Pierre Bourdieu: de la nobleza de naturaleza a la nobleza de Estado (2) (por Jan Doxrud)

 Pierre Bourdieu: de la nobleza de naturaleza a la nobleza  de  Estado (2) (por Jan Doxrud)

Para Bourdieu la invención de la inspección estatal es fundamental. El sistema de contribuciones supone a su vez la contabilidad, la comprobación, el archivo, arbitraje, resolución de discrepancias y técnicas de evaluación de bienes, es decir, la inspección. También se gesta el vínculo de la ya mencionada estadística y el Estado, ya que este último demanda el conocimiento racional del mundo social. En cuanto al tema de la institucionalización del impuesto, Bourdieu opina que la experiencia de pertenecer a una unidad territorial determinada está vinculada con fuerza a la experiencia del impuesto. En palabras del sociólogo: “Nos descubrimos como sujetos al descubrirnos como imponibles, como contribuyentes[1]. Esta violencia física necesaria e íntimamente conectada con la recaudación de impuestos se enmascara como violencia simbólica:

La burocracia no hace sólo archivos, inventa también discursos de legitimación: hacen falta impuestos para hacer la guerra: la guerra nos concierne a todos, hay que defenderse del enemigo extranjero. Después se pasa de impuestos recaudados en situación de guerra a impuestos recaudados ininterrumpidamente para la defensa nacional; se pasa de lo discontinuo a lo continuo, lo que supone un trabajo de construcción simbólica muy importante. La construcción del Estado es en gran parte una invención mental[2].

Bourdieu añade que la metáfora del sociólogo Norbert Elias – que examinaremos a continuación –  que presenta al Estado como un chantajista legítimo es, en realidad, más que una metáfora. Pero de lo que se trata es de legitimar el impuesto enmascararlo como algo legítimo y para ello se hace necesario que la autoridad simbólica del que manda sea reconocida como tal, y que la extorsión sea así vista como legítima.

Vamos resumiendo lo dicho hasta el momento con Bourdieu. El autor explica dos dimensiones del proceso de concentración por parte del Estado dinástico. En primer lugar está la concentración del poder físico y militar, así como el de la policía. En segundo lugar mencionamos la concentración del capital económico por medio de la institución del monopolio del impuesto. Para Bourdieu ambas concentraciones tenían previamente una concentración de capital simbólico, siendo este último su fundamento, tal como sucedió con el sistema de impuestos que fue acompañado de un trabajo de legitimación y justificación. Prosigue explicandola unificación del mercado jurídico, es decir, el gradual declive de la multiplicidad de derechos existentes: jurisdicciones eclesiásticas, tribunales religiosos, jurisdicciones laicas, justicia de lo señores, justicia de las ciudades, justicia de las corporaciones, etc. Esta situación va cambiando con el tiempo y Bourdieu, apoyándose en los estudios del historiador francés Marc Bloch (1886-1944), explica que la justicia real se fue infiltrando en la sociedad y que esta penetración de la justicia real no habría comenzado antes del siglo XII. Este proceso culmina con la formación de un monopolio real del poder judicial en relación con el de los señores, lo que a la larga se traduce en que el poder real se apodera de los casos señoriales y eclesiásticos a través de la “teoría de la apelación” desarrollada por los juristas. Fueron precisamente estos juristas los que habrían tenido un interés por unificar el mercado jurídico ya que es “su” mercado. Como explica el autor, para comprender la aparición de instituciones universales tales como el Estado o la justicia, se puede suponer que existe un interés en lo universal, un interés particular en hacer avanzar lo universal como fue el caso de los juristas quienes tenían “interés en la unificación del derecho, como productores de tratados de derecho, como vendedores de servicios jurídicos; en este sentido, eran funcionarios, soldados entregados a lo universal[3].

