(1) Marxismo y filosofía de la historia: introducción a la filosofía de la historia (por Jan Doxrud)

(1) Marxismo y filosofía de la historia: introducción a la filosofía de la historia (por Jan Doxrud)

En el presente artículo me centraré en la crítica de otros aspectos del pensador Karl Marx, tomando como referencia varios autores, entre estos, a uno de los más implacablescríticos de Marx así como del sistema socialista en general, me refiero a Ludwig von Mises (1881-1973).  Por lo tanto me referiré a este economista austriaco, aunque igualmente se considerarán las ideas de otros autores de relevancia ya que, si bien las críticas de Mises son certeras, no sonsuficientes o carecen de un desarrollo más profundo. Lo medular de la crítica de Mises es que apunta al sistema marxista como un todo, es decir, a aquellos componentes fundamentales de la filosofía de la historia de Marx. Independiente de si había un joven Marx y un Marx maduro (como han querido destacar algunos estudiosos), la obra de este autor debe considerarse como un todo interconectado, por lo que sería erróneo considerar, por ejemplo, que no existe relación alguna entre el Manifiesto Comunista y El Capital.  De acuerdo a esto, comenzaré explicando qué se entiende por“filosofía de la historia”. Una vez aclarado esto, continuaremos con la filosofía de la historia de Marx, que es heredera de las filosofías de la historia que le precedieron, para posteriormente realizar una crítica a los principales componentes que forman parte de esta metanarrativa particular, como por ejemplo, el concepto de ideología o la lucha de clases.

En resumen, lo que me propongo es explicar que no se puede entender de manera correcta el sistema marxista sin atender al desarrollo de la filosofías de la historia que le precedieron. El objetivo de todo esto no es algo novedoso y consiste en mostrar que el marxismo es un metarrelato más entre los diversos que han existido. Vale decir, el marxismo es un gran relato universal tal como lo entendía Lyotard, esto es, un relato que proporciona sentido, una utopia final, así como los medios para alcanzar tal estadio final de la historia. Lyotard menciona cuatro metarrelatos como el cristiano, el de la ilustración, el marxista y el capitalista.

Para entender el concepto de “filosofía de la historia” comenzaré con el libro clásico del filósofo e historiador británico, Robin G. Collingwood: “Idea de la historia”(1946). Collingwood explica que este fue un término acuñado por Voltaire (1694-1778) en el siglo XVIII, para querer significar la historia crítica o científica. Resulta que Voltaire quiso deshacerse de la mayor parte de la historia Antigua ya que consistía en “viejos cuentos de comadres que ninguna mente ilustrada y consentido crítico podía creer”. Así, para Voltaire, los historiadores debían enfocarse en materias relacionadas con las cuestiones sociales y económicas. De esta manera, para el intelectual francés la “filosofía de la historia” era una  nueva historia reformada y la palabra “filosofía” venía a significar pensamiento sistemático y crítico. Existe otra acepción para este término que es la de Hegel y otros escritores del siglo XVIII. De acuerdo a Collingwood, estos emplearon la misma designación que Voltaire, pero dándole un sentido diferente, utilizándola para referirse a la historia universal o mundial. Un tercer sentido que menciona Collingwood es el dado por los positivistas del siglo XIX, para quienes la filosofía de la historia consistía en descubrir las leyes generales que gobiernan el curso de los acontecimientos. Así, concluye Collingwood:

La tarea postulada por la «filosofía» de la historia, según la entendían Voltaire y Hegel, solo podía cumplirse por la historia misma, mientras que para los positivistas se trataba del intento de convertir la historia, no en una filosofía, sino en una ciencia empírica, como la meteorología. En cada uno de estos casos, un concepto distinto de filosofía era lo que determinaba la manera de conceptuar la filosofía de la historia. En efecto, para Voltaire, filosofía significaba pensar con independencia y críticamente; para Hegel, significaba pensar acerca del mundo como totalidad; para el positivista del siglo XIX, significaba el descubrimiento de leyes uniformes[1].

Como señalé anteriormente, Marx es heredero de estas filosofías de la historia, especialmente la de Hegel, pero no menos de la de Comte. Pero a su vez,  tampoco se pueden entender estas filosofías de la historia sin entender las formas de pensamiento de las cuales se nutrieron. Collingwood explica esto, pero para efectos de este escrito, me concentraré sólo en algunos puntos. El historiador británico destaca la influencia del cristianismo, que pasa a ser el modelo para las demás filosofías de la historia. Por su parte, otro historiador británico, Edward Hallett Carr (1892-1982), también destaca el rol de los judíos y los cristianos, quienes

introdujeron un elemento del todo nuevo postulando una meta hacia la que se dirige el proceso histórico: la noción teleológica de la historia. De esta forma adquirió la historia sentido y propósito, pero a expensas de su carácter secular. El alcance de la meta de la historia implicaría automáticamente el final de la historia: la misma historia se tornaba teodicea”[2].

