Las Elites en el poder: partidos políticos, democracia y los “tres grandes” (2) (por Jan Doxrud)

Las Elites en el poder: partidos políticos, democracia y los “tres grandes” (2) (por Jan Doxrud)

La democracia asambleísta, popular y directa era una quimera, por lo que la única democracia factible sería la representativa y, como señalaba Michels, no se podía concebir la democracia sin organización (por ende, jerarquización y elitismo). A esto añadía que la organización implicaba necesariamente una tendencia a la oligarquía. En palabras de Michels:

En toda organización, ya sea de partido político, de gremio profesional u otra asociación de este tipo, se manifiesta la tendencia aristocrática con toda claridad. El mecanismo de la organización, al conferirle solidez de estructura, induce algunos cambios importantes en la masa organizada,  e invierte completamente la posición respectiva de los conductores y los conducidos. Como consecuencia de la organización, todos los partidos o los gremios profesionales llegan a dividirse en una minoría de directivos y una mayoría de dirigidos[1].

Tenemos también que dentro de los mismos partidos políticos se genera un fuerte proceso de jerarquización, partiendo desde los fundadores, dirigentes históricos, hasta llegar a los mandos medios y las bases. Esto, a su vez, va acompañado de una diferenciación de órganos y funciones, así como un cada vez mayor grado de especialización que requieren los integrantes del partido para el desempeño de sus funciones, lo que a la larga da origen a una burocracia jerárquica y rigurosamente definida. Otro aspecto a destacar es la escisión del partido respecto al control democrático o control de las masas, las cuales tendrán que contentarse con breves informes esporádicos. En síntesis, escribe Michels:

Es innegable que la tendencia oligárquica y burocrática de la organización partidaria es una necesidad técnica y práctica: producto inevitable del propio principio de organización.  Ni siquiera el sector más progresista de los partidos socialistas deja oír objeción alguna esta evolución retrógrada, y el asunto estriba en que la democracia es sólo una forma de organización y en que, cuando deja de ser posible armonizar la democracia y la organización, es preferible abandonar aquella y no esta[2].

El partido moderno es, de acuerdo a Michels, una organización de lucha en el sentido político del término. Como partido de lucha necesita entonces de una organización y una estructura de mando, es decir, de una jerarquía. Para agilizar la toma de decisiones el partido requerirá de un cierto grado de cesarismo, de manera que los asuntos de relevancia son escasamente sometidos al debate público. De acuerdo al autor, la democracia es incompatible con la rapidez estratégica, y resulta ser más bien un obstáculo para los rápidos despliegues de las campañas políticas. Así, podemos apreciar que dentro del régimen democrático operan partidos cuya forma de operar es no democrática: “En un partido, y sobre todo en un partido de lucha política, la democracia no es para el consumo interno, sino un artículo de exportación[3].

El sociólogo y jurista francés Maurice Duverger (1917-2014) también opinaba que todo gobierno era necesariamente oligárquico y la democracia vendría a ser no el “gobierno del pueblo”, sino que el gobierno del pueblo por medio de una elite que emergía desde el pueblo.

¿Constituyen las elites un bloque único e indiferenciado que se mantienen eternamente en el poder? En el primer artículo respondí que no, es decir, que existen pluralidad de elites y que estas no poseen la capacidad de mantenerse a perpetuidad en el poder. Con el tiempo hubo ciertos cambio en el estudio de las elites, por ejemplo, se cuestionó la homogeneidad y estabilidad de estas mismas, por lo que se comenzó a hablar de la pluralidad de las elites. Cabe añadir que Pareto ya había hablado de la “circulación de las elitesy se refería a la historia como un “cementerio de aristocracias”, queriendo dar a entender que las elites y la aristocracias no eran eternas debido a la calidad (moral e intelectual)  de estas mismas, así como al cambio en las reglas del juego político que contribuyeron a que llegaran al poder. Igualmente Pareto establecía una clara distinción entre la elite selecta de gobierno, que ejercía el poder, la elite selecta que no era de gobierno, y el resto de las personas o la “no-elite”, que carecía de poder de injerencia en las esferas del poder, siempre y cuando esta se mantuviese pasiva e ignorante. Frente a cualquier amenaza, la elite podía tomar una serie de medidas que iban desde el asesinato, el ostracismo, hasta la integración del elemento amenazante a elite misma. El cientista político Robert Dahl (1915-2014) explicaba que los discursos legitimadores construidos por la elites ya no eran aceptados acríticamente por las personas que no pertenecían a esta. En palabras del autor:

Debido al rechazo, abierto o disimulado, de miembros de los grupos subordinados a la ideología de la elite, un cambio de condiciones, ya sea de ideas, creencias, estructuras o generaciones, entre otras, ofrece a los grupos subordinados nuevas oportunidades para expresar sus quejas[4].

