Política y politización (2): ¿politización o estatización? (por Jan Doxrud)

Política y politización (2): ¿politización o estatización? (por Jan Doxrud)

Regresando al tema de la política y la politización, tenemos que los totalitarismos o cualquier régimen de gobierno que pretenda “politizar” la vida de los ciudadanos, de transformar la esfera privada en un ámbito de injerencia por parte del Estado debe ser rechazado y combatido. De acuerdo a Hannah Arendt podemos entender lo público como aquel espacio en que todo puede ser oído y visto por todo el mundo, y que cuenta por lo tanto de la más amplia publicidad posible. Continúa Arendt explicando que la apariencia, es decir, lo que ven y oyen otros al igual que nosotros, constituye la realidad. En otras palabras, de acuerdo a la filósofa la “presencia de otros que ven lo que vemos y oyen lo que oímos nos asegura de la realidad del mundo y de nosotros mismos…”[1]. Siguiendo dentro de esta concepción de lo público continúa explicando Arendt:

Sin embargo, hay muchas cosas que no pueden soportar la implacable, brillante luz de la constante presencia de otros en la escena pública; allí, únicamente se tolera lo que esconsiderado apropiado, digno de verse u oírse, de manera que lo inapropiado, se convierte automáticamente en asunto privado. Sin duda esto no significa que los intereses privados sean por lo general inapropiados; por el contrario, veremos que existen numerosas materias apropiada que sólo pueden sobrevivir en la esfera de lo privado. El amor, por ejemplo, a diferencia de la amistad, muere o, mejor dicho, se extingue en cuanto es mostrado en público…Debido a su inherente mundanidad, el amor únicamente se hace falso y pervertido cuando se emplea para finalidades políticas, tales como el cambio o la salvación del mundo[2].

Siguiendo a Arendt no sería correcto enfocar el problema contraponiendo la esfera pública y la privada. De lo que se trata es mantener ciertos límites que protejan el ámbito de la vida privada e íntima de las personas. Pero como nos recuerda la autora, a propósito de los romanos, la esfera pública y la privada coexisten, y ambas se necesitan para poder existir.

Lo que planteo entonces es que toda sociedad debe resguardarse ante la posibilidad de que el Estado sea secuestrado por un gobierno de turno y se embarque en un proceso de colonialismo ideológico de la esfera pública y, peor aún, considere que la esfera privada deba pasar también a ser pública. Como bien explicaba Norberto Bobbio, la célebre frase del líder fascista MussoliniTodo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, constituía la forma del totalitarismo. El historiador alemán Lutz Raphael aborda el fenómeno del culto al Estado en el siglo XIX. Tal fenómeno se logró por medio de varías vías. Por ejemplo tenemos el culto al gobernante tales como emperadores, reyes y príncipes, y por qué no en la actualidad, la figura de presidentes y primeros ministros. Lo anterior iba acompañado de las respectivas ceremonias y escenificaciones:

Desfiles, viajes oficiales, recepciones, celebraciones con motivo del nacimiento, boda o muerte de los monarcas y los miembros de su familia, todas estas formas de escenificación monárquica dependían siempre de la persona concreta del gobernante, incluso cuando las referencias a una idea del Estado más abstracta e impersonal poco a poco se fueron haciendo más fuertes para muchos de los participantes en estos rituales[3].

Continúa explicando Lutz Raphael que desde la Ilustración se procedió a fomentar un culto impersonal al Estado:

Este entroncaba con el culto al «bien común« del absolutismo ilustrado, pero también con la autoescenificación de la Francia revolucionaria[4]”.

También predominó aquella creencia por parte de los administradores o “servidores” del Estado, de que estaban ahí por un bien superior, como explica el historiador alemán:

“…se ven a sí mismos como funcionarios de unos fines más altos que los meramente sociales, rindiendo servicios a valores universales como la moral, la cultura y la justicia, así como a intereses generales como la seguridad, el orden, la paz y el progreso, y que en el orden estatal se expresa simultáneamente principios de ordenación de todo el mundo social y natural[5].

