¿Qué es la Democracia? (4) Siglo XX: de la esperanza democrática a la tentación totalitaria (por Jan Doxrud)

¿Qué es la Democracia? (4) Siglo XX: de la esperanza democrática a la tentación totalitaria (por Jan Doxrud)

Continuemos con nuestra breve historia de la democracia. Los avances en lo que respecta a la ampliación del sufragio se dio de manera gradual. El sufragio universal de ambos sexo ocurrió en primer lugar en países como Nueva Zelanda (1893) y Australia (1902). En Dinamarca se introdujo el voto universal para ambos sexos en 1915 y en Holanda en 1917. En 1913 las mujeres pudieron votar en Noruega, en Alemania, las mujeres pudieron votar en 1919 y en Checoslovaquia en 1920. En países latinoamericanos como Chile, en 1935 se aprobó el voto femenino para las elecciones municipales y en 1949 se les concedió el derecho a votar en las elecciones presidenciales.  De pronto, los políticos se percataron que la ampliación del sufragio podría ser algo que los beneficiara, de manera que fueron perdiendo el miedo a las masas.

En el siglo XX, sin duda las consecuencias de las guerras mundiales contribuyeron a que el ideal democrático se expandiera, ya que se creía que el sistema democrático constituía la única forma de gobierno capaz de promover la paz entre las naciones. Si tuviésemos que esquematizar cronológicamente el avance de la democracia, podríamos hacer uso de las “olas democratizadoras” del politólogo estadounidense Samuel Huntington (1927-2008). La primera ola es la que va de 1828 a 1926 y se caracteriza por el impulso recibido por las revoluciones en Norteamérica y Francia, así como la adhesión de naciones al sistema democrático tras finalizar la Primera Guerra Mundial (1914-1918). La segunda ola comprende los años 1943-1962, vale decir, los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el comienzo del proceso de descolonización y parte de la Guerra Fría. Aquí la democracia sería perfeccionada principalmente en el bloque de algunos países del mundo capitalista. La tercera ola de Huntington comienza en 1974 hasta finales de la Guerra Fría. En nuestros días se habla también de una “cuarta ola” que comienza con la denominada “Primavera Árabe”. Cabe aclarar que esta división trazada por Huntington obedece a una definición mínima de la democracia, similar a la elaborada por el economista austriaco Joseph A. Schumpeter, esto es, como un proceso de elección limpias y periódicas, que implica una competencia por los puestos políticos por parte de aquellos que quieren asumir los cargos públicos. Huntington deja de lado cualquier consideración teleológica en relación a la democracia, en otras palabras, deja de lado la democracia material. La democracia formal es aquella que se fundamenta en el respeto de reglas y procedimientos, mientras que la democracia material o sustancial se enfoca en los resultados de tales procedimientos formales.

Regresemos al tema de la trayectoria de la democracia en la historia occidental. Quisiera detenerme en las primeras décadas del siglo XX. Como nos recuerda el historiador británico Mark Mazower, antes de la Primera Guerra Mundial sólo existían en Europa tres repúblicas y cuando concluyó la guerra en 1918, existían trece. El final de la guerra significó un cambio profundo en la geopolítica europea, ya que desaparecieron cuatro imperios. El Imperio ruso fue reemplazado por la dictadura bolchevique, el Imperio turco se transformó en una república bajo la dominante figura de Kemal Atatürk, Austria-Hungría se desintegró dando origen a diversos estados independientes, y el Segundo Reich se desintegró y fue sustituido por la república de Weimar. En cuanto a los nuevos estados tenemos los siguientes: Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Austria y Yugoslavia. La sensación del momento era que la democracia finalmente se había impuesto sobre la autocracia germana y, en general, sobre el imperialismo que había sido el gran culpable del desencadenamiento de la guerra. En 1917 el sociólogo y psicólogo estadounidense, George Herbert Mead (1863-1931), daba a entender que la guerra de 1914, que había comenzado como una ofensiva imperial y comercial por parte de Austria y Alemania, se había transformado en una contienda entre la democracia y la autocracia. Mead, al igual que el presidente Woodrow Wilson, depositaban una enorme confianza en el sistema democrático. Escribía Mead:

El presupuesto real de la democracia dentro de la sociedad de una nación y de la sociedad de diversas naciones es que siempre hay un interés social común en el cual puede encontrarse la solución a las contiendas sociales. Al otorgar poder político a todos los grupos e individuos, las instituciones democráticas reconocen este presupuesto en la confianza de que, a partir de la lucha política de los objetivos e intereses en conflicto, ha de surgir finalmente el interés común para exigirles fidelidad a todos[1].

