El Estado (1): Introducción al concepto (por Jan Doxrud)

El Estado (1): Introducción al concepto (por Jan Doxrud)

Esta sección tiene como objetivo explicar y aclarar el confuso concepto de Estado. Este concepto se nos presenta en ocasiones como algo abstracto o como un recipiente cuyo contenido está lejos de ser claro. Examinaremos a su vez algunos errores como el confundir el Estado con el gobierno o pensar que el Estado “somos nosotros” o que encarna la voluntad de la sociedad.

Para el historiador suizo y especialista en la cultura del Renacimiento, Jacob Burckhardt (1818-1897), resultaban ser vanas aquellas especulaciones que buscaban el origen del estado:

Todas nuestras especulaciones acerca del principio y el origen del Estado son ociosas, razón por la cual no hemos de quebrarnos la cabeza, como hacen los filósofos de la historia, estudiando estas cuestiones[1]

Tenemos, por lo demás, que este concepto posee una fuerte carga emotiva, en el sentido de que despierta distintas pasiones y sentimientos en las personas. Para algunos, el Estado es el que vela por la seguridad, el que nos resguarda de la violencia. Para otros, el Estado además es aquel que garantiza el bienestar material de aquellos que no pueden sustentarse por sus propios medios. Por último, algunos opinan que el Estado es sinónimo de violencia y, en el caso de los marxistas, un instrumento de opresión de la clase dominante.

Tampoco existe acuerdo acerca de si el Estado es un fenómeno moderno y europeo o, por el contrario, es un fenómeno que se remonta hace miles de años, por ejemplo, en Egipto y China. Hay quienes defiende la idea de que el Estado, tal como lo concebimos hoy, nació en Europa, durante el denominado “Renacimiento”, específicamente con Nicolás Maquiavelo. Sea como fuere, cualquier enfoque sobre el estudio del nacimiento y desarrollo del Estado debe ser dinámico. Con esto quiero dar a entender, en primer lugar, que por miles de años los seres humanos vivieron sin las presencia del Estado y que, en algún momento de la historia, éste emergió transformándose en una realidad concreta. En otras palabras, el Estado es un fenómeno histórico. En segundo lugar, el Estado no es una institución estática ya que, desde que nació, no ha dejado de experimentar una serie de transformaciones y mutaciones, y esa será la tendencia a futuro. En pocas palabras, el Estado es una institución evolutiva.

Para arrojar luces sobre este concepto, utilizaré los análisis de connotados autores que han abordado el estudio del tema. Comenzaré con una breve introducción sobre este concepto para luego pasar a examinar lo que denominaremos como la interpretación ortodoxa o clásica del Estado, representada por las obras de Max Weber, Georg Jellinek y Hermann Heller. Una vez examinados estos autores dedicaré una sección a obras que cuestionan el concepto predominante de Estado, o mejor dicho, intentan ir más allá del Estado weberiano. En primer lugar abordaré algunos cuestionamientos al concepto weberiano de Estado –  como lo de ahí el título “ir más allá del Estado weberiano” –, donde me referiré brevemente a autores como Ashis Nandy, Joel S. Migdal, Lutz Raphael y Pierre Bourdieu (abordado en tres artículos anteriores), para luego continuar con otra clase de críticas provenientes del anarquismo bakuniano, así como del denominado anarcocapitalismo (también explicados en otros artículos anteriores). Finalizaré con algunas ideas de Vladimir Lenin en relación al tema del Estado. Por lo tanto, a medida que avancemos podremos apreciar que existen distintas concepciones así como distintas actitudes frente al Estado. Al respecto escribe Norberto Bobbio:

De Wilhelm von Humboldt a Benjamin Constant, de John Stuart Mill a Herbert Spencer, la teoría de que el Estado para ser un buen Estado debe gobernar lo menos posible domina todo el espacio en el que la sociedad burguesa se expande y triunfa, a decir verdad más en teoría que en la práctica, las ideas del libre mercado interno e internacional (el librecambio)”[2].

Tenemos pues, conceptos tales como Estado providencia, Estado benefactor, Estado gendarme. Pero, como ya señalé, están aquellos con consideran que el Estado es un “mal necesario”, es decir, la alternativa menos perjudicial para la convivencia armónica entre las personas miembros de una sociedad. Esta opinión se fundamenta en la idea de que en ausencia de Estado predominaría la anarquía. Por último tenemos quienes rechazan el Estado ya que lo consideran ilegal, es decir, se ha impuesto por la fuerza y se ha mantenido por diferentes medios violentos y, a su vez, se nos presenta como un fenómeno natural, pero que en realidad es artificial, impuesto y que no cuenta con el acuerdo de las personas. En pocas palabras el célebre “contrato social” es una ficción, lo que significa que tal contrato no es un contrato ni es social y, como resultado, tenemos que el Estado fue construido sobre una ficción. Esta postura es la que se conoce como anarquismo que se presenta en diferentes variantes: anarcosindicalismo, anarcocapitalismo o anarquismo de propiedad privada.

