La pasión revolucionaria (por Jan Doxrud)

La pasión revolucionaria (por Jan Doxrud)

El historiador francés, François Furet (1927-1997) nos invita a reflexionar sobre lo que denominó como la “pasión revolucionaria”. Este concepto de “pasión” podemos entenderlo tal como lo define la RAE, esto es, como un “apetito de algo o afición vehemente a ello” o como una “perturbación o afecto desordenado del ánimo”. En algunos diccionario de psicología la pasión se describe como sigue:

“Desborde sentimental e hipervaloración de una idea, de una obra o una persona (…) Del término pasión (Pathos en griego) derivan: apatía, simpatía, antipatía, psicopatía y compasión”[1].

Aristóteles, en su Metafísica (libro V, 21), señalaba que las pasiones se referían a las cualidades malas del ser humano y que se aplicaba a las tendencias deplorables y perjudiciales de éste. Concluía el Estagirita que se le daba el nombre de “pasión” a una grande y terrible desgracia. De acuerdo a Cicerón, toda pasión constituía un movimiento del espíritu que carecía de razón o que la desobedecía. Dentro de la filosofía de vida de los estoicos el estado del espíritu que se debía alcanzar era aquel de la “indiferencia emocional” o “apatía”, es decir, la ausencia de “pathos”. Es por ello que uno de sus grandes representantes, el emperador Marco Aurelio, recomendaba que fuésemos como rocas contra las cuales se estrellasen todas las olas. Según el filósofo prusiano, Immanuel Kant, la pasión era aquella inclinación difícil o absolutamente invencible por la razón del sujeto. El representante de la ilustración francesa, Denis Diderot, dijo a Sophie de Volland “perdono todo lo que está inspirado por la pasión” y añadía que siempre había hecho apología de las pasiones fuertes. Por su parte, el matemático y filósofo francés, René Descartes, escribió en su “Tratado de las pasiones del alma” (1649):

“Verdad es que también pueden encontrar en ella la máxima amargura cuando no saben emplearlas bien y la fortuna les es contraria; mas en este punto es donde tiene su principal utilidad la cordura, pues enseña a dominar de tal modo las pasiones y a manejarlas con tal destreza, que los males que causan son muy soportables, y que incluso de todos ellos puede sacarse gozo”.

 Filósofos como Descartes y Hume estudiaron el tema de las pasiones, al igual que el economista Alberrt Hirschman y el teórico social noruego, Jon Elster, en sus respectivas disciplinas.

Filósofos como Descartes y Hume estudiaron el tema de las pasiones, al igual que el economista Alberrt Hirschman y el teórico social noruego, Jon Elster, en sus respectivas disciplinas.

Por último, el anarquista ruso, Bakunin, llegó a decir que la pasión por la destrucción era también una pasión creadora. Tenemos, pues, que las pasión parecen ser algo que se opone a la mesura, a la razón y al autocontrol, una verdadera fuerza que invade al ser humano en distintos contextos: pasión amorosa, pasión laboral, pasión política, pasión emocional etc.

En cuanto a la revolución o “revolutio” (acción y efecto de dar vueltas de un lado a otro) fue tomado prestado de la ciencia, específicamente de la astronomía. Recordemos la obra de Nicolás Copérnico: De revolutionibus orbium coelestium. Pero en política, la revolución se entiende por lo general como un cambio brusco o , como señala la RAE, “un cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”. Por su parte, Raymond Aron añadía que el concepto de revolución, en el lenguaje corriente de la sociología, se refería a la sustitución repentina, por medio de la violencia, de un poder por otro. Friedrich Engels, recordando las palabras de su colega y amigo Karl Marx, señalaba que la violencia desempeñaba un papel revolucionario en la historia, puesto que era la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva. Sólo es por medio de la violencia que el movimiento social puede abrirse paso y romper las formas políticas muertas y fosilizadas. Cabe aclarar que no todo cambio constituye una revolución e, incluso, un cambio efectuado dentro de la legalidad no constituiría una revolución digna de estar a la altura de la revolución en Francia (1789) o en Rusia (1917). La revolución, como apuntaba Kropotkin, constituye un proceso en el cual se llega a un punto en el que no existe marcha atrás y en donde se juega absolutamente todo, de manera que los meros rebeldes son completamente pasados a llevar por los revolucionarios,  que están dispuestos a ir “más allá”, es decir, a renovar y refundar todos los ámbitos de la sociedad: política, economía, ecología,  sexualidad, relaciones interpersonales, gobierno, etc.

