El Nuevo Orden Mundial Post-Guerra Fría (2): El mundo multicivilizacional (por Jan Doxrud)

El Nuevo Orden Mundial Post-Guerra Fría (2): El mundo multicivilizacional (por Jan Doxrud)

Samuel P. Huntington (1927-2008) fue un influyente cientista político estadounidense que desarrolló su carrera como docente en la Universidad de Harvard por alrededor de 58 años, ocupando la cátedra Albert J. Weatherhead III University. Huntington ha escrito una serie de influyentes libros y artículos, pero para efectos de este escrito me centraré en un artículo en particular publicado en 1993 en la revista “Foreign Affairs”. Al igual como lo hizo Fukuyama con su paper sobre “El fin de la historia”, Huntington transformó su paper en un libro publicado en 1996 bajo el título “El choque de civilizaciones y la reconstrucción del orden mundial”. Como señalé en el artículo anterior, Huntington es consciente de que el suyo es un mapa o paradigma y, como tal, sacrifica aspectos de la realidad que resulta ser más compleja. Pero igualmente considera que su paradigma civilizacional es el más útil y el que permite de mejor manera comprender el nuevo escenario mundial que emergió tras el final de la Guerra Fría.

Antes de explicar su paradigma civilizacional, Huntington pasa revista a las distintas teorías alternativas que surgieron como interpretaciones del nuevo orden mundial. La primera es la de “Un solo mundo: euforia y armonía”. Este paradigma se fundamentaba en la idea de que el final de la Guerra fría significó el cese de todo conflicto significativo en la política global. Dentro de este paradigma, Huntington sitúa a quien fue su alumno en Harvard: Francis Fukuyama. Pero para Huntington la idea de un mundo global funcionando armónicamente, satisfecho con la universalización de la democracia liberal y la economía de mercado resultó ser sólo un espejismo que fue disipado por nuevos conflictos étnicos, nacionalistas, nuevos conflictos entre estados y el surgimiento de movimientos neofascistas y neocomunistas. Otro paradigma citado por el autor es el denominado “Dos mundos: nosotros y ellos”. Este paradigma es un recipiente sobre el cual se puede verter diversos contenidos en su interior: Occidente vs Oriente, países desarrollados-ricos (centro) vs países no desarrollados-pobres (periferia). Por ejemplo, Edward Said escribió:

“El contexto mundial sigue siendo confusamente estimulante e ideológicamente recargado, volátil, tenso, mutable e incluso violento. Aunque la Unión Soviética se haya desintegrado y los países del Este europeo hayan obtenido su independencia, las pautas de poder y dominación siguen siendo las mismas. El Sur global (…) está inmerso en la trampa de la deuda, acosado por problemas de pobreza, enfermedades y subdesarrollo, que se han incrementado durante los últimos diez o quince años”[1].

En relación al enfoque “Occidente vs Oriente”, Huntington lo considera errado ya que peca de una sobresimplificación que no resulta ser compatible con la realidad cultural mundial. Debemos preguntarnos qué significa “Oriente”, a lo cual podemos responder “aquello que no es Occidente”. Pero, ¿qué ese concepto lóbrego de “no-Occidente”? Tenemos países como Japón, China, India, Irán, Tailandia, Camboya, Nepal, Nigeria, etc. ¿Acaso tienen algo en común estas naciones a parte de no ser parte de lo que se conoce como “civilización occidental? Al respecto escribe Huntington:

“La unidad de lo que no es Occidente y la dicotomía Oriente-Occidente son mitos creados por Occidente. Dichos mitos tienen los defectos del orientalismo que Edward Said criticaba acertadamente puesto que promovían la diferencia entre lo familiar (Europa, el Oeste, nosotros) y lo extraño (Oriente, el Este, ellos) y porque daba por sentada la superioridad intrínseca de lo primero sobre lo segundo”[2].