Esta visión negativa del Estado también adopta una forma que podríamos denominarla como “kafkiana”. Con esto quiero decir que el Estado es percibido como una gran maquinaria de poder impersonal frente a la cual el individuo es impotente, tal como Josef K., protagonista de la obra de Kafka titulada “El proceso” (1925), donde podemos leer desde un comienzo que el protagonista ha sido calumniado por alguien y, sin haber hecho nada malo, fue arrestado una mañana. El “Estado kafkiano” es un Estado omniabarcante, un panóptico en eterno estado de vigilancia, un laberinto siniestro y claustrofóbico, repleto de funcionarios uniformados que constituyen una amenazante y uniforme burocracia, frente a la cual el individuo queda anulado.

Burocracia

Burocracia

José Ortega y Gasset (1883-1955) afirmaba que el mayor peligro para la civilización era la estatización de la vida,el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad social por el Estado…”[3]. La estatización es para el filósofo español “la forma superior que toman la violencia y la acción directa constituidas en norma. A través y por medio del Estado, máquina anónima, las masas actúan por sí mismas”[4]. Ortega y Gasset se quejaba sobre el hecho de que el hombre masa se dejase deslumbrar por el Estado, lo admirase sin tener conciencia de que éste, en realidad, consistía en una creación humana. El hombre masa, añadía Ortega y Gasset, se volvía dependiente de la maquinaria estatal, ya que cuando la masa sentía alguna desventura o fuerte apetito, era “una gran tentación para ella esa permanente y segura posibilidad de conseguir todo – sin esfuerzo, lucha, duda, ni riesgo – sin más que tocar el resorte de la portentosa máquina[5]. El intelectual también hace referencia al fenómeno de la burocratización de la vida y la militarización de la sociedad, siendo esto último una consecuencia lógica del papel del Estado como productor de seguridad. Así, de acuerdo a Ortega y Gasset, se nos presenta una lógica bastante paradójica, que consiste en que la sociedad, para poder vivir mejor, crea este utensilio que denominamos Estado y, posteriormente, este utensilio se sobrepone a tal punto sobre la sociedad que esta última tiene que vivir para el Estado.

¿Qué es el Estado? De acuerdo a Norberto Bobbio (1909-2004) es indiscutible que la palabra “Estado” se impuso por la difusión y el prestigio del Príncipe de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), cuando comienza su obra señalando: “Todos los estados, todas las dominaciones que ejercieron y ejercen imperio sobre los hombres, fueron y son repúblicas o principados”. Así, con Maquiavelo, el término Estado comenzó paulatinamente a sustituir los términos que se habían utilizado para designar la máxima organización de un grupo de individuos sobre un territorio en virtud de un poder de mando, explica el filósofo político italiano. Otro tema de interés en el debate en torno al concepto de Estado versa sobre si el concepto de Estado es sólo aplicable a un período determinado de la historia, en este caso, a la Edad Moderna, y particularmente a una zona geopolítica y cultural específica: Occidente. Escribe Bobbio:

El problema del nombre «Estado» no sería tan importante si la introducción del nuevo término en los umbrales de la época moderna no hubiese dado ocasión para sostener que no solamente corresponde a una necesidad de claridad terminológica sino que resolvió la exigencia de encontrar un nombre nuevo para una realidad nueva: la realidad del Estado precisamente moderno que debe considerarse como una forma de ordenamiento tan diferente de los ordenamientos anteriores que ya no pueden ser llamados con los nombres antiguos[6].

José Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset

De acuerdo a esta postura a favor de la discontinuidad, no se podría hablar de un Estado medieval, ya que existiría una discontinuidad entre la realidad política, por ejemplo, de la Antigüedad o de la Edad Media y la nueva realidad de la edad Moderna que reclama el uso de una nueva terminología para dar cuenta de esa nueva realidad política. Pero, como explica Bobbio, la problemática en torno a si el Estado es o no una creación reciente dependerá únicamente de la definición de Estado que se tome como punto de partida: una amplia o restringida.