Junto a los rituales, ceremonias, uniformes y grandes obras arquitectónicas, no se puede omitir la justificación filosófica del culto al Estado. Lutz Raphael destaca la figura de Hegel en el cultivo de una imagen idealista del Estado:

Hegel aportó las ideas directrices en su filosofía del derecho. Por encima de la esfera de los intereses enfrentados de la sociedad civil, el Estado con sus órganos se ocupa de hacer respetar los intereses generales y los valores universales. En numerosas memorias y autobiografías, incluso en muchas biografía de los miembros de la Administración superior, encontramos las traducciones prácticas de este idealismo estatal. En ellas tropezamos una y otra vez con héroes del bien común y de los intereses estatales que defienden la causa del Estado en contra de miopes intereses económicos, en contra de prejuicios y acomodos. La imagen predominante que tenían de sí miémoslos expertos profesionales de la Administración durante el siglo XIX estaba íntimamente ligada a una aguda sobrevaloración ideológica de los fines del Estado y de la actividad administrativa[6].

Louis Althusser se refería también a lo anterior como la “gran mistificación del Estado”, donde se nos presenta un Estado que está por encima de las clases sociales, un Estado neutral, compuesto por funcionarios abnegados, verdaderos funcionarios públicos, una suerte de “monjes estatales” que renunciaban a su interés personal para transformarse en “servidores públicos” que sólo buscan el bien de la nación. En palabras de Althusser:

En este supuesto, el cuerpo del Estado está compuesto por funcionarios neutros (los mejores y más «cultivados», ésa era la idea de Hegel, reclutados mediante concursos objetivos, ellos mismos sometidos a un tribunal neutro y presidido por un presidente neutro). Y esos funcionarios no tendrían más que un fin: «el servicio público»…La noción de «funcionario« es tan alta en la abnegación de su servicio que incluso el filósofo alemán Husserl se definía mediante la definición que hacía de los filósofos como «funcionarios de la humanidad»…”[7].

El historiador Jaime Valenzuela Márquez, en su estudio sobre los ritos y fiestas del Chile borbónico y republicano, también se refiere a la propagación de esta idea de una burocracia estatal que velaba por los intereses de la monarquía y el bien común en general. En relación a la lógica administrativa de la monarquía borbónica español escribe el autor:

Se fomenta una burocracia más profesional y más técnica, con un mayor espacio para letrados y abogados, que ocupan puestos importantes. La filosofía que subyace a este cambio propicia, además, la secular búsqueda…del burócrata como agente neutral, que sólo actuase en beneficio del Estado y se mantuviese alejado de los intereses locales y de las tentaciones de corrupción…”[8].

De lo anterior se desprende que, junto a este culto desmedido al Estado y la sobrevaloración de los fines de este y de quienes los integran, crece también el aparato represivo que tiene como objetivo resguardar la continuidad de aparato estatal. Tal aparato tenía y tiene como objetivo reprimir aquellos elementos considerados antisistémicos o anarquistas, pero también se practicó la discriminación de cierta parte de la población de manera que la posibilidad de acceder a puestos dentro de la administración estatal podía estar cerrada bajo criterios de índole religiosas, afiliación política y nacionalistas. Otros autores que analizaron el fenómeno del culto al Estado y las nuevas religiones seculares fue Emilio Gentile en el caso del fascismo, que guarda una considerable semejanza con el régimen chavista.