Lo anterior no constituía una novedad. Immanuel Kant (1724-1804) se había referido a la necesidad de una federación de la paz entre Estados libres como medio para poner fin a las guerras para siempre. Por su parte, el filósofo alemán Karl Löwith (1897-1973), quien se formó con Edmund Husserl y Martin Heidegger y quien, por lo demás, participó en la guerra retrató la atmósfera que imperaba tras el final de la guerra;

La guerra europea de 1914 a 1918 no acabó con la autocrítica, pero sí con el ambiente de fin de siglo, puesto que no sólo significó el fin de un siglo, sino también de toda una época. En medio de toda la desgracia y la destrucción dio a los mejores la esperanza de que precisamente esta desgracia común hiciera también surgir un nuevo bien común: un orden europeo mediante el cual el concepto vaciado de Europa pudiera revivir de nuevo, aunque inicialmente sólo fuera entre individuos aislados que conformaran la conciencia de Europa constituyendo algo así como una comunidad secreta[2].

Ese mismo presupuesto democrático, continúa explicando el filósofo, se aplicaba en la relación entre naciones, de manera que no existirían “conflictos irreconciliables entre los pueblos si tan sólo existe una oportunidad apropiada para acercar estos intereses antagónicos entre sí en un contacto deliberativo, respaldado por una opinión pública que imponga una reflexión exhaustiva de las preguntas antes de recurrir a la fuerza[3]. La democracia tendría una suerte de función terapéutica,  en el sentido de que la guerra podía ser efectivamente erradicada por medio de la adopciónde los principios democráticos. El novelista alemán Thomas Mann (1875-1955), en su estadía en los Estados Unidos (1938-1952), insistió en la importancia de fortalecer y expandir la democracia, e intentó ganar apoyo para que Estados Unidos ingresara a la guerra para derrotar a su país que se encontraba bajo el régimen nacionalsocialista. Igual opinión tenía el presidente estadounidense Woodrow Wilson (1856-1924). El mismo nombre de Wilson dio origen a un enfoque de política exterior denominado “Wilsonismo”, caracterizado por su pensamiento político y sus ideas plasmadas en sus “Catorce Puntos”. Los pilares de esta ideología era la promoción de la libre determinación de los pueblos, la promoción y propagación de la democracia y la lucha contra la política aislacionista que Estados Unidos quebró para ingresar a la guerra en 1917, adoptándola nuevamente al finalizar el conflicto. El hecho es que la entrada de Estados Unidos marcaría un punto de quiebre en el desarrollo de la guerra ya que, como explicaba el periodista alemán Sebastian Haffner (1907-1999), la entrada de Estados Unidos no sólo contribuyó a que la balanza de poder se inclinase gradualmente a favor de Francia e Inglaterra, sino que tambiénlos términos de la paz a finales de la guerra serían distintos. El Presidente estadounidense ingresó a la guerra con un discurso que vanagloriaba la democracia y culpaba a las autocracias por perturbar la paz y por amenazar la libertad. Por su parte el influyente político estadounidense Henry Kissinger escribió:

La entrada de los Estados Unidos a la guerra hizo técnicamente posible la victoria total, pero lo hizo con unos objetivos que tenían muy poca relación con el orden mundial que Europa había conocido durante unos tres siglos y por el cual, supuestamente, había ido a la guerra. Los Estados Unidos desdeñaron el concepto de equilibrio del poder, y consideraron inmoral la práctica de la Realpolitik. Las normas norteamericanas para el orden internacional eran la democracia, la seguridad colectiva y la autodeterminación, ninguna de las cuales se había encontrado en acuerdo europeo alguno”[4].