Huntington denomina “indigenización” al fenómeno del resurgimiento de culturas no occidentales. Tal proceso de indigenización se puede rastrear hasta la primera mitad del siglo XX con personajes políticos de la talla de Muhammad Alí Jinnah (con estudios en Oxford), Harry Lee (con estudios en Cambridge) y Salomon Bandaranaike (con estudios en Oxford). Tres personajes, relacionados con tres países: Pakistán, Singapur y Sri Lanka (ex Ceilán). Estas tres personalidades, que recibieron una fuerte influencia de la educación occidental, tomaron otro camino, el de la indigenización, a la hora de guiar a sus respectivas naciones. Jinnah adoptó el título de Quaid-e-Azam, Harry Lee pasó a ser conocido como Lee Kuan Yew (quien comenzó a aprender el mandarín y elogiar el confucionismo) y el cristiano Bandaranaike se transformó al buddhismo y buscó una base de apoyo en el nacionalismo cingalés (frente a la minoría Tamil). Huntington cita las palabras de Lee Kuan Yew para expresar este fenómeno, además de las repercusiones de la vertiginosa modernización en la que se embarcaron los países asiáticos:

“Somos sociedades agrícolas que se han industrializado en una o dos generaciones. Lo que en Occidente sucedió a lo largo de 200 años o más está sucediendo aquí en 50 añs o menos. Todo se amontona y agolpa en un marco temporal muy apretado, de modo que forzosamente tienen que producirse dislocaciones y disfunciones. Si nos fijamos en los países que crecen rápidamente – Corea, Tailandia, Hong Kong, Singapur – veremos que se ha producido un fenómeno notable: el ascenso de la religión…Las viejas costumbres y religiones – culto a los ancestros, chamanismo – ya no satisfacen completamente. Hay una búsqueda de explicaciones más elevadas acerca de la finalidad del hombre, sobre por qué estamos aquí. Esto se asocia con períodos de gran tensión en la sociedad”[3].

                 Dos forjadores de naciones: Lee Kwan Yew (Singapur, 1923-2015) y Muhammad Alí                                                                  Jinnah (Pakistán, 1876-1948)

                 Dos forjadores de naciones: Lee Kwan Yew (Singapur, 1923-2015) y Muhammad Alí                                                                  Jinnah (Pakistán, 1876-1948)

Un tercer paradigma citado por Huntington es “184 Estados, más o menos”, que sigue la tradición de la teoría realista de las relaciones internacionales. De acuerdo a este paradigma, los Estados continuarán siendo los protagonistas en los asuntos mundiales y que la relación entre estos es de “anarquía”, de manera que para asegurar su supervivencia y seguridad, los Estados intentarán invariablemente maximizar su poder al máximo. El punto débil de este enfoque, afirma Huntington, es que supone que los Estados ven sus intereses del mismo modo y actúan de la misma manera. A esto añade el autor que en el mundo post- Guerra Fría, los Estados definen sus intereses cada vez más desde una óptica civilizacional y que estos, a su vez, se alían o cooperan con otros Estados con los cuales comparte una cultura en común. En nuestros días podemos ver alianzas entre países más o menos afines como China y Corea del Norte, Venezuela, Bolivia y Ecuador, pero también alianzas estratégicas entre países bastantes disímiles como Estados Unidos con Arabia Saudita. A esto hay Huntington añade el fenómeno de la erosión de la soberanía de los Estados a favor de instituciones internacionales, como es el caso de la Unión Europea. En nuestro siglo existen casos de Estados cuyo presupuesto anual es significativamente menor que el de las multinacionales que operan en esos mismo Estados. El cuarto paradigma citado por Huntington precisamente la consecuencia lógica de un mundo en donde el poder de los Estados se ha debilitado: el caos. Escribe el autor:

“Este paradigma subraya: la quiebra de la autoridad gubernamental; la desintegración de los Estados; la intensificación de los conflictos tribales, étnicos y religiosos; la aparición de mafias criminales de ámbito internacional; el aumento del número de refugiados en decenas de millones; la proliferación de armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva; la difusión del terrorismo; la frecuencia de las masacres y limpieza étnica”[4].