Otro autor que se puede consultar al respecto es George L. Mosse. El autor explica como la “nueva política”, en el caso de la Alemania nacionalsocialista, llenó los espacios de monumentos y fiestas públicas, y se recurrió a los ritos y mitos con el objetivo de materializar y organizar las esperanzas y miedos humanos. Otro aspecto de la nueva política es la politización, en donde la vida y la política debían “interpenetrarse, y esto significa que todas las formas de vida se convierten en algo politizado. La literatura, el arte, la arquitectura e incluso nuestro entorno se consideran símbolos de actitudes políticas[9]. Esta nueva política de la que nos habla el autor se basa en una vieja idea en ascenso en el siglo XVIII: la soberanía popular y el culto al pueblo. En palabras de Mosse:

Este concepto de soberanía popular se precisó mediante la idea de«voluntad general», tal como Rousseau la había expresado, asentándose en la creencia de que la naturaleza del hombre como ciudadano sólo puede existir activamente cuando todas las personas actúan juntas con un pueblo reunido. La voluntad general se convirtió en una religión secular, en la que el pueblo se adoraba a sí mismo y la nueva política trataba de guiar y formalizar ese culto…[10].

Continúa explicando el autor que en el siglo XVIII la nación se basaba en el propio pueblo, esto es, en su voluntad general, de manera que el culto al pueblo se transformaría en el culto a la nación “y la nueva política trató de expresar esa unidad mediante la creación de un estilo político que en realidad se tornó en una religión secularizada[11].

Debemos pues resguardarnos frente a la siempre latente expansión del poder del Estado y a las pretensiones de este de ser la encarnación de la “voluntad popular”. Es el Estado el que tiene el monopolio de la violencia, de manera quetal poder debe estar siempre limitado. En una ya clásica conferencia pronunciada por Max Weber (1864-1920) sobre la política como vocación, el sociólogo hizo referencia a este atributo del Estado. Explicaba Weber que el Estado sólo podía definirse haciendo referencia a ese medio específico que poseía, esto es la violencia, y que Trotsky había enfatizado en Brest-Litovsk cuando señaló que todo Estado estaba fundado en la violencia. De acuerdo a Weber el Estado es una relación de dominación de hombres sobre hombres, dominación que, por lo demás, se sostiene por medio de la violencia legítima. ¿Cómo se justifica la existencia de un Estado dominador y que hace un uso legal de la violencia? Weber destaca tres justificaciones, siendo la primera el “eterno ayer”, es decir, en “la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria orientación de los hombres hacia su respeto. Es la legitimidad tradicional, como la que ejercían los patriarcas y los príncipes patrimoniales antiguos”. En segundo lugar Weber destaca la autoridad de la “gracia”, esto es, el carisma, heroísmo y otras cualidades de caudillo que un individuo posee (Weber incluye a profetas, jefes militares y demagogos). Por último tenemos la legitimidad basada en la legalidad, esto es, en la creencia en la validez de los preceptos legales y “en la creencia en la validez de preceptos legales y en la competencia objetiva fundada sobre normas racionalmente creadas, es decir, en la orientación hacia la obediencia a las obligaciones legalmente establecidas; una dominación como la que ejercen el moderno servidor público y todos aquellos titulares del poder que se asemejan a él”.

El anarquista ruso Bakunin había llamado la atención sobre algo que posteriormente Michels, Mosca y Pareto profundizarían y es la formación de una oligarquía dominadora que transformaba a las personas en instrumentos ciegos. Esta aristocracia gubernamental, escribió Bakunin, era una clase de personas que no tenían nada en común con la masa del pueblo y que se dedicaba a explotarla en nombre de una felicidad común o para salvar al Estado. En resumen, para Bakunin el Estado se nos aparece como negación inevitable y aniquilación de nuestra libertad. El anarcocapitalista, Murray Rothbard, también era implacable en su crítica al Estado:

El Estadose ha arrogado…el monopolio coactivo sobre la policía y los servicios militares, la promulgación de las leyes, la administración de justicia, la acuñación de moneda…El control de la oferta monetaria es un mecanismo que proporciona a los Estados ingresos fáciles y seguros y los poderes estatales garantizan que no se permitirá a los competidores privados invadir este autoarrogado monopolio mediante la capacidad de falsificar (es decir, crear) dinero nuevo…En épocas más históricas, el Estado ha ejercido un severo dominio sobre la religión, en general mediante la consolidación de confortables alianzas con las iglesia establecida, a través de las cuales ambas instituciones se apoyaban mutuamente: el Estado garantizaba a los sacerdotes poder y riqueza y la iglesia enseñaba, en cambio, a la población sometida el deber, de origen divino, de obedecer al César. Pero hoy día , cuando la iglesia ha perdido una gran parte de su capacidad de convicción en la sociedad, el Estado se ve frecuentemente tentado a abandonar la religión a su propios recursos y concentrarse en alianzas parecidas, aunque mas flojas, con los intelectuales seculares. En ambos casos, las autoridades estatales ejercen el control de las palancas de la propaganda para inducir a sus súbditos a la obediencia o para exaltar a sus gobernantes”[12].