El autor nos brinda el ejemplo del desarrollo de la teoría de la apelación por parte de los juristas en virtud de la cual se admite que toda sentencia emitida por un señor justiciero puede ser recurrida ante el rey por la parte perjudicada, siempre que la sentencia sea contraria a las costumbres del país. De esa, manera los juristas insisten en el hecho de que los tribunales feudales ya no son soberanos. Por medio de este procedimiento conocido como “procedimiento de súplica”, “se transforma poco a poco en apelación que somete al rey todas las jurisdicciones del reino; poco a poco, los jueces feudales, desaparecen para dejar sitio a los juristas profesionales, los oficiales de justicia…Se constituye un espacio unificado y jerarquizado, que no se puede recorrer en cualquier sentido indistintamente[4]. A esto añade Bourdieu:

Los tres estamentos en Francia: clero, nobleza y el tercer estado

Los tres estamentos en Francia: clero, nobleza y el tercer estado

La realeza se apoya en los intereses específicos de los juristas que crean al momento todo tipo de teorías legitimadoras según las cuales el rey representa el interés común y debe a todos seguridad y justicia; los juristas desarrollan teorías legitimadoras con la que el rey restringe la competencia de las jurisdicciones feudales y la subordina[5].

Tenemos entonces la formación de un campo unificado, jerarquizado, codificado, homogenizado y estandarizado, con una serie de funcionarios que se van especializando en distintas tareas dentro del aparato burocrático. Pasemos ahora a examinar la concentración del capital cultural, o mejor dicho, capital informacional, término más general que incluye al capital cultural. Para Bourdieu el nacimiento y desarrollo del Estado es inseparable de una acumulación inmensa de capital informacional: servicios secretos, inventarios de sargentos, la entrega de diplomas, genealogía, mapas. Todos estos representan, en distinta medida, el “punto de vista superior”, haciendo así del Estado un unificador teórico o un totalizador del mundo social. En este ámbito, la escritura juega un rol preponderante en cuanto a que constituye un instrumento de objetivación y acumulación, es el instrumento de totalización estatal por excelencia y de acumulación cognitiva.

A pesar de ser mayoría, el Tercer Estado no tenía peso político alguno

A pesar de ser mayoría, el Tercer Estado no tenía peso político alguno

Regresemos a la mencionada cultura. Esta también comienza a ser monopolizada por el monarca, por ejemplo tenemos el caso que presenta Bourdieu en donde Luis XIV de Francia detiene al gran mecenas Nicolás Fouquet, tomando a su servicio a aquellos artistas que el mecenas tenía bajo su protección. Ahora bien, Bourdieu señala que este es un monopolio raro, ya que es uno de gasto a fondo perdido. Pero a continuación el sociólogo explica que una de las propiedades de la economía de la cultura es que no es económica en el sentido restringido del término. Sucede que la inversión económica se encuentra en el plano simbólico ya que, de no ser así, no habrían gastos en cultura. Continúa explicando el sociólogo francés:

“Paradójicamente, el Estado se asegura el monopolio de estos gastos, lo que parecería contradictorio si no se viera que la concentración de estos gastos es inseparable de la concentraciónde los beneficios de la lógica cultural y de los réditos simbólicos con los que se pagan los gastos a fondo perdido, porque los actos llevados a cabo transgrediendo la ley del interés económico recompensan de modo simbólico a todas las sociedades. Por tanto, el Estado concentra la cultura y habría que recordar hasta ahora el tema de la unificación de las estructuras mentales, el hecho de que el Estado se apropie de las estructuras mentales, que produce un habitus mental unificado cuya génesis y, al mismo tiempo, cuya estructura controla[6].