 

Paradigma civilizacional

 Pasemos ahora a examinar la propuesta de Huntington, esto es, su paradigma civilizacional y el choque entre civilizaciones. Huntington es claro en su libro cundo señala que su tema central es que la cultura y las identidades culturales, están configurando las pautas de cohesión, desintegración y conflicto en el mundo tras el final de la Guerra Fría. En el nuevo orden mundial de Huntington sucede un fenómeno inédito en la historia humana y es que por primera vez la política global es a su vez multipolar y multicivilizacional. En segundo lugar, el poder entre civilizaciones se vuelve dinámico, lo que se traduce en que Occidente ha ido perdiendo su poder económico, político y militar en favor de nuevos actores. Un tercer rasgo de este nuevo orden es que las pretensiones universalistas de Occidente, encarnado principalmente por Estados Unidos, tendrán como consecuencia la progresiva tensión en sus relaciones con otras civilizaciones. Por último, Huntignton señala que la supervivencia de Occidente dependerá de que los estadounidenses reafirmen su identidad occidental y que los occidentales acepten su civilización como única, pero no universal.

Examinemos lo anterior con mayor detalle. Si nos remontamos hasta principios del siglo XIX la geopolítica mundial tuvo como principales protagonistas a los Estados europeos, de manera que la historia era, hasta cierto punto, una historia eurocéntrica. Las principales potencias eran europeas: Prusia (posteriormente Alemania tras la unificación en 1871), Francia, Inglaterra (Imperio británico), Austria-Hungría, España (hasta 1898, tras ser expulsados de Cuba). Tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y, principalmente, tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el continente europeo pasó a un segundo plano, asumiendo el protagonismo del escenario mundial países como Estados Unidos, la Unión Soviética y la China (de Deng Xiaoping). En otras palabras, durante un largo tiempo existió un orden internacional multipolar pero siempre dentro de la civilización occidental (europea) y, posteriormente este orden fluctuaría hacia uno multipolar que trascendió las fronteras de la civilización occidental. Pero esteorden internacional multipolar es, a su vez, un orden multicivilizacional, lo que se traduce para Huntington en que las distinciones más relevantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas o económicas, sino que son culturales. Las personas, añade Huntington, se definen en función de su genealogía, religión, lengua, historia y valores.

¿Qué es una civilización para Huntington? El autor pasa revista a una serie de definiciones de distintos autores. Tenemos, por ejemplo, el concepto de civilización entendido como lo contrario a “barbarie”.  El sociólogo alemán, Norbert Elias (1897-1990) señalaba que el concepto de civilización expresaba la “autoconciencia de Occidente”:

“El concepto resume todo aquello que la sociedad occidental de los últimos dos o tres siglos cree llevar de ventaja a las sociedades anteriores o a las contemporáneas más primitivas. Con el término de civilización trata la sociedad Occidental de caracterizar aquello que expresa su peculiaridad y de lo que se siente orgullosa: el grado alcanzado por su técnica, sus modales, el desarrollo de sus conocimientos científicos, su concepción del mundo y muchas otras cosas”[5].

En el idioma alemán era común establecer un separación entre  cultura – asociada a los más altos valores e ideales – de la civilización – vinculada con la tecnología, mecánica y factores materiales. De acuerdo a Elias el concepto de civilización no significaba lo mismo para los distintos países de Occidente. Así, en Inglaterra y Francia, el concepto resumía el orgullo que inspiraba la importancia que tenía la nación propia en el conjunto del progreso de Occidente, mientras que en Alemania, la civilización “significa algo muy útil, pero con un valor de segundo grado, esto es, algo que afecta únicamente a la exterioridad de los seres humanas, solamente a la superficie de la existencia humana”[6]. Por último, Elias añadía que la civilización podía ser entendida como un proceso o el resultado de un proceso, a algo que está siempre en movimiento.