Continúa explicando Kissinger que los Estados Unidos veníana establecer una ruptura con los preceptos y experiencias del Viejo Mundo.  La idea wilsoniana del orden mundial se fundamentaba en una fe en la naturaleza pacífica del ser humano y de una subyacente armonía del mundo, de donde se colegía que “las naciones democráticas, por definición, eran pacíficas; los pueblos a los que se otorgara la autodeterminación ya no tendrían razón alguna para ir a la guerra o para oprimir a otros. Y una vez que todos los pueblos hubiesen probado los beneficios de la paz y la democracia, sin duda se levantarían como uno solo para defender sus logros[5]. La Primera Guerra Mundial fue, para Wilson, una lucha contra el poder egoísta y autócrata representado por el Segundo Reich de Guillermo II, Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff. En ese contexto, Wilson consideraba inviable la postura neutral frente a los acontecimientos ocurridos en Europa, y era misión de los Estados Unidos asegurar la democracia, la paz y la libertad de los pueblos. Esta visión del conflicto y el papel de Estados Unidos se entiende si se tiene en consideración los pilares de la doctrina Wilson, tal como la sintetiza Henry Kissinger[6]:

-La misión especial de los Estados Unidos trasciende la diplomacia cotidiana, y los obliga a servir como faro de libertad para el resto de la humanidad.

-La política exterior de las democracias es moralmente superior porque el pueblo es, en esencia, amante de la paz.

-La política exterior debe reflejar las mismas normas morales que la ética personal.

-El Estado no tiene derecho a arrogarse una moral especial.

Con Wilson, la democracia se transforma en un emblema en nombre del cual se llevaría a cabo una verdadera cruzada ideológica que consistía en promover y expandir el sistema democrático como forma de evitar futuros conflictos entre naciones. De acuerdo a Kissinger, lo inédito del wilsonismo es que fundamentaba sus pretensiones de liderazgo en el altruismo. Este wilsonismo también introdujo algunos conceptos nuevos como el de “comunidad de poder” que vendría a reemplazar al “equilibrio de poder”. Este concepto de “comunidad de poder” es lo que posteriormente se conocería como seguridad colectiva.

Tenemos, pues, que la democracia se transformaría en la meta que todo Estado civilizado debía alcanzar y fue Estados Unidos el protagonista en esta verdadera empresa ideológica a favor de la democracia. La pregunta que inmediatamente debemos plantearnos es: ¿hasta qué punto estaba preparada Europa o la mentalidad europea para abrazar los ideales de la democracia? Ya volveré sobre esta pregunta. El hecho es que la democracia comenzó a estar en boca de todos y la atmósfera que predominaba en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial se veían reflejadas en las palabras del jurista e historiador británico James Bryce quien, en su estudio sobre la democracia de 1921, hablaba de la aceptación universal de la democracia como la forma “normal” y “natural” de gobierno. Incluso, en el futuro, las guerras se declararían en nombre de la democracia, transformándose así este régimen de gobierno en un fin universal deseable en sí mismo, que puede ser aplicado desde países como Noruega hasta Irak.

Mark Mazower destaca también otro fenómeno propio de los años posteriores al final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) que fue la creación de constituciones democráticas, tal como sucedió en el caso de Polonia, Alemania, los Estados Bálticos, Checoslovaquia, entre otros países. La mayor parte de estas constituciones eran de carácter democrático, nacional y republicano. Estas nuevas constituciones también expresaban una desconfianza hacia la autoridad del poder ejecutivo, lo que se tradujo en el predominio del parlamentarismo y la adopción de la representación proporcional. En palabras de Mazower:

En donde las nuevas constituciones se apartaron tajante y más polémicamente de los valores liberales del siglo XIX fue en su ampliación de los derechos desde las libertades políticas y civiles a los sectores de la sanidad, la asistencia, la familia y la seguridad social. En las disposiciones constitucionales se fijaron los objetivos de la política social…no sólo en países como Alemania y Austria, en donde llegaron al poder los socialdemócratas tras el final de la guerra, sino incluso en Rumania, con su expresión de los «derechos del hombre» y en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, que mencionaba la reforma agraria y la necesidad de una legislación social y económica. La Constitución española declaraba que el país era «una República democrática de trabajadores de todas clases» y que la propiedad podría ser «objeto de expropiación por razones de utilidad social»”[7].