 A esto añadía:

Con el surgimiento de estas nuevas oportunidades y conducidas por la rabia, el resentimiento, una sensación de injusticia, la posibilidad de mayores oportunidades individuales o grupales, la lealtad al grupo, o demás motivos, algunos miembros de los grupos subordinados comienzan a insistir en el cambio por cualquier medio disponible[5].

De acuerdo a esto, Dahl señala que los miembros de la elite eligen apoyar las demandas de los estratos subordinados por diferentes motivos: convicción moral, compasión, oportunismo o miedo a las consecuencias producto de no acceder a las demandas de estos estratos. Esto tiene como efecto el que los estratos subordinados comiencen a obtener ganancias en términos de poder, influencia, posición social, ingresos, educación etc. Por su parte, Giovanni Sartori desecha la supuesta ley de hierro de las oligarquías de Michels y, por ende, su opinión de que democracia conduce siempre a la oligarquía.  Escribe el académico italiano:

Michels ilustra a la perfección cómo se puede ir buscando la democracia sin encontrarla nunca. Toda esta gente que denuncia las democracias occidentales como falsas democracias después no sabe explicar cómo es que nuestras «falsificaciones» son en cualquier caso distintas, mejor dicho, totalmente distintas, de las no-democracias. Y no saben explicarlo porque nunca han entendido cómo se produce la democracia[6].

Sartori a la democracia procedimental de Joseph A. Schumpeter, entendida como una competencia por el poder político que se dirige al elector-consumidor, al cual le promete una serie de ventajas y beneficios. Si bien esta no es una definición suficiente, sí logra dar cuenta cómo la oligarquía y sus intereses son bloqueados.

Tenemos entonces que las elites son plurales y compiten por el poder, y a esto hay que añadir que las elites trascienden el ámbito propiamente político, ya que también se extienden hacia otros ámbitos de la sociedad, tal como lo explicó sociólogo marxista Charles Wright Mills. De acuerdo a Mills, quien realizó un estudio sobre las elites de Estados Unidos, la minoría que ocupaba los puestos de mando podía ser considerada como aquella que poseía poder, riqueza y fama, y los individuos que la componían pertenecían al estrato superior de la sociedad capitalista. Los poderosos son aquellos que pueden realizar su voluntad aunque los otros le opongan resistencia, de manera que para ser poderoso hay que tener acceso a aquellas instituciones que operan como un medio para ejercer el poder. En palabras de Mills:

“…la minoría está simplemente formada por los que tienen el máximo de lo que puede tenerse, que generalmente se considera que comprende el dinero, poder y el prestigio, así como todos los modos de vida a que conducen esas cosas. Pero la minoría no está formada simplemente por los que tienen el máximo, porque no «tendrían el máximo» si no fiera por sus posiciones en las grandes instituciones. Pues esas instituciones son las bases necesarias del poder, la riqueza y el prestigio, y al mismo tiempo los medios principales de ejercer el poder, de adquirir y conservar riqueza y de sustentar las mayores pretensiones de prestigios[7].

Estas personas pertenecientes a los altos círculos forman parte de una serie de grupos de individuos que se conocen y relacionan entre sí tanto en la vida social como en los negocios, por lo que las elites tendrían una concienciamás o menos clara de sí mismos como clase social. Lo medular es que esta minoría poderosa tiene a su mando las jerarquías y organizaciones más relevantes de la sociedad moderna. Ahora bien, es preciso aclarar que el sociólogo estadounidense no aboga por una teoría de las elites que tenga como objetivo el presentarlas como omnipotentes, como una clase estrictamente coordinada que moldea los acontecimientos históricos en todas las épocas de la historia de la humanidad. No es intención de Mills desarrollar una filosofía de la historia, ya que la historia no tiene sentido debido a que no obedece a ningún plan determinado. Mills tampoco se muestra de acuerdo con la denominada “teoría de equilibrio” en virtud de la cual el gobierno se presenta como una máquina automática regulada por el equilibrio de intereses en competencia. De acuerdo al autor, decir que los intereses están en equilibrio equivale a calificar el statu quo como satisfactorio e incluso bueno, de manera que en realidad tal equilibrio se logra a costa de un equilibrio injusto para otros, y cualquier grupo inferior que se muestre en desacuerdo con el equilibrio será rotulado como un elemento desestabilizados de la armonía. Por lo demás, señala Mills, la idea de que el sistema de poder es una sociedad en equilibrio supone que las unidades que se equilibran son independientes entre sí, pero resulta que tal no es el caso, de manera que si estos no son independientes unos de otros, entonces no podemos concebirlos como elementos de un equilibrio libre y abierto. En resumen, explica el sociólogo:

La idea de que el poder es una sociedad en equilibrio nos induce a dar por hecho que el Estado es la máscara visible de poderes autónomos, pero, de hecho, los poderes decisivos están firmemente entretejidos en el Estado. La vieja camarilla, visible o invisible, es ahora el gobierno visible…La burocracia ejecutiva se convierte no sólo en el centro del poder sino también en el campo en cuyos límites se resuelven o rechazan todos los conflictos de poderes. La administración sustituye a la política electoral; la maniobra de las camarillas sustituye la oposición de los partidos[8].