Huntington toma distancia de estos significados y define la civilización como la entidad cultural más amplia, como el agrupamiento más elevado y el grado cultural más amplio de identidad cultural, si se deja de lado el hecho de que pertenecemos a la especie humana. Ahora bien, Huntington es consciente de que la identidad es un concepto complejo, es decir, las personas tienen múltiples identidades (parental, ocupacional, cultural, partidista, ideológica) que pueden competir entre sí o reforzarse mutuamente. La identidad se transformado para el autor – teniendo en cuenta las fuertes repercusiones que ha tenido la modernización económica en sociedades tradicionales – en un fenómeno de suma relevancia y que se fundamenta en un abismo en cuyos extremos se encuentra el “nosotros” y los “otros” (extraños). Sea como fuere, Huntington señala que las diferencias en la conducta ad intra y ad extra de una civilización proceden de:

a) Sentimientos de superioridad (y a veces inferioridad) con respecto a la gente que se ve muy diferente.

b) Temor o falta de confianza en tales personas.

c) Dificultad de comunicación con ellos debido a las diferencias en cuestión de lengua y de lo que se considera una conducta civilizada.

d) Falta de familiaridad con los presupuestos, motivaciones, relaciones y prácticas sociales de otras gentes.

En resumen tenemos lo siguiente en relación al concepto de civilización de Huntignton:

a) Son plurales.

b) Es una entidad cultural, pero la más amplia de todas. Como realidades culturas, las civilizaciones no asumen las funciones propias de un Estado: imponer orden, impartir justicias, cobrar impuestos, etc. Una civilización puede contener en su seno múltiples unidades políticas.

c) La cultura constituye el fundamento de una civilización.

d) Siguiendo a Arnold Toynbee, son globales, esto es, engloban sin ser englobadas por otras. Por lo demás, ninguna de las entidades que la componen puede ser entendida sin hacer referencia a la civilización.

e) Son mortales, longevas, evolutivas y adaptativas. Los gobiernos pueden nacer y sucumbir, pero la civilización permanece.

                                     Algunas de las muchas civilizaciones extintas

                                     Algunas de las muchas civilizaciones extintas

¿Cuáles son las civilizaciones de Huntington?: China, Japonesa, hindú, islámica, Occidental (Europa, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda) Latinoamericana y Africana. Latinoamérica queda fuera de Occidente puesto que, a pesar de ser su vástago, esta civilización incorpora elementos propios de la cultura indígena que no están presentes en las otras unidades que componen a la civilización occidental. El concepto de “Occidente” es complejo y resulta, al parecer, que se enfrentan dos concepciones de occidente: una esencialista y otra relativista-histórica. El periodista e historiador inglés, Timothy Garton Ash señaló sobre este tema:

“Durante la guerra fría, en las escuelas y universidades estadounidenses hubo generaciones de estudiantes que aprendieron un inspirador relato de la civilización occidental, que avanzaba – en general, ascendiendo – desde las antiguas Grecia y Roma, pasando por la expansión del cristianismo en Europa, el Renacimiento, la Reforma, la Ilustración, las Revoluciones inglesa, americana y francesa, el desarrollo del capitalismo, la burguesía y el sufragio universal, las dos guerra mundiales, la guerra fría, hasta las soleadas planicies de la Comunidad Atlántica liderada por Estados Unidos En la gran narrativa de la Civilización Occidental, Occidente empezaba en Europa y acababa entre la manos de Estados Unidos. Iba de Platón a la OTAN.[7]

Pero parece ser que Occidente no resulta ser una noción estática, fija y ajena a los devenires de la historia. En otras palabras, el concepto de Occidente es mutable y, ciertamente, el Occidente de Carlomagno del siglo IX no es el Occidente de la guerra fría, y este último Occidente no es el mismo que el Occidente del siglo XXI. ¿Acaso si en el largo plazo desapareciera el cristianismo en Europa pero perduraran las instituciones de la democracia liberal, el Viejo Continente dejaría de ser “Occidental”? ¿Acaso Hitler perteneció a la civilización Occidental a la vez que negó cada uno de sus principales valores heredados de la Ilustración (libertad, igualdad, tolerancia, racionalismo, objetividad moral? ¿Acaso el Japón actual, que constituye una democracia liberal, no es parte de Occidente en ese sentido? ¿Qué hay de Israel, situado en pleno “Oriente Medio”, pero con instituciones democráticas y una sociedad que no se diferencia mucho de otras sociedades “occidentales”? ¿Qué hay de Rusia y su eterna disputa interna entre eslavófilos y europeístas-occidentales? Al respecto, comenta Garton Ash:

“Tras ver el colapso del Occidente de la guerra fría, por un lado, y la difusión de la democracia liberal, por otro, parece razonable mostrarse de acuerdo en que lo que intentamos reconstruir debería tener otro nombre. Hablar hoy de una comunidad mundial de democracias, de una coalición global de los libres, es describir una aspiración más que una realidad. De modo que, para este período de transición, deberíamos tal vez hablar de post-Occidente. El núcleo del actoral post-Occidente sigue estando formado por los países libres situados a ambos lados del Atlántico, pero está muy lejos de limitarse a ellos. El final de su futura evolución esta abierto. El post-Occidente es una pre-otra cosa. Nuestro objetivo debería ser que esa otra cosa sea un mundo libre”[8].

Edwards W. Said (1935-2003), influyente intelectual, ensayista y profesor emérito de literatura comparada en la Universidad de Columbia, estaría de acuerdo (en relación a las civilizaciones) con Huntington en lo fútil que resulta ser la distinción Oriente-Occidente, pero Said va más allá y cuestiona la misma noción de “Occidente” y, por ende, también cuestiona el paradigma civilizacional de Huntington (que iremos desarrollando), por su concepción errada del concepto de civilización. Para Said, el “Orientalismo” (tema de su célebre libro) es un estilo de pensamiento que se fundamenta en la distinción epistemológica (conocimiento) y ontológica (ser) entre Oriente y Occidente

En palabras de Said:

“(…) las culturas y las civilizaciones están tan interrelacionadas y son tan interdependientes que es difícil realizar una descripciónunitaria o simplemente perfilada de su individualidad. ¿Cómo hablar hoy de una civilización occidental, salvo, en gran medida,  como de una ficción ideológica que implique una especie de superioridad de un puñado de valores e ideas, ninguno de los cuales tiene mucho sentido fuera de la historia de la conquista, la inmigración, los viajes y la mezcla de pueblos que ha dado a las naciones occidentales su actual identidad mixta? Esto es especialmente cierto en el caso de Estados Unidos, que hoy sólo puede describirse como un enorme palimpsesto de distintas razas y culturas que comparten una historia problemática de conquistas, exterminios y, por supuesto, importantes logros culturales y políticos”[9].

Añade en la misma obra:

“En fechas recientes, por ejemplo, Samuel Huntington, profesor de la Universidad de Harvard, planteó la idea, que dista mucho de ser convincente, de que la bipolaridad de la guerra fría había sido reemplazada por lo que denominó choque de civilizaciones, tesis basada en la premisa de que las civilizaciones occidental, confucionista e islámica, entre otras,  eran algo así como compartimentos impermeables cuyos miembros se hallaban en el fondo interesados fundamentalmente en mantener a raya a todos los demás”[10].

¿Cuál es la situación de Occidente en este nuevo paradigma de civilizaciones? Huntington explica que existen dos imágenes del poder de Occidente en relación con otras civilizaciones. La primera señala que la dominación occidental es absoluta, abrumadora y triunfante. La segunda imagen nos dice que la civilización occidental se encuentra en decadencia debido a su bajo crecimiento económico en comparación con naciones como las asiáticas como China, Japón e India. En opinión de Huntington tienen algo de cierto puesto que Occidente efectivamente ejerce una influencia significativa durante el siglo XX y continuará haciéndolo hasta bien entrado el siglo XXI. En cuanto a la “decadencia de Occidente”, este constituye en un proceso que se nos presenta de forma gradual y lenta lento. Ya desde los escritos de Joseph Arthur de Gonbineau (1816-1882) y Oswald Spengler (1880-1936) pasando por Martin Heidegger (1889-1976), estamos escuchando a los profetas que anunciaban la “decadencia de occidente”. El punto es que tales autores se referían a aquel Occidente representado por el Viejo Mundo (Europa). Pero tras el final de la Segunda guerra Mundial, Estados Unidos tomó el lugar de Europa como representante de Occidente y el poder de esta potencia está lejos de sucumbir. Por otro lado tenemos que esta “decadencia de Occidente” no constituye un proceso lineal, es decir, se presenta como irregular, con pausas, retrocesos y reafirmaciones de poder (tal como señalamos más arriba con el caso de Estados Unidos). Huntington se pregunta si acaso Occidente es una civilización especial, una excepción a aquella suerte de ley de la vida que nos señala que las civilizaciones nacen, se desarrollan y mueren. Todos somos susceptibles de caer bajo lo que Toynbee denomino como “el espejismo de la inmortalidad”, esto es, la creencia de que mi civilización es la definitiva y constituye el estadio final del desarrollo humano. Huntington reconoce que Occidente posee ciertas características que la distinguen de otras civilizaciones que le precedieron y es la huella que ha dejado fruto de los avances tecnológicos y científicos, así como el impacto que ha tenido la modernización económica. Al respecto comenta el autor:

 

“Sin embargo, ¿significan estas características de Occidente que su evolución y dinámica como civilización son fundamentalmente diferentes de las leyes que han prevalecido en todas las demás civilizaciones? La evidencia de la historia y los juicios de los investigadores de la historia comparada de las civilizaciones indican lo contrario. El desarrollo de Occidente hasta hoy no se ha apartado significativamente de las leyes evolutivas comunes a las civilizaciones a lo largo de la historia. El resurgimiento islámico y el dinamismo económico en Asia demuestran que otras civilizaciones están vivas y con buena salud, y amenazan, al menos, potencialmente, a Occidente”[11].

Pero la decadencia de Occidente no debe ser sólo abordada en relación a otras civilizaciones, sino que también se debe prestar atención a su decadencia interna. Huntington se refiere a lo que denomina como decadencia moral” de Occidente:

a) Aumento de la conducta antisocial, como crímenes, drogadicción y violencia en general.

b) La decadencia familiar, que incluye mayores tasas de divorcio, ilegitimidad, embarazos de adolescentes y familias monoparentales.

c) El descenso, en Estados Unidos, del capital social, vale decir, el número de miembros de asociaciones de voluntariado y de la confianza interpersonal asociada con tal colectivo.

d) El debilitamiento general de la ética del trabajo y el auge de un culto de tolerancia personal.

e) El interés cada vez menor por el estudio y la actividad intelectual, manifestado en los Estados Unidos en unos niveles inferiores de rendimiento escolar.

Otro peligro que percibe Huntignton es la amenaza del multiculturalismo de desintegrar a Occidente desde su interior, es decir, aquellos inmigrantes que habitan en Occidente pero que no asimilan su cultura, valores y creencias, como es el caso de los latinos en Estados Unidos y musulmanes en Europa. Al respecto escribe el autor:

“En los Estados Unidos existía un peligro más inmediato y grave. Históricamente, la identidad nacional estadounidense se ha definido culturalmente por la herencia de la civilización occidental y políticamente por los principios del credo norteamericano en el que coinciden abrumadoramente los estadounidenses: libertad, democracia, individualismo, igualdad ante la ley, constitucionalismo, propiedad privada. A finales del siglo XX, ambos componentes de la identidad norteamericana se vieron sometidos a un violento ataque, concentrado y continuo, por parte de un número pequeño pero influyente de intelectuales y publicistas. En nombre del multiculturalismo, atacaban la identificación de los Estados Unidos con la civilización occidental, negaban la existencia de una cultura estadounidense común y promovían identidades y agrupamientos raciales, étnicos y potro tipo cultural subnacional”[12].

[1] Edward W. Said, Orientalismo (España: Debate, 2002), 454-455.

[2] Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Argentina: Paidós, 2001), 35.

[3] Ibid., 115.

[4] Samuel P. Huntington, op. cit., 37

[5] Norbert Elias, El proceso de civilización. Investigaciones sociognéticas y pscognéticas (México: FCE, 2009), 83.

[6] Ibid., 84.

[7] Timothy Garton Ash, Mundo libre. Europa y Estados Unidos ante la crisis de Occidente (España: Tusquets, 2005), 19.

[8] Ibid., 235.

[9] Edward W. Said, op. cit., 455-456.

[10] Ibid., 455.

[11] Ibid., 362.

[12] Ibid., 366.