 "Bolchevique", de Boris Kustodiev (1920)

"Bolchevique", de Boris Kustodiev (1920)

Sea como fuere, Aron señala que no existe, salvo en un cielo desconocido, una “esencia eterna de la revolución”, de manera que tenemos que contentarnos con la idea de que las definiciones no son verdaderas o falsas, sino que son más o menos útiles o convenientes. El hecho es que la Revolución genera pasiones y esto se debe, como señala el intelectual francés, a que este concepto alimenta la esperanza en una ruptura con el curso ordinario de las cosas humanas. Continúa explicando Aron que el marxismo se desarrolló a partir de una crítica de la religión que Marx recogió del pensador alemán Ludwig Feuerbach, en donde Dios o cualquier entidad supraterrenal, eran meramente una proyección de los seres humanos. Es sobre esta tierra, es en este mundo terrenal donde los seres humanos deben realizarse o alcanzar su felicidad y plenitud, y esta crítica de la religión, que pasa a ser una crítica de la sociedad y sus instituciones, se realizar por medio de la acción revolucionaria. Sigue explicando el autor:

“Marx ha ido del ateísmo a la Revolución por medio de una dialéctica de la historia. Muchos intelectuales que nada quieren saber de la dialéctica van también del ateísmo a la Revolución, no porque esta prometa reconciliar a los hombres o resolver el misterio de la historia, sino porque destruirá un mundo mediocre u odioso. Entre la vanguardia literaria y la vanguardia política, actúa la complicidad del odio experimentado contra el orden o el desorden establecido. La Revolución se beneficia con el prestigio de la Rebelión”[2].

Tenemos que palabras tales como rebelión, rebelde, revolucionario, (así como el nihilismo) y los (más recientemente) “indignados” se vuelven concepto de moda en un mundo en donde, como señala Aron, es más fácil condenarlo que justificarlo. Como dice el dicho: “The grass is always greener on the other side of the fence”.

¿Por qué razón el “mito de la Revolución” es tan seductor? Sucede que, como bien señala Aron, la Revolución sirve de refugio al pensamiento utópico, transformándose así en un intercesor entre lo real y lo ideal aunque, cabe añadir, que muchas veces en un revolución, lo real debe someterse por la violencia al ideal.

     … 

Como señalé en un comienzo, el historiador francés, François Furet, nos hablaba de aquella poderosa pasión, la pasión revolucionaria, que invadió a las multitudes durante la primera mitad del siglo XX. En palabras del autor:

“Lo que trato de comprender en este ensayo es a la vez limitado y central: el papel que han desempeñado las pasiones ideológicas, y más especialmente la pasión comunista, pues este rasgo diferencia al siglo XX”[3].

¿Cuál es este rasgo del siglo XX que lo hace diferente a sus predecesores? Su respuesta: la ideología. Palabra polisémica, de manera que la segunda pregunta pertinente es: ¿qué entiende Furet por ideología? Para Furet la ideología constituye un sistema de explicación del mundo por medio del cual la acción política de los seres humanos adquiere un carácter providencial. Regresemos a la primera pregunta sobre la particularidad del siglo XX. Para Furet antes del siglo XX no existió ningún régimen ideológico, entendido como lo explicamos anteriormente. Este es un fenómeno que se incia con aquellos hijos de la Primera Guerra Mundial: nacionalsocialismo alemán y el comunismo ruso.

¿Quiénes era esos apasionados y que movimientos representaban? Benito Mussolini (fascismo), Hitler (nacionalsocialismo) y aquel hombre apasionado y pragmático que canalizó el fervor revolucionario en Octubre de 1917: Vladimir Illich Ulianov, más conocido como Lenin. Pero la pasión revolucionaria del comunismo ha resultado ser aún más poderosa ya que, después de todo, el fascismo y el nacionalsocialismo, si bien no han desaparecido, sí se han transformado en movimientos marginales que afloran cada cierto tiempo cuando los asuntos económicos y políticos no andan bien en Europa y América Latina. ¿Y el comunismo? A pesar de que todos los regímenes comunistas instauraron feroces dictaduras y masacraron a su propia población en nombre de un ideal superior, tenemos que esta ideología aun persiste. Como bien señala Furet:

“En cuanto al comunismo, aún podemos avistar sus mejores días, ya que como mito político y como idea social sobrevivió largo tiempo a sus fracasos y a sus crímenes, sobre todo en los países europeos que no sufrieron directamente su opresión: muerto entre los pueblos de Europa del este desde mediado de los años cincuenta, aún florecía 20 años después en Italia o en Francia, en la vida política e intelectual. Supervivencia que nos da la medida de su arraigo y de su capacidad de resistir a la experiencia, y que forma como un eco de sus mejores años, en la época de su expansión constante”[4].

Furet señala que para comprender la magia o el hechizo que ejerció (y ejerce) esta ideología – al igual como sucedió con el nacionalsocialismo – es preciso situarse temporalmente antes de las catástrofes y matanzas que se perpetraron en nombre del comunismo (o del nacionalsocialismo), es decir, analizar cuáles fueron esas promesas que tanto sedujeron a las masas. Ahora bien, es preciso señalar junto a Furet que en nuestros días es imposible imaginarse el nacionalsocialismo y las ideas de Hitler como “una promesa” que deberíamos reconsiderar.

En este respecto, el caso del comunismo es distinto no sólo porque se prolongó más que el nacionalsocialismo (Nazismo: 1933-1945 vs Comunismo: 1917-1991), sino que también debido a que el comunismo conservó parte del encanto de sus inicios: el sentido de la necesidad de la historia como sustituto de la religión. El comunismo marxista constituyó una metarrelato que otorgaba a sus adeptos de un sentido, linealidad, una utopia y los medios para alcanzar dicha utopía. Un hecho fundamental fueron las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Tenemos que, para Lenin que lo que ocurrió en Rusia – la revolución proletaria – sólo era el comienzo de la revolución proletaria a nivel internacional, de manera que se cumpliría el mandato histórico de Marx. Lamentablemente, para Lenin, la realidad dijo otra cosa. En primer lugar, los ejércitos bolcheviques fueron derrotados por los polacos (1919-1921) de manera que la revolución proletaria tuvo que circunscribirse dentro del territorio de los zares. En palabras de Furet:

“La Revolución rusa va a retroceder, a rodearse de murallas, a resignarse a vivir como una isla en el océano capitalista; pero sin olvidar ni un momento su visión universalista que, por el contrario, se convertirá en su principal motivo de seducción (…) Sobre el inmenso palacio oriental de los zares, la estrella roja del Kremlin encarna desde Octubre de 1917 la idea de la revolución mundial”[5].

Por su parte, el fascismo y el socialismo nacionalista hitleriano – que se presentaban como vías alternativa al capitalismo y al comunismo – representaron lo particular, frente al comunismo que pretendía encarnar un ideal universal que trascendía los nacionalismo, un digno heredero y continuador de aquella gran revolución: la revolución francesa. Ahora bien, el fascismo y el comunismo, movimientos políticos apasionados por la idea de la revolución y la refundación de sus sociedades, tenían algo en común. En primer lugar tenemos el anticapitalismo, la hegemonía total del partido y la dictadura de este mismo en nombre del pueblo. En segundo lugar, ambas ideologías tenían en común la hostilidad hacia la democracia. Como señala Furet, si bien la democracia se muestra como la gran enemiga de ambas ideologías, por otro lado, constituye el terreno propicio para hacerse con el poder y, una vez en el poder, la “democracia burguesa” (para el comunismo) debe ser liquidada (ahora le llaman “profundizar la democracia”) y reemplazada por una verdadera democracia proletaria. Al respecto escribió Furet:

“Lenin, heredero o discípulo de Marx, ve en la revolución que está preparando la realización de una promesa democrática por la emancipación de los trabajadores explotados. Prisionero de su marxismo simplista, está convencido de que la dictadura revolucionaria del proletariado y de los campesinos pobres – la receta rusa de la toma del poder – será mil veces más democrática, como escribe, que la más democrática de las repúblicas democráticas”[6].

¿Por qué razón la pasión revolucionaria marxista resultó ser tan seductora, aún en nuestros, sin importar los millones de crímenes cometidos en el pasado en su nombre? Furet explica que existen dos atractivos. En primer lugar, el principal atractivo del marxismo-leninismo se encuentra en su universalismo, principalmente la idea de la “igualdad” como principal resorte. El nazismo, en cambio, apelaba a conceptos o ideas excluyentes: la raza y la nación. En segundo lugar el marxismo-leninismo enarbola, señala Furet, como principal estandarte el nombre del más poderoso y sintético filósofo, inigualable cuando se trata de demostrar que la historia tiene leyes y que se dirige a una dirección determinada. Las obras de Marx, a ojos de sus seguidores, parecían revelar los secretos de la historia. Quien accedía al Manifiesto o “El capital”, parecía creer que estaba adentrándose a grandes revelaciones, a los grandes secretos ocultos de la historia, de manera que el fiel marxista creía estar en posesión del secreto sobre el sentido y fin de la historia, sentido y fin que, por lo demás, le estaba oculto a quienes no abrazaban la doctrina. Al estar en posesión de tamaño conocimiento no había cabida para oponerse al curso de la historia, simplemente había que dejar que ocurriera y, con Lenin, había que forzar para que la realidad se ajustara a lo que decía la ideología. Como bien lo dijo Furet:

“Es el siglo XIX cuando la historia reemplaza a Dios en la omnipotencia sobre el destino de los hombres, pero sólo en el XX se verán las locuras políticas nacidas de esta sustitución”[7].

En Rusia, la revolución fue impuesta por una elite desde la cúpula del poder a una masa de campesinos que no sabían nada de Marx, Engels y sus obras, pero si se sintieron atraídos por las promesas bolcheviques que, al menos, no resultaban ser incompatibles con sus creencias cristianas.

La pasión revolucionaria es un fenómeno que continúa presente en nuestros tiempos. Fidel Castro se considera un revolucionaria y la revolución aún continúa en Cuba (desde 1959), lo mismo con Hugo Chávez y su fracasada revolución bolivariana. Ante la pregunta sobre porqué es tan fascinante la idea de “revolución”, Furet señala que se debe principalmente a que representa la afirmación de la voluntad en la historia (culto a la voluntad)  y la intervención del hombre por sí mismo en el curso de esta. Pero en realidad debemos despojar a la idea de revolución de sus ropajes sacros y desligarlo de una serie de ideas que se tienden a asociar con este concepto: progresismo, progreso, libertad, igualdad y hermandad. Nada más lejos de eso. Las revoluciones políticas han demostrado ser opresoras, conservadoras (reemplazos de un conservadurismo por otro) y retrógradas. Debemos mantener distancia de aquellas revoluciones que nos ofrecen paraísos sospechosos y que, por lo demás, no son deseables ni sanos. Sobre esto, termino con las palabras del escritor alemán Hans Magnus Enzensberger: 

“De un paraíso se debe exigir que uno pueda abandonarlo cuando se ha hartado de él. Eso también es válido para los paraísos políticos de la índole que auguraba el comunismo”.

 

[1] Eduardo Cosacov,  Diccionario de términos técnicos de psicología(Córdoba: Editorial Brujas, 2007), 247

[2] Raymond Aron, El opio de los intelectuales (España: RBA Libros, 2011), 76.

[3] François Furet, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (México: FCE, 1995), 16.

[4] Ibid., 15.

[5] Ibid., 34.

[6] Ibid., 37.

[7] Ibid., 42.