Collingwood destaca tres efectos fundamentales en la manera de concebir la historia producto de la introducción de las ideas cristianas. La primera tiene que ver con la nueva posición respecto a la historia,

según la cual el proceso histórico no es la realización de los propósitos humanos, sino divinos…En un sentido…el hombre es el agente de toda la historia, porque todo cuanto pasa en la historia pasa por voluntad suya; pero en otro sentido Dios es el único agente histórico, porque solo debido a la actividad de su providencia, las operaciones de la voluntad humana conducen en cualquier momento a un resultado, y no a un resultado diferente[3].

El segundo efecto es que esta nueva forma de entender la historia “permite ver no sólo las acciones de los agentes históricos, sino la existencia y naturaleza de esos agentes, en cuanto a instrumentos o vehículos de los propósitos divinos y, por lo tanto, históricamente importantes[4]. El tercer efecto es el universalismo de la de la actitud Cristiana, ya que todos los hombres son iguales ante Dios, y ya no existe ningún pueblo elegido. Collingwood destaca cuatro características principales de la historiografía Cristiana. La primera es que es una historia universal o una historia del mundo, que se remonta al origen mismo del ser humano. De acuerdo a lo anterior, se termina con el parroquialismo grecorromano que tenía como centro de gravedad a Grecia y Roma: “Pero la historia universal de los cristianos supone una revolución copernicana en cuanto a que la idea misma de un tal centro de gravedad desparece[5].

La segunda característica es que los sucesos se adscriben no a la sabiduría de sus agentes, sino que a la Providencia que preordena su curso. La tercera característica es que esta historia se impone la tarea de “descubrir un ordenamiento inteligible en el curso general de los acontecimientos y, especialmente, concederá importancia central en ese ordenamiento a la vida histórica de Cristo, que, notoriamente, es uno de los rasgos capitales predeterminados del ordenamiento[6]. Tan capital es, que la historia queda dividida en dos partes: antes y después del nacimiento de Cristo. Por ultimo, añade Collingwood, que habiéndose dividido la historia en dos partes, se tenderá a también subdividirla, distinguiendo así otros sucesos, claro que de menor importancia que el nacimiento de Cristo. Otras ideas importantes en el cristianismo, y que heredarán otras filosofías de la historia, es la del providencialismo, la idea de que existe un plan que llevan a cabo lo seres humanos, en este caso, con Dios tras sus espaldas, tal como sucedió con los europeos que conquistaron América o que colonizaron el continente africano y asiático. Lo mismo ocurrió en la Primera Guerra Mundial con Guillermo II y su creencia de que Alemania estaba llamada a ser algo más que un imperio más dentro de Europa, o durante la Segunda Guerra Mundial, donde los dictadores de turno también creyeron ser parte de un plan de la providencia. La providencia es un concepto teológico que posteriormente será “desteologizado” por aquellos que no veían a Dios como el gran titiritero que regía los destinos de los seres humanos.

También cabe resaltar la idea apocalíptica, queriendo significar con “apocalipsis”, la “revelación” o “descubrimiento”, a lo cual podemos añadir el aspecto “escatológico” de la historiografía cristiana, entendiendo por “escatología”, lo “último” o lo “final”, es decir la doctrina de las últimas cosas, tal como lo vemos, por ejemplo, en Agustín de Hipona (354-430) o Joaquín de Fiore (1135-1202).  Al respecto escribió Collingwood:

La gran área de la historiografía medieval consistía en el descubrimiento y la explicación del objetivo o plan divino de la historia. Era un plan de desarrollo temporal y, por lo tanto, de despliegue a través de una serie definida de etapas, y fue, precisamente, la consideración sobre ese hecho lo que produjo la concepción de edades históricas , cada una iniciada por un suceso creador de época[7].

Más adelante continua el historiador británico:

La revelación cristiana, pues, ofrecía una visión de toda la historia del mundo, desde su creación en el pasado hasta su fin en el futuro, dentro de la perspectiva intemporal y eternal de Dios. De esta suerte, la historiografía medieval, miraba hacia el fin de la historia como algo predeterminado por Dios y al mismo tiempo como algo que el hombre sabía de antemano por revelación. Contenía, pues, esa historiografía en sí misma una escatología”[8].