Regresemos entoncesal tema de la definición de Estado. Si tomamos una de las definiciones de la Real Academia Española tenemos lo siguiente:

 Conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano”.

Existen otras definiciones sobre este concepto como aquella que nos dice que el Estado es la reunión de una multitud de personas que viven bajo un ordenamiento jurídico. Podemos añadir a esto que el Estado es toda sociedad humana en que existe una diferencia entre gobernantes y gobernados. Otra definición, pienso en la del jurista y sociólogo francés Maurice Hauriou (1856-1929) señala que el Estado es una “agrupación humana, fijada en un territorio determinado y en el que existe un orden social, político y jurídico orientado hacia el bien común, establecido y mantenido por una autoridad dotada de un poder de coerción”. En la explicación del concepto de Estado se pueden distinguir una serie de elementos que lo componen: población, territorio, soberanía, poder y bien común. Una precisión conceptual que es necesario tener en consideración es sobre la noción de poder.  El poder es aquella facultad y capacidad de hacer algo, en el caso del Estado, el poder sería la capacidad, facultad y fuerza de este mismo para cumplir su fin específico. Siguiendo a Bobbio, tenemos que existen tres teoríasfundamentales del poder. En primer lugar está la sustancialista como es el caso de la definición de Thomas Hobbes, para quien el poder de un hombre eran los medios que tenía en el presente para obtener algún aparente bien en el futuro. Estos medios pueden ser dotes naturales, la fuerza, la inteligencia o la riqueza. En resumen, el poder sería algo que sirve para alcanzar lo que es objeto de nuestro deseo. En segundo lugar tenemos la teoría subjetivista del poder como la que expone John Locke. El pensador inglés no entendía el poder como la cosa que sirve para alcanzar un objetivo, sino que lo entiende como una capacidad del sujeto de obtener ciertos beneficios. Así, tenemos que el soberano tiene el poder de hacer leyes y, al hacerlas, influye en la conducta de los súbditos. En tercer lugar está la teoría relacional del poder y aquí Bobbio trae a la palestra la definición de Robert Dahl, para quien la influencia, entendida como un concepto más amplio que el de poder, consiste en una relación entre actores en donde uno de ellos induce a los otros a actuar de un modo en el que no lo harían de otra manera. Bobbio también destaca las tres formas de poder o la tipología de los tres poderes. El primero es el poder económico, que se vale de la posesión de ciertos bienes dentro de una situación de escasez, para inducir a quienes no lo poseen a adoptar una cierta conducta que consiste en la realización de un trabajo útil. El segundo es el poder ideológico, representado por los antigua clase sacerdotal, aquellos que tenían el acceso exclusivo a la lectura e interpretación de los textos sagrados. Ahora bien, en nuestros tiempos tenemos la figura del literato, el científico, técnicos y los denominados “intelectuales”. Explica el filósofo italiano que esta clase de sujetos “mediante los conocimientos que ellos difunden o los valores que predican e inculcan se realiza el proceso de socialización del que todo grupo social tiene necesidad para permanecer unido[7]. En tercer lugar está el poder de la fuerza.

Por otra parte, tenemos el concepto de soberanía, que es el poder supremo en virtud del cual el Estado se da una organización política y jurídica, y se muestra frente a otros Estados en un mismo plano donde prevalece la independencia y la igualdad. En resumen, el Estado soberano es:

a) El Estado que ejerce poder sobre un territorio geográfico;

b) El Estado que adopta una organización jurídica que estime más conveniente;

c) La facultad de ese Estado de establecer relaciones con otros Estados igualmente soberanos.

Regresando al concepto de poder, este presenta otras dos características. En primer lugar es un poder político, es decir, un poder no espiritual y no religioso. En segundo lugar, el poder estatal es un monopolio legítimo de la coerción y es un poder institucionalizado, lo que significa que tal poder se ejerce bajo formas jurídicas.

De suma relevancia resulta el no confundir el gobierno con el Estado. El Estado es una entidad permanente, continua y, por lo demás, el Estado ejerce autoridad impersonal vale decir, que no posee o no manifiesta ninguna característica que haga referencia a la personalidad, las ideas o los sentimientos de una persona, ya sea un monarca, un caudillo o una casta sacerdotal. A estos dos puntos hay que añadir que el Estado representa el bien común o la voluntad general. El gobierno, en cambio, podemos entenderlo de dos maneras. En primer lugar, y siguiendo el pensamiento clásico, tenemos que el gobierno se identificaba con un régimen político específico, los cargos público y quiénes los ejercían. En segundo lugar, tenemos que el gobierno se identifica con el poder ejecutivo, en nuestro caso, el presidente y sus ministros, en Estados Unidos, el presidente, el Vicepresidente, el Secretario de Estado y los Secretarios de los distintos departamentos (Estado, Tesoro, Defensa, Agricultura, Comercio, etc). Esta última concepción de gobierno es la más común en nuestros días. Tenemos, pues, que el gobierno es el medio por el cual el Estado ejerce su autoridad. Asimismo, el gobierno es temporal y, por último, el gobierno representa la voluntad de sus votantes.