Sin caer en el extremismo del anarquista ruso y el anarcocapitalista norteamericano, si debemos rescatar su escepticismo y temor frente al potencial peligro que puede constituir el Estado. Lenin en “Estado y Revolución” escribió que el Estado no era otra cosa que una máquina de opresión de una clase por otra, y esto valía tanto para una república democrática como para una monarquía. De acuerdo al líder bolchevique todas las revoluciones no habían hecho más que perfeccionar la máquina gubernamental. Las guerras las hacen los Estados y no los mercados como algunos pueden argumentar. Culpar al mercado por el hecho de que ciertas guerras han sido motivadas por afanes expansionistas de los Estados, como sucedió en los albores de la Primera Guerra Mundial, es como culpar al amor de ser homicida por que el enamorado asesinó a su esposa que lo había abandonado. Por lo demás, la sociedad es algo más compleja para reducirla a dos instituciones como el Estado y el mercado. Pero, ¿acaso el mercado no falla? Respuesta: El Estado también, pero las fallas de este último la asumen los contribuyentes por medio de sus impuestos. Además ya James Buchanan se encargó de demostrar que los “servidores públicos” también actúan persiguiendo sus propios intereses, de manera que la lógica que opera en el mundo político no es una de tipo angelical y altruista que la diferenciaría de la “frívola lógica del libre mercado”.

Una precisión que es importante tener en cuenta es que cuando me refiero a lo público no estoy haciendo necesariamente alusión al Estado. En un interesante estudio sobreel Estado subsidiario los investigadores Claudio Alvarado y Eduardo Galaz se refieren a esta supuesta identificación entre lo público y lo privado. Al respecto escriben los autores:

En efecto, desde algún punto de vista, lo público emana de lo privado. Pero esto es así sólo si se comprende simultáneamente que todo lo privado entraña también una dimensión pública porque, como veremos, la comprensión de lo privado como espacio totalmente ajeno a las exigencias del bien común resulta muy equívoca[13].

Ya que hemos mencionado el Estado subsidiario conviene hacer, antes de entrar al tema de la politización, una breve alusión a este concepto mal entendido, especialmente en Chile. Hicimos brevemente referencia a una nueva ideología cuasireligiosa o religión política que es el culto al Estado.

 

                                                                           Fin parte 2

 

[1] Hannah Harendt, La condición humana (Argentina: Editorial Paidos SAICF, 2003), 60.

[2] Ibid., 61.

[3] Lutz Raphael, Ley y orden. Dominación mediante la administración en el siglo XIX (España: Siglo XXI Editores, 2000), 184.

[4] Ibid., 185.

[5] Ibid., 184.

[6] Ibid., 186-187.

[7] Louis Althusser, Marx dentro de sus límites (España: Ediciones Akal), 2003, 140.

[8] Jaime Valenzuela Márquez, Fiesta, rito y política. Del Chile borbónico al republicano (Chile: Ediciones de la Dirección de Bibiliotecas, Archivos y Museos, 2104), 103.

[9] George L. Mosse, La nacionalización de las masas (Argentina: Siglo XXI Editores, 2007), 276.

[10] Ibid., 16.

[11] Ibid.

[12] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad (España: Unión Editorial, 2009), 220.

[13] Subsidiariedad. Más allá del Estado y del mercado(Chile: Instituto de Estudios de la Sociedad, 2015), 46.