Tenemos entonces que, con el pensamiento cristiano, se establece un dualismo ontológico y gnoseológico en la historia, una escisión entre el mundo temporal y el mundo espiritual, el mundo de la materia y el mundo del espíritu. Ambos mundos interactúan por obra de la providencia, y la revelación, por medio de los profetas, donde los fieles deben someterse a los designios y principios morales de los dos primeros. Existe también una suerte de linealidad en la historia, compuesta por distintas edades. Existe además un plan y, donde hay un plan, existe también un objetivo, existe un sentido en la historia, la historia se “dirige” hacia alguna parte. Tenemos también que a la larga todo terminará, se llegará al fin de la historia, y este fin puede tomar diversas formas, dependiendo de la filosofía de la historia que se trate.

La filosofía de la historia no se detiene con el cristianismo, ya que evoluciona y va cambiando su contenido, pero no su estructura. En el siglo XVIII toma protagonismo una idea ya presente en el pasado: la idea de “progreso”.  Sobre esto hay que hacer algunas precisiones. De acuerdo al historiador francés, Jacques Le Goff (1924-2014), si bien la idea de progreso no era completamente ajena a la antigüedad, esta habría surgido sido solo durante el siglo V. En cuanto al cristianismo, señala el historiador francés, liquidó el mito del eterno retorno y la concepción cíclica de la historia. Pero también introduce una dicotomía mayor entre el progreso material, despreciado y negado, y el progreso moral, que se define como la búsqueda de la salvación eterna. Durante este período, señala Le Goff, igualmente emerge cierta idea de progreso, principalmente en los siglos XII y XIII que coincide con grandes avances tecnológicos:

“…desarrollo económico y técnico, que ve los inicios del maquinismo con la difusión del Molino de agua (y más tarde de viento) y sus aplicaciones, de los nuevos telares, la oleada de construcciones románicas y góticas, el desarrollo de las ciudades, el nacimiento de las universidades y la escolástica, las nuevas órdenes mendicantes[9].

En la obra del monje italiano, Joaquín de Fiore (1135-1202), se puede apreciar la idea de progreso cuando describe el tránsito entre las tres etapas que propone: “La primera estuvo bajo el signo de la dependencia servil, la segunda de la dependencia filial, la tercera de la libertad. El látigo para la primera, la acción para la segunda, la contemplación para la tercera…”[10]. Ahora bien, de acuerdo a Le Goff, la idea explícita de progreso se desarrolla en el período que va desde la invención de la imprenta, en el siglo XV, a la revolución francesa, pero precisa que de 1620 a 1720, tal idea de progreso se concentró en el ámbito científico, y que después de 1740 el concepto de progreso tiende a generalizarse, difundiéndose en los campos de la historia, la filosofía y la economía política. La “apoteosis” de esta ideología del progreso, señala Le Goff, se produce en plena revolución francesa. Destacala obra de Nicolás de Condorcet (1743-1794) y su “Esbozo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano” (1793; ed. póstuma, 1795), que lo escribió estando preso y esperando a ser guillotinado.

También destaca la obra de Adam Smith, donde presenta “la historia de un gradual progreso económico de la sociedad humana, cuyos aspectos principales son la libertad de comercio y la solidaridad económica[11]. El otro escrito de relevancia es el de Kant: “Idea De Una Historia Universal En Sentido Cosmopolita (1784). Como escribe Collingwood, Kant se propuso presentar una historia universal que presentase cómo la raza humana se había vuelto más y más racional y, por ende, más y más libre. Kant consideraba la historia como el “proceso mediante el cual el espíritu del hombre ha llegado al desarrollo cada vez más pleno de sus potencialidades originales[12].

 

Collingwood resume en los siguientes puntos la “idea” de Kant de una historia universal:

1-“La historia universal es un ideal factible, pero exige la unión del pensamiento histórico con el filosófico: los hechos deben comprenderse además de narrarse, hay que verlos desde adentro y no sólo desde afuera.

2-Presupone un plan, es decir, exhibe un progreso, o muestra algo como que viene progresivamente a ser.

3-Lo que así viene a la existencia es la racionalidad humana, es decir, inteligencia, la libertad moral.

4-El medio por el cual viene a la existencia es la irracionalidad humana, es decir, pasión, ignorancia, egoísmo”[13].

 

[1] R. G. Collingwood, Idea de la historia (México: FCE, 2004), 59.

[2] E. H. Carr, ¿Qué es la historia? (España: Editorial Ariel , 2001), 192-193.

[3] R. G. Collingwood, Idea de la historia, 111.

[4] Ibid., 112.

[5] Ibid., 113.

[6] Ibid.

[7] Ibid., 117.

[8] Ibid., 118.

[9] Jacques Le Goff, Pensar la historia. Modernidad, presente, progreso (España:  Ediciones Paidós Ibérica, 1997), 201.

[10] Ibid., 203.

[11] Ibid., 212.

[12] R. G. Collingwood, Idea de la historia, 174.

[13] Ibid.