Otra confusión que cabe evitar es la creencia de que el Estado es el pueblo, es decir, la existencia de una suerte de identidad entre el Estado y la población. Esto resulta ser una falacia, en primer lugar, porque deja en evidencia un mal uso del lenguaje ya que ¿cómo pueden ser que todos los individuos que componen la sociedad sean a su vez parte del Estado? En segundo lugar, el Estado y quienes lo integran, por ejemplo, los burócratas y los miembro del gobierno de turno, no representan al “pueblo” y si incluso aceptásemos que tal gobierno que asume el aparato estatal representase al menos a quienes son partidarios de tal gobierno, habría otra parte importante de la población que no se identificaría con el gobierno de turno. Los Estados poseen sus propios intereses y consiste en perpetuarse en el poder y acrecentar su poder. El célebre “nacional interest” o la “razón de Estado” rara vez coincide con los intereses de los ciudadanos (incluso van en contra de estos).

Pero más importante aún es que el Estado no podemos ser nosotros, ni siquiera desde el punto de vista de un gobierno representativo, ya que justamente lo que hace una Constitución es protegernos de los potenciales abusos de aquel aparato que tiene el monopolio de la violencia legal: el Estado. José Ortega y Gasset escribió lo siguiente:

La masa dice: «El Estado soy yo», lo cual es un perfecto error. El Estado es la masa sólo en el sentido en que puede decirse de dos hombres que son idénticos porque ninguno de los dos se llama Juan. Estado contemporáneo y masa coinciden sólo en ser anónimos. Pero el caso es que el hombre-masa cree, en efecto, que él es el Estado, y tenderá cada vez más a hacerlo funcionar con cualquier pretexto, a aplastar con él toda minoría creadora que lo perturbe; que lo perturbe en cualquier orden: en política, en ideas, en industria[8].

Es propio de la mentalidad totalitaria el querer identificar al partido y su ideología con el Estado, fusionando así el gobierno con el Estado, y es igualmente propio también de esta mentalidad totalitaria el pensar que el Estado es el “gran todo” del cual todos formamos parte. Ortega y Gasset trae a la palestra las palabras de Benito Mussolini: “Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado”. Escribe el autor español: “Bastaría esto para descubrir en el fascismo un típico movimiento de hombre-masa[9].

Igualmente no se debe pasar por alto esta errónea concepciónque se suele tener del Estado, esto es, la idea de que el “Estado somos nosotros” ya que, a pesar de ser incorrecto y potencialmente dañino, nos revela algo importante: las percepciones existentes sobre el Estado, las construcciones discursivas sobre este mismo y como las personas se autorepresentan el Estado.

Esta creencia queidentifica Estado y sociedad nos hace idealizar al Estado e invisibiliza peligros siempre latentes, por ejemplo, el querer borrar la línea divisoria entre sociedad civil y Estado (estatizar y politizar la sociedad) y que ciertos grupos (“servidores públicos”) utilicen el Estado para favorecer sus propios intereses. Por lo demás la denominada clase política de Gaetano Mosca (1858-1941) es proclive – como advertía Charles Wright Mills –, en virtud de su poder, a establecer alianzas con otros grupos como los empresarios, lo que da origen a gobiernos pseudodemocráticos o incluso oligárquicos, como lo plantearon los académicos Martin y Benjamin I. Page en relación al caso de Estados Unidos, en el sentido de la escasa influencia de la ciudadanía en las políticas de gobierno, a diferencia de las elites y grupos de interés organizados.

[1] Jacob Burckhardt, Reflexiones sobre la historia universal (México: FCE, 1996),71.

[2] Norberto Bobbio, Estado, gobierno y sociedad. Por una teoría general de la política (México: FCE, 2014), 182.

[3] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masa (España: Espasa Libros, 2011), 182.

[4] Ibid., 185.

[5] Ibid., 182.

[6] Ibid., 89.

[7] Ibid., 111.

[8] José Ortega y Gasset, op. cit., 183.

[9] Ibid., 185.