Junto a esta expansión del Estado comienza a surgir una nueva nobleza, en dondela “nobleza de naturaleza”, basada en la herencia y el reconocimiento público, es sustituida por la ya mencionada “nobleza del Estado”. Esta nobleza del Estado es fruto de la concentración del capital simbólico por parte del Estado que desemboca en el “poder de nombramiento”, esto es, el poder de conceder nombramientos, títulos escolares, Legión de Honor, títulos de nobleza burocrática, títulos académicos, etc. Bourdieu rastrea el inicio de este cambio ya en la época de Felipe el Hermoso, cuando comenzó a investir a plebeyos, lo cual representaba un nuevo poder del rey que consistía en el poder de crear nobles, lo que tenía como consecuencia la sustitución del honor estatutario por los honores concedidos por el Estado. Al respecto escribe Bourdieu:

“[Desde ahora] los honores son otorgados por el Estado y, cada vez más, los cargos se conciben como recompensas que implican la nobleza: se trata de sustituir la lógica del honor por el cursus honorum; hay un cursus honorum de la nobleza igual que hay un cursus honorum burocrático. La nobleza se burocratiza a través de la imposición del monopolio real del enoblecimiento, es decir, de la distribución del capital simbólico garantizado por el Estado[7].

Presentación de la insignia de la Legión de Honor por Napoleón en la Iglesia de Les Invalides

Presentación de la insignia de la Legión de Honor por Napoleón en la Iglesia de Les Invalides

La nobleza se ve paulatinamente sometida al poder del rey, se burocratiza y se transforma a los nobles en funcionarios y, como tales, se transforman en asalariados que son nombrados y no autodesignados. Bourdieu cita el caso de Luis XIV y la encarnación humana del mercantilismo: Jean-Baptiste Colbert (1619-1683). Colbert creó la Academia, la cual fichaba a los escritores y a los nobles. Por ejemplo, Bourdieu trae a la palestra la ordenanza 1666 que establece la institución de un catálogo que contenía los nombres, sobrenombres, residencias y armas de los gentilhombres. No hay que olvidar otras formas de control como las leyes suntuarias que regulaban los signos exteriores de riqueza simbólica, fachada de edificios y vestimenta. El Estado reglamentaba además el uso de tejidos, ornamentos de oro, plata y seda, reforzando así la jerarquía social imperante. Así como el Estado es el que decidía quién era noble, lo mismo sucedería con el caso de los intelectuales, que buscarían el reconocimiento del Estado, vale decir, que el Estado validara al intelectual como un verdadero intelectual ante la sociedad. Debemos por lo tanto insistir en este proceso de unificación del mercado, esto es, el económico, cultural y simbólico, y es en este sentido en que debemos entender al Estado como un unificador y universalizador, que atentó contra la amenaza del particularismo local de los mercados. Ahora bien, para Bourdieu, y en contra de algunos economistas, el mercado es algo artificial, un artefacto construido por el Estado y, por lo tanto, no lo concibe como algo universal y natural. 

Quisiera finalizar este apartado con lo que el sociólogo francés denomina como “educabilidad universal”. De acuerdo a nuestro autor, esta “educabilidad universal” va de la mano con la construcción de una sociedad nacional. Añade que la educabilidad del individuo es solidaria con un igualitarismo que consiste en tratar a todos los individuos como iguales en derechos y deberes. Para esto se hace necesario que el Estado monopolice algo fundamental: la educación. Explica el autor:

Hay pues una conexión entre la unificación del Estado nacional y la enseñanza obligatoria, conexión que se establece a través dela idea de educabilidad universal puesta en contacto con la idea de los deberes del ciudadano instruido, y es el Estado el que debe completar la desviación que pueda existir entre las capacidades no educadas[8].

Desde este punto de vista, la escuela sería una institución de integración y no de dominación, pero Bourdieu igualmente destaca otra cara de esta misma: la sumisión. Más adelante se refiere a la primera cara como la integración universalizante por parte del Estado y, a la segunda cara la denomina “integración alienante”, que es una condición de la dominación, la sumisión y la desposesión.

[1] Ibid.

[2] Ibid., 282.

[3] Ibid., 291.

[4] Ibid.

[5] Ibid., 292-293.

[6] Ibid., 298.

[7] Ibid., 300.

[8] Ibid., 313.