Central Intelligence Agency, Banco de Inversiones JP Morgan y el Kremlin (centro del poder político en Rusia)

Central Intelligence Agency, Banco de Inversiones JP Morgan y el Kremlin (centro del poder político en Rusia)

Los verdaderos centros de poder son lo que Mills denomina como los “tres grandes que, en el caso de la nación estadounidense, son aquellas instituciones que concentran el máximo poder nacional: el dominio económico, político y militar. Las demás instituciones se encuentran subordinadas a estos tres grandes. Al respecto escribe Mills:

 Ninguna familia es tan directamente poderosa en los asuntos nacionales como cualquier compañía anónima importante; ninguna iglesia es tan directamente poderosa en las biografías externas de los jóvenes norteamericanos como la institución militar; ninguna universidad es tan poderosa en la dirección de los grandes acontecimientos como el Consejo Nacional de Seguridad[9].

De acuerdo a Mills, las instituciones religiosas, familiares y educativas no constituyen centros autónomos de poder nacional, ya que cada una de estas se encuentran moldeadas por los tres grandes. Por ejemplo, el sociólogo señala que la iglesia proporciona capellanes al ejército para aumentar la eficacia de la moral para matar y los centros educativos seleccionan y preparan personas para que en un futuro puedan desenvolverse en las empresas de negocio y en las fuerzas armadas. Estos tres grandes se encuentran interconectados entre sí, lo que se traduce en que las decisiones que se toman en uno de esos dominios repercute en los otros dos:

La médula interna de la elite de poder se compone, primero, de los que intercambian los puestos dirigentes en la cima de uno de los sectores dominantes con los de otro: el almirante que es a la vez banquero y abogado y que encabeza una importante comisión federal; el presidente de una corporación cuya compañía fue una de los dos o tres primeros productores de material de guerra y que es ahora secretario de la Defensa; el general combatiente que se viste de civil para formar parte del directorio político, y luego pasa a ser miembro del consejo de la administración de una de las principales corporaciones económicas[10].

Añade Mills que en el pináculo de cada uno de estos tres dominios se han formado círculos superiores que constituyen las elites económica, política y militar. Así, en la cumbre de la economía se encuentran los ricos pertenecientes a las grandes corporaciones, los grandes accionistas y altos jefes ejecutivos; en la cumbre del orden político están situados los individuos del directorio político, y en cuanto al dominio militar, tenemos a los soldados agrupados en el Estado Mayor, al cual podemos añadir las cúpulas directivas del FBI (Federal Bureau of Investigación) y la CIA (Central Intelligence Agency).

En el siglo XXI, dos académicos, Benjamin I. Page y Martin Gilens, publicaron un artículo[11] donde afirman que en Estados Unidos la mayoría no gobierna, ya que cuando una mayoría de ciudadanos están en desacuerdo con las elites económicas o grupos de interés organizados, el resultado es que los primeros pierden. En otras palabras, en Estados unidos efectivamente existen elección regulares, libertad de expresión y asociación, pero en lo que respecta a la elaboración de políticas, el peso de las elites se hace sentir más que el de los ciudadanos. Los autores señalan algunos ejemplo, como el caso de los presidentes George W. Bush y Barack Obama – y la Fed – y su respuesta a la crisis financiera en donde las instituciones financieras fueron rescatadas a costa del dinero de los contribuyentes bajo el eslogan “too big to fail” o “too interconnected to fail”. Por ejemplo, los rescates de AIG, Freddy Mac, Fannie Mae, Bear Stearn, no fueron decisiones que fueron fruto del resultadodel debate público, ya que no había tiempo para discusiones, de manera que estas tuvieron que ser efectuadas por una pequeña camarilla integrada, entre otros, por Henry Paulson Jr. y Ben Bernanke.

  

Fin parte 2

 

[1] Ibid., 79-80.

[2] Ibid., 82.

[3] Ibid., 89.

[4] Robert A. Dahl, La igualdad política (Argentina: FCE, 2008), 39.

[5] Ibid.

[6] Giovanni Sartor, La democracia en 30 lecciones (Argentina: Tauris, 2009), 51.

[7] C. Wright Mills, La élite del poder (México: FCE,2013), 26.

[8] Ibid., 310.

[9] Ibid., 22.

[10] Ibid., 333.

[11] Martin I Gilens and Benjamin Page, Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups and Average Citizens (artículo en línea: https://scholar.princeton.edu/sites/default/files/mgilens/files/gilens_and_page_2014_-testing_theories_of_american_politics.doc.pdf)