Regresemos a la pregunta anteriormente planteada acerca de si Europa estaba preparada o no para adoptar y preservar en el tiempo el sistema democrático. La respuesta es que el viejo continente no pasó la prueba y pronto los diversos países comenzaron a adoptar regímenes autoritarios. Tal como afirma Mazower, las raíces de la democracia en la tradición política europea eran superficiales, y fue esto lo que, en parte, explica la razón por la cual fue tan fácil el establecimiento progresivo en Europa de regímenes antiliberales. El parlamentarismo y el sistema de representación comenzó a ser visto con desdén, así como ineficaz, debido a las eternas discusiones que no llegaban a buen puerto. Al respecto escribe Mazower:

Los partidos políticos…fueron frecuentemente acusados de actuar como intermediarios de intereses parciales en vez de velar por el conjunto del país. Un teórico conservador germano hablo del «egoísmo» de los partidos políticos y consideró su influencia como el «síntoma de una enfermedad» y de «una degeneración»”[8].

El filósofo jurídico Carl Schmitt (1888-1985) escribió sobre el sistema parlamentario:

[...] los fallos y errores más evidentes del funcionamiento parlamentario [son]: el dominio de los partidos y su inadecuada política de personalidades, el «gobierno de aficionados», las permanentes crisis gubernamentales, la inutilidad y banalidad de los discursos parlamentarios, el nivel, cada vez más bajo, de los buenos modales parlamentarios, los destructivos métodos de obstrucción parlamentaria, el abuso de la inmunidad y privilegios parlamentarios [...], la indigna práctica de las dietas y la escasa asistencia a las sesiones [...], la obligatoriedad de la disciplina del voto dentro de cada grupo parlamentario se ha convertido en un instrumento imprescindible y el denominado principio representativo pierde su sentido, así como que la verdadera actividad no se desarrolla en los debates públicos del pleno sino en comisiones (y ni siquiera necesariamente en comisiones parlamentarias) tomándose las decisiones importantes en reuniones secretas de los jefes de los grupos parlamentarios; así se origina la derivación y supresión de todas las responsabilidades, con lo que el sistema parlamentario resulta ser, al fin, sólo una mala fachada del dominio de los partidos y de los intereses económicos[9].

De acuerdo a Schmitt, el parlamentarismo había perdido sus raíces morales e intelectuales, manteniéndose solamente como un aparato vacío incapaz de poseer una facultad real de formar una elite política. En Alemania, el constante enfrentamiento entre partidos llamó también la atención de personalidades como Hans Kelsen (1881-1973) y Sigmund Neumann (1904-1962), quienes se percataron de cómo el parlamentarismo entraba en crisis y de qué manera el Jefe del Reich se iba imponiendo al Reichstag. Carl Schmitt promovió el estado de excepción y la idea de un presidente fuerte, como garante y defensor de la Constitución. Pero el parlamentarismo no fue el único blanco de críticas, ya que la democracia liberal fue igualmente atacada por conservadores, comunistas, fascistas y nacionalistas. Sobre el clima ideológico explica Mazower:

Credos antiliberales y antidemocráticos habían ganado terreno desde el último cuarto del siglo XIX. Tras la Gran Guerra, se difundieron rápidamente a través de un «evangelio de la violencia», más visible en el movimiento fascista pero común a muchos miembros de lo que luego un historiador alemán llamaría «la generación de 1914». Formados en la contienda, los ideólogos extremistas preferían la violencia a la razón, la acción a la retórica: desde Marinetti a Ernst Jünger, muchos jóvenes varones europeos de los años veinte parecían dispuestos a justificar e incluso a postular la política del enfrentamiento…La violencia obsesionaba a los pintores, desde los expresionistas a los surrealistas[10].

Nietzsche (1844-1900) experimentó en persona la guerra franco-prusiana y concibió la guerra como el ingreso del espíritu dionisíaco en el mundo que viene a renovarlo todo. Como escribió Rüdiger Safranski en su biografía: “…según Nietzsche, es necesario para la conservación de la vida de la cultura que periódicamente salga a la luz su fértil subsuelo y, como la lava de un volcán, renueve la tierra para una mayor fertilidad en la medida de lo posible. Así entiende Nietzsche el poder culturalmente creador del «genio militar»[11].

En Alemania, otro irracionalista y voluntarista, Adolf Hitler (1889-1945), acusaba a los demócratas de estar más preocupados de salvar la democracia, incluso si eso significaba que Alemania tuviese que sucumbir. Hitler, así como muchos europeos, lanzaban sus invectivas a la democracia por su carácter burguesa, materialista y por ser incapaz de despertar la simpatía entre las masas. En palabras de Mazower:

Jóvenes intelectuales como Emil Cioran y Mircea Eliade saludaron el asalto de Hitler al «racionalismo democrático» y la energía del totalitarismo mesiánico y espiritual. Frente a la glorificación del individuo egoísta por parte del liberalismo, exaltaban el espíritu de abnegación, obediencia y deber comunitario…No eran sólo los antidemócratas declarados quienes consideraban estéril y desgastada la democracia. Robert Musil, autor de El hombre sin atributos, afirmó: «no combato contra el fascismo, sino por el futuro de la democracia y por consiguiente también contra la democracia.» H. G. Wells a premió a los estudiantes de los cursos de verano de Oxford a transformarse en «fascistas liberales» y en «nazis ilustrados» que competían en su entusiasmo y abnegación con los ardientes defensores de la dictadura…El liberalismo parecía demasiado individualista para atender las demandas de una época más colectivista[12].

No olvidemos que uno de los filósofos más influyentes del siglo XX y el siglo XXI, Martin Heidegger (1889-1976), abrazó el advenimiento del nacionalsocialismo de Hitler, ocupando en 1933 ni más ni menos que el puesto de rector en la Universidad de Friburgo. No hay que menospreciar las múltiples influencias que ejerció la filosofía de Nietzsche  para quien la democracia se oponía a la vida misma. Es más, para Nietzsche la democraciaera un heredera del cristianismo, pero sin un Dios, y promovía mediocres ideales como la igualdad de las personas, en lugar de promover la producción de individuos poderosos. Sobre este tema Bertrand Russell escribió las siguientes palabras:

La finalidad que deben perseguir los hombres de Estado, según la conciben casi todos los irracionalistas a partir de los cuales se ha desarrollado el fascismo, fue claramente establecida por Nietzsche. En oposición consciente al Cristianismo, así como al utilitarismo, Nietzsche rechaza las doctrinas de Bentham en lo tocante a la felicidad y al «mayor número» . «La humanidad – dice – es mucho más un medio que un fin…La humanidad no es más que el material experimental». La finalidad que propone es la grandeza de individuos excepcionales[13].

 

[1] George H. Mead, Escritos políticos y filosóficos (Argentina: FCE, 2009), 66.

[2] Karl Löwith, El hombre en el centro de la historia. Balance filosófico del siglo XX (España: Editorial Herder, 1998), 60.

[3] George H. Mead, op. cit., 66-67.

[4] Henry Kissinger, La diplomacia (México: FCE, 2000), 217.

[5] Ibid., 218.

[6] Ibid., 40.

[7] Mark Mazower, La Europa negra. Desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo (España: Ediciones B, 2001), 23.

[8] Ibid., 33.

[9] Carl Schmitt, Sobre el parlamentarismo, (Madrid: Tecnos, 1990), 12.  

[10] Mark Mazower, op. cit., 37.

[11] Rüdiger Safranski, Nietzsche, biografíaa de su pensamiento (España: Tusquets Editores, 2002), 72.

[12] Ibid., 38.

[13] Bertrand Russell, Elogio de la ociosidad (España: Edhasa, 2004), 95.