala a Moro sobre las riquezas niveladas y donde todo existe en abundancia para todos, mientras criticaba a los demás naciones que constantemente dictaban de manera continua leyes distintas. El modelo de Pedro Egidio es Platón, quien “previó acertadamente que el solo y único camino para la salud pública era la igualdad de bienes, lo que no creo se pueda conseguir allí donde exista la propiedad privada[10]. Más adelante continúa Egidio: “por eso estoy absolutamente persuadido de que, si no se suprime la propiedad, no es posible distribuir las cosas con un criterio equitativo y justo, ni proceder acertadamente en las cosas humanas. Pues, mientras exista, ha de perdurar entre la mayor y mejor parte de los hombres la angustia y la inevitable carga de la pobreza y de las calamidades…”[11].

Otra característica de Utopía y que la semeja a los regímenes totalitarios que han existido en el siglo XX, es la de ser una isla artificial, ya que lo que se busca es evitar lo que podríamos denominar como “contaminación ideológica” de elementos externos. La insularidad es aislacionismo, y en el siglo XX, si bien no existieron tales islas, salvo la de Cuba que pudo aislar en más de un sentido a la propia población disidente, hubo regímenes que aislaron a su población del resto del mundo o la sometieron a una vigilancia extrema a su población. Tenemos el caso de el Muro de Berlín o el extremo aislacionismo al que es sometido el pueblo norcoreano. Todo está reglamentado, las casas son iguales y se encuentran construidas frente a frente en una larga y continuada serie.

En lo que respecta a los oficios,  existe una ocupación que es común a todos y que es la agricultura. Los trajes son iguales y sólo se establecen diferencias en relación al sexo y el estado civil de la persona. De las veinticuatro horas que dura el día y la noche, los utopianos sólo trabajan seis horas. La población se encuentra sometida a un control demográfico de manera que no se generen fenómenos de sobrepoblación o que esta misma no disminuya. Esto puede llevar a aventuras imperialistas por parte de los utópicos, que a pesar de odiar la guerra, no dudarán en atacar y en remover de sus tierras a quienes no acepten sus leyes.

 

 

[1] Jacques Le Goff, El orden de la memoria. El tiempo como imaginario (España:  Ediciones Paidós Ibérica, 1991), 26.

[2] Ibid., 30.

[3] Ibid., 33.

[4] Ibid., 37.

[5] Ibid., 65,

[6] Paul Tillich, Teología Sistemática, tomo 1, La razón y la revelación. El Ser y Dios (España: Ediciones Sígueme, 2001), 341.

[7] Karl Mannheim, Ideología y Utopía. Introducción a la sociología del conocimiento (México: FCE, 1987), 169.

[8] T. Moro, T. Campamella y R. Bacon, Utopías del Renacimiento (México: FCE, 2009), 91.

[9] Jacques Le Goff, El orden de la memoria, 41.

[10] Utopías del Renacimiento, 92.

[11] Ibid.