¿Qué es la Democracia? (9): palabras finales (por Jan Doxrud)

¿Qué es la Democracia? (9): palabras finales (por Jan Doxrud)

El intelectual francés Bertrand de Jouvenel (1903-1987) en su estudio sobre el poder a lo largo de la historia, también dedica una sección a la crítica del sistema democrático. Para de Jouvenel la historia del poder ha sido una de concentración, es decir, la monopolización de éste en manos del Estado. El poder ha ido cambiando de manos, pasando por la de los emperadores, señores feudales, príncipes, reyes y, en nuestros tiempos, el poder ha pasado a un nuevo titular: el pueblo. En un principio este proyecto parecía viable, pero se pervirtió alo largo del camino. En palabras del intelectual francés:

La historia de la doctrina democrática ofrece el sugestivo ejemplo de un sistema intelectual que el viento social invirtió. Concebido para fundamentar la libertad, prepara el camino a la tiranía. Nacido con vocación de dique respecto del Poder, le proporciona los más amplios aluviones con que jamás haya podido contar para inundar el campo social[1].

Un autor que fue víctima de una distorsión y manipulación de sus ideas políticas fue Rousseau. Por lo general se suele asociar al ginebrino con la idea de la voluntad general e incluso con la idea de que la legislación debe estar en manos del pueblo. Pero como explica de Jouvenel, para Rousseau las leyes no era un reflejo, ya sea directo indirecto, de las presiones populares, y añade:

El vuelco que se dio a su doctrina no puede menos de asombrar y constituye una sorprendente lección de historia social. Sólo se conservó la palabra mágica de soberanía popular, divorciada de los objetos a los que se aplicaba y de su condición fundamental de ejercicio, la asamblea del pueblo. En ella se ha pretendido justificar aquella proliferación legislativa que estaba destinada a impedir; se le ha utilizado para la habilitación indefinida del Poder que el filósofo quería a toda costa limitar[2].

Esto ha tenido como consecuencia que el poder democrático ha favorecido la extensión del poder. Para de Jouvenel la idea de que el poder reside en el pueblo no hace del poder algo menos peligroso, es decir, si el poder no está sometido a ciertos límites poco importa si reside en el pueblo o en un monarca. La democracia vendría a ser una ficción por la simple razón de que la idea que nos dice que el poder reside en el pueblo es una falacia, ya que no todos pueden mandar. Lo que se hace es transferir soberanía a otros, por lo que la “soberanía popular”, explica de Jouvenel, transforma a los miembros de la sociedad en ciudadanos por un día y en súbditos por cuatro años. En palabras del autor:

Así, el pretendido «Poder del pueblo» no está ligado al pueblo más que por el cordón umbilical, muy flojo, de las elecciones generales. En realidad no es otra cosa que un «Poder sobre el pueblo», y tanto mayor cuanto se justifica en la existencia en ese cordón umbilical[3].

                                                         Bertrand de Jouvenel

                                                         Bertrand de Jouvenel

Añade el autor que la voluntad del poder democrático se proclama general y, frente a este, el individuo se siente abrumado, puesto que sus intereses particulares no pueden estar por encima de una voluntad que representa a la totalidad de todos los individuos. Similar opinión tenía Friedrich Hayek quien señalaba que el control democrático efectivamente podía evitar que el poder se volviese arbitrario, pero si la democracia se proponía una meta que implicaba el uso de un poder incapaz de ser guiado por reglas fijas, el resultado sería que el poder se volvería arbitrario.

En la misma línea de pensamiento el economista anarcocapitalista, Pascal Salin, explica que la democracia constituye un instrumento para aumentar el poder del Estado sobre la sociedad. El intelectual francés considera que la democracia debe ser abandonada como criterio para valorar el funcionamiento de una sociedad u organización cualquiera. Al igual que de Jouvenel, lo que principalmente preocupa a Salin es la continua expansión del poder del Estado y cómo la democracia ha cooperado en este proceso. El Estado, como ya tuvimos la oportunidad de examinar a propósito del anarcocapitalismo, posee el monopolio de la violencia y la emisión de moneda, entre otras facultades. El punto es que para Salin la competencia es siempre más deseable que el monopolio. Por lo demás, la democracia, concebida como un mecanismo para la toma de decisiones, no puede y no debe ser un mecanismo aplicable en cualquier ámbito. La democracia es sólo útil en el ámbito del gobierno por la sencilla razón de que no están sujeto al control externo impuesto por el régimen de la competencia, como es el caso de las empresas. Es por ello que una gestión democrática de las empresas carece de sentido. En palabras de Salin: 

En la gestión de las empresas…la democracia no tiene sentido, porque implica que los dirigentes de la misma son controlados desde dentro, cuando existe ya un control externo (por parte de los clientes). Por lo demás, tampoco en el ámbito del gobierno la democracia constituye un sistema de control interno (los gobiernos no son elegidos por los funcionarios), sino que es un sistema de control externo (los gobiernos no son elegidos por los funcionarios), sino que es un sistema de control externo (los gobiernos son elegidos por los usuarios de los servicios públicos, es decir, los contribuyentes); lo cual se debe al hecho de que no existen otros sistemas de control externo[4].

Por último, cabe destacar algunas de las ideas del catedrático de Historia Moderna y Contemporánea de la Política en el Collège de France, Pierre Rosanvallon. El autor afirma que el ideal democrático no tiene hoy rival alguno, pero los regímenes que lo reivindican despiertan fuertes críticas entre la ciudadanía, lo que se traduce en que la historia de las democracias reales lleva consigo una tensión y cuestionamiento permanentes. Para Rosanvallon el proyecto democrático ha quedado siempre incumplido. Es más, la democracia entendida en su acepción más rigurosa del término no ha existido jamás. En opinión del académico francés, el ciudadano contemporáneo ya no es el de antaño, ya que es inconformista y sobre todo desconfiado ante el ejercicio del poder por parte de sus representantes. Ya no le basta sólo con votar cada cierto tiempo en elecciones, sino que ahora pone en práctica su derecho de ejercerprácticas democráticas, pero queno se encuentran institucionalizadas, lo que lleva al autor a denominarla como “contrademocracia”. Esta desconfianza no hay que percibirla como algo negativo,  sino que más bien como una actitud crítica y de vigilancia frente a aquellos que ejercen el poder. Rosanvallon señala que la expresión de la desconfianza a seguido dos vías, siendo la primera la liberal, representada por personajes como Madison y Benjamin Constant (1767-1830). Mientras que a Madison le obsesionó siempre el peligro de la acumulación del poder, a Constant le preocupaba el exceso de confianza en el régimen democrático. La segunda vía de esta desconfianza es la que le interesa al autor y aborda a lo largo de su libro, y es la vía democrática, que es la que se manifiesta en nuestra era “postotalitaria”.

Este enfoque democrático de la desconfianza tiene como objetivo velar por que el poder sea fiel a sus compromisos y esté subordinado al bien común. El autor nos explica que la imagen del “ciudadano pasivo” es más bien un mito. Sin duda existe una declinaciónde la confianza por parte de los ciudadanos en las instituciones políticas, así como un alto porcentaje de abstención, pero estos indicadores, advierte Rosanvallon, deben ser interpretados con precaución. La razón de esto es que en nuestros tiempos estamos siendo testigos de nuevas formas de participación no convencionales, como por ejemplo la participación en manifestaciones, en ONGs, llevar a cabo firmas de peticiones, etc. En palabras de Rosanvallon:

Los ciudadanos tienen así muchos otros medios fuera del voto para expresar sus reclamos o sus quejas. El fenómeno de la abstención y de la declinación de la confianza debe redituarse por ello en un análisis ampliado de las mutaciones de las formas de la actividad democrática. El voto es ciertamente la expresión más visible y la más institucional de la ciudadanía. Es el acto que desde hace mucho tiempo simboliza la idea de participación política y de igualdad cívica. Pero esta noción de participación es compleja. Mezcla en efecto tres dimensiones de la interacción entre el pueblo y la esfera política: la expresión, la implicación, la intervención[5].

La democracia de expresión, explica el autor, se refiere a la toma de la palabra por la sociedad, a la formulación de juicios sobre los gobernantes y sus acciones. La democracia de implicación “engloba el conjunto de los medios por los cuales los ciudadanos se ponen de acuerdo y se vinculan entre ellos para producir un mundo común”[6]. En cuanto a la democracia de intervención, esta se constituyecon todas las formas de acción colectiva en vistas de obtener ciertos objetivos. En suma, en opinión del académico francés, al pueblo elector del contrato social “se le han superpuesto de manera cada vez más activa las figuras del pueblo-controlador, del pueblo-veto y del pueblo-juez[7]. Ahora bien, hay que resguardarse de no ceder ante la tentación populista, que radicaliza la democracia de control y la política como juicio. Para Rosanvallon, el populismo es una patología del control y de la vigilancia, heredero del también patológico personaje de la Revolución Francesa, Jean-Paul Marat (1743-1793), obsesionado por mantener un control férreo sobre el gobierno. En fin, para Rosanvallon, el populismo contemporáneo constituye una exacerbación destructiva de la idea del pueblo-juez. Añade el autor:

El escenario del tribunal con sus intercambios de argumentos y sus producciones de conocimiento experto se degrada con el populismo en teatro de crueldad o en juego de circo. El poder tiende en consecuenciaa ser criminalizado o ridiculizado en su esencia. La función de acusación absorbe en ese marco toda la actividad cívica, alejando de ese modo de manera casi estructural, al ciudadano del poder…Este pueblo-juez exacerbado del populismo no se preocupa en absoluto, es necesario señalarlo, por un ejercicio de la justicia que fuese de orden distributivo y que buscara evaluar los medios para concretar una igualdad superior entre los posibles. Sólo aborda la cuestión del Estado benefactor para denunciar a sus beneficiarios como sospechosos, defraudadores voluntarios, asimilados, por una serie de deslizamientos, a los inmigrantes o los ilegales. Sólo quiere una justicia de represión, de sanción, de estigmatización, constituyendo en objeto de su venganza una vasta categoría de indeseables y de parásitos. En ese punto, el populismo como patología de la contrademocracia se une así con el populismo como patología de la democracia electoral-representativa, que fantaseaba con la creación de un cuerpo social Uno y sano para resolver todos los problemas que enfrenta la sociedad[8].

                                          Palabras finales

En esta serie de escritos he pretendido arrojar algunas luces sobre el concepto de democracia. El objetivo es, en primer lugar, dejar en evidencia que el concepto de democracia es polisémico y ni siquiera entre los expertos existe un consenso sobre lo que la democracia realmente significa, aunque igualmente existen ciertas características mínimas para que podamos calificar a un régimen como “democrático”. Hay quienes entienden la democracia desde un punto de vista meramente procedimental, mientras que están aquellos que identifican la democracia con ciertos valores e ideales. En segundo lugar, y teniendo en consideración la historia de las instituciones políticas en Occidente, tenemos que la democracia, al menos como la concebimos en la actualidad, nada nos garantiza que la democracia será la forma definitiva de gobierno. No sabemos si en el futuro lejano la democracia perdurará, se perfeccionará – aunque no sepamos en que qué significa ese “perfeccionamiento” – o simplemente desaparecerá y será sustituida por otra forma de gobierno que quizás aun no esté ni siquiera en nuestra imaginación. El ya citado sociólogo Alain Touraine hacía un llamado a darle nuevamente vida, fuerza y pasión a la democracia. Para ello, el autor, inspirándose en el concepto de “política del reconocimiento” del filósofo canadiense Charles Taylor, propone que la razón de ser de la democracia sea el reconocimiento del otro, esto es, reconocer la democracia como “el espacio institucional donde puede combinarse la particularidad de una experiencia, de una cultura y de una memoria con el universalismo de la acción científica o técnica y el de las reglas de organización jurídica y administrativa[9].

El autor identifica tres enemigos: populismo, mesianismo y el ultraliberlalimo

El autor identifica tres enemigos: populismo, mesianismo y el ultraliberlalimo

Así, de acuerdo al sociólogo francés, debemos tomar distancia tanto del diferencialismo absoluto, como el de la Ilustración, a la hora de fundar un orden social y político democrático. La democracia es un espacio de diálogo y comunicación, y lo que mide el carácter democrático de una sociedad es la calidad de las diferencias que reconoce y la forma en que las maneja. La actualidad del libro de Touraine, publicado por primera vez en 1994, radica en la figura que él escoge como emblema de la sociedad moderna: el inmigrante. En nuestros días la figura del inmigrante ha tomado un gran protagonismo debido a los estragos producto de la guerra en Siria. El inmigrante representa así una prueba o desafío para las sociedades democráticas ya que, como explica Touraine, el inmigrante está integrado pero a su vez es ajeno a la sociedad en que vive, de manera que exige que abracemos una igualdad que se fundamente en una conciencia de que pertenecemos a un espacio humano común, más allá de las diferencias obvias que existen.

Pienso que la palabras de Touraine reflejan más bien las buenas intenciones del autor que un proyecto viable en la realidad. Además no veo la conexión entre democracia y la propuesta que realiza Touraine, es decir, se podría también argumentar que una monarquía se caracteriza por el hecho de que el monarca fomenta el diálogo y el reconocimiento entre las diversas culturas. Sabemos que estas no son necesariamente la característica de una monarquía, es decir, es una definición arbitraria al igual que cuando se vincula la democracia con los grandes ideales como la libertad, la igualdad o la justicia. Como explica el ya citado filósofo español, Gustavo Bueno, existe la democracia en sentido tecnológico: elecciones, urnas, partidos políticos, candidatos, etc. Luego, explica Bueno, tenemos el aspecto ideológico o nematológico en virtud del cual se nos dice lo que la democracia “es”, en este caso, un sistema político fundado en la soberanía de la voluntad popular. Para Bueno esta última definición nos dice en realidad nada, ya que, para empezar, la palabra “pueblo” resulta ser tan compleja y oscura como el concepto de Dios. ¿Acaso hablamos del Dios vengativo de Lutero, el de Spinoza, Einstein o el Gott mit uns del ejército prusiano? Para ser más claro, un comunista, un socialista, un libertario o un conservador, verán en la democracia un recipiente en el cual podrán llenar diferentes contenidos. Algunos querrán llenar el recipiente, otros lo querrán medio lleno y los demás querrán derramar algunas gotas. En otras palabras, las distintas posturas ideológicas darán nacimiento, en el peor de los caos, un Estado totalitario que invade hasta los últimos rincones de la vida humana, un Estado de Bienestar, o un Estado gendarme, como el que proponía Robert Nozick. La democracia, explica Gustavo Bueno, la podemos entender como un sistema político, pero también como un sistema de ideologías consistente en ideas confusas, incluso erróneas, que se presentan como contenidos de una falsa conciencia vinculada a los intereses de determinados grupos o clases sociales. En cambio, la democracia en cuanto a realidad, es una forma o categoría política, al igual que la circunferencia es una forma o categoría geométrica. Añade el autor que las democracias realmente existentes que, por lo demás, difieren unas de otras, están siempre acompañadas de nebulosas ideológicas, desde las cuales suelen ser pensadas según modos que Bueno denomina hematológicos. El punto es que Touraine y otros autores tienden a unir o encadenar y presentar dos conceptos como si necesariamente deberían estarlo cuando en realidad no es el caso. Gustavo Bueno llama a esto la “yuxtaposición polinómica” y nos ofrece los siguientes ejemplos: “Estado democrático de derecho”, Estado social democrático de derecho”, “Estado social democrático de Derecho sin pena de muerte” o “Democracia orgánico representativa selectivo-jerárquica”. Para el intelectual español tales término sólo representan discursos gramaticalmente coherentes, esto es, rentables desde un punto de vista propagandístico e ideológico, pero estériles desde un punto de vista filosófico o científico.

Sea como fuere, más que dar respuestas y definiciones sofisticadas, lo que pretendo es dejar dudas en torno al tema de la democracia. Más allá de lo que entendamos por democracia, pienso que deberíamos preocuparnos menos por este concepto y preocuparnos más por que se respeten valores básicos como el derecho a la vida y a una buena calidad de vida – poder vivir y no sólo sobrevivir en este mundo –, la promoción de un humanismo secular que valore a las personas por ser seres humanos y no por pertenecer a una cultura o religión particular. Se debe promover también una tolerancia inelástica – la que planteaba Karl Popper –  y sobre todo la libertad de rechazar y no tolerar ningún tipo de opresión proveniente de sistemas de pensamiento utópicos, dogmáticos y totalitarios, sin importar si estos son de tintes religiosos o políticos. No es mi intención dar una lista de derechos básicos que respetar, pero sí dejar claro el punto de que existen principios que discutir y por los cuales debemos preocuparnos que son más importantes que la democracia, de manera que tenemos que desembarazarnos de ese hábito mental que dice, parafraseando al líder fascista Mussolini: “Todo en la democracia, nada contra la democracia, nada fuera de la democracia

 

[1] Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento (España: Unión Editorial, 2011), 319.

[2] Ibid., 332.

[3] Ibid., 349.

[4] Pascal Salin, El liberalismo. Una nueva y profunda evaluación del pensamiento liberal (España: Unión Editorial, 2008), 116.

[5] Pierre Rosanvallon, La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza (Argentina: Ediciones Manantial, 2007), 36.

[6] Ibid.

[7] Ibid., 33.

[8] Ibid., 263.

[9] Alain Touraine, op